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El día en que Roma volvió a hacer historia: una cobertura marcada por el azar y la emoción

Un año después de la elección de León XIV, el recuerdo de aquella tarde en la Plaza San Pedro sigue intacto: la emoción colectiva, la fumata blanca y la sensación irrepetible de haber sido testigo directo de un momento que quedará escrito para siempre en la historia de la Iglesia.

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La imagen de León XIV saliendo al balcón central de la Basílica de San Pedro quedó grabada para siempre en la memoria de quienes estuvimos allí.

Hay viajes que uno planea durante años, meses y hay momentos que simplemente ocurren. Coinciden. Se cruzan con la vida de manera inesperada. Eso fue Roma en mayo de 2025. Una ciudad inmensa, eterna, atravesada por la historia en cada piedra, que de pronto volvió a detener al mundo frente a una chimenea.

La casualidad, o tal vez el destino, quiso que estuviera allí justo en los días del cónclave que terminaría con la elección de Robert Francis Prevost como papa León XIV. Lo que inicialmente era un viaje familiar por Italia terminó convirtiéndose también en una experiencia periodística y humana imposible de olvidar.

A un año de aquella jornada, todavía me resulta difícil explicar lo que sentí en la Plaza San Pedro cuando apareció la fumata blanca. Porque no fue solamente un acontecimiento religioso. Fue algo mucho más profundo: la percepción exacta de estar viviendo un instante histórico en tiempo real, compartido con miles de personas de distintos idiomas, culturas y creencias.

Recuerdo el murmullo previo. La ansiedad. Las miradas fijas hacia la chimenea de la Capilla Sixtina. Los celulares levantados. Los abrazos entre desconocidos. Y después, ese estallido colectivo que transformó a Roma en una sola voz.

En ese momento entendí por qué la elección de un Papa sigue conmoviendo incluso en tiempos dominados por la velocidad, las pantallas y el descreimiento. Porque allí, en el corazón del Vaticano, sobrevive intacta una ceremonia que conecta siglos de historia con el presente inmediato.

A un año de aquella jornada, todavía me resulta difícil explicar lo que sentí en la Plaza San Pedro cuando apareció la fumata blanca. Porque no fue solamente un acontecimiento religioso. Fue algo mucho más profundo: la percepción exacta de estar viviendo un instante histórico en tiempo real, compartido con miles de personas de distintos idiomas, culturas y creencias

La imagen de León XIV saliendo al balcón central de la Basílica de San Pedro quedó grabada para siempre en la memoria de quienes estuvimos allí. La mano derecha saludando a la multitud, la izquierda apoyada sobre la cruz pectoral y una sonrisa serena que parecía buscar cercanía antes que solemnidad. Horas después, esa misma fotografía ocupaba la portada de L'Osservatore Romano, convertida instantáneamente en un documento histórico.

Roma respiraba transición, pero también continuidad. En las vidrieras convivían las imágenes de Francisco con mensajes de gratitud y las primeras fotografías del nuevo pontífice acompañadas por frases de bienvenida. Era imposible no advertir el afecto inmenso que todavía despertaba Jorge Bergoglio en la ciudad. Y, al mismo tiempo, la expectativa sobre el rumbo que comenzaba a tomar la Iglesia con León XIV.

Caminar esos días por las calles romanas era recorrer una ciudad atravesada por una mezcla extraña de duelo, esperanza y curiosidad. Los turistas seguían admirando la monumentalidad del Vaticano, pero el clima era distinto. Se hablaba del nuevo Papa en los bares, en los comercios, en las filas de los museos. Roma parecía girar alrededor de un único tema.

Pero más allá de las lecturas políticas o religiosas, lo verdaderamente inolvidable fue la dimensión humana de aquel momento. La emoción genuina de la gente. La sensación de pertenecer, aunque fuera por unas horas, a una escena que dentro de décadas seguirá apareciendo en libros, documentales y archivos periodísticos.

También impactaba la rapidez con la que todo había sucedido. El cónclave fue breve, casi vertiginoso para los tiempos de la Iglesia. Y eso alimentó aún más la idea de que la figura de Prevost ya venía siendo observada con atención desde hacía tiempo dentro del Vaticano. Francisco, con esa mirada política y pastoral que lo caracterizaba, había dejado señales claras sobre el lugar que ocupaba el entonces cardenal dentro de la estructura eclesial.

Pero más allá de las lecturas políticas o religiosas, lo verdaderamente inolvidable fue la dimensión humana de aquel momento. La emoción genuina de la gente. La sensación de pertenecer, aunque fuera por unas horas, a una escena que dentro de décadas seguirá apareciendo en libros, documentales y archivos periodísticos.

Como periodista, uno cubre hechos constantemente. Pero pocas veces tiene la posibilidad de ser testigo directo de un acontecimiento con semejante peso simbólico y global. Y menos aún encontrarse allí por esas vueltas imprevisibles de la vida.

Un año después, sigo pensando que Roma tiene una capacidad única para hacer sentir a cualquiera parte de la historia. Tal vez porque allí el pasado nunca termina de irse. Convive con el presente. Late en las plazas, en las iglesias, en las calles empedradas y también en esos instantes extraordinarios que parecen suspendidos en el tiempo.

Aquella tarde del 8 de mayo de 2025 no fue solamente la elección de un nuevo Papa. Fue uno de esos momentos que quedan para siempre guardados en la memoria personal. El día en que el mundo miró hacia Roma. Y yo, casi por azar, estaba ahí.

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