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Marcelo Bielsa: el técnico con hinchada propia que en el Mundial 2026 mostró su lado más discutido

Marcelo Bielsa hizo de la coherencia su principal bandera y construyó algo inédito: una hinchada propia. Pero el Mundial 2026 también expuso una faceta que abrió el debate sobre los límites entre las convicciones y la intolerancia.

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Los ídolos no dejan de ser valiosos cuando se los cuestiona. Bielsa, que siempre invitó a pensar el fútbol más allá del resultado, seguramente entenderá que sus gestos también forman parte del juego y que enseñan tanto como sus equipos.

Hay algo que Marcelo Bielsa consiguió y que muy pocos entrenadores pueden exhibir. Construyó una hinchada propia. No es una exageración. Sus seguidores -como yo- no pertenecen exclusivamente a Newell's, Vélez, la Selección Argentina, Chile, Athletic de Bilbao, Leeds United o Uruguay. Son hinchas de Bielsa. Lo acompañan incluso cuando pierde. Lo defienden cuando fracasa. Lo citan como si se tratara de un filósofo del fútbol y esperan cada conferencia de prensa como si fuera una clase magistral.

Ese fenómeno no nació por los títulos. De hecho, su palmarés está lejos del de otros entrenadores de su generación. Nació por otra razón: la coherencia.

Bielsa representa desde hace décadas valores que parecen haberse extraviado en un fútbol atravesado por los negocios, el marketing y las declaraciones de casete. La preparación obsesiva, el estudio permanente, el compromiso con una idea de juego, la autocrítica feroz y el respeto por el espectáculo hicieron que millones de personas lo admiraran aun sin vestir los colores de sus equipos.

Su frase sobre que "si no le ofrecemos al hincha el fútbol como elemento estético lo estamos empeorando como seres humanos" sintetiza una manera de entender este deporte. Para Bielsa, el fútbol nunca fue solamente ganar. 

Bielsa representa desde hace décadas valores que parecen haberse extraviado en un fútbol atravesado por los negocios, el marketing y las declaraciones de casete. La preparación obsesiva, el estudio permanente, el compromiso con una idea de juego, la autocrítica feroz y el respeto por el espectáculo hicieron que millones de personas lo admiraran aun sin vestir los colores de sus equipos.

Por eso no sorprende que entrenadores como Pep Guardiola lo hayan señalado como una de sus grandes influencias, ni que Lionel Scaloni recibiera de él una de las felicitaciones más sinceras tras la conquista del Mundial de Qatar.

Sin embargo, el Mundial 2026 dejó expuesta otra cara de ese personaje tan admirado.

Uruguay quedó eliminado antes de lo esperado y, como siempre, Bielsa asumió la responsabilidad sin buscar excusas. Fiel a su estilo, fue el primero en reconocer errores y el último en esconderse detrás de factores externos. Pero también aparecieron escenas que despertaron críticas incluso entre quienes históricamente lo defendieron.

Su negativa a mirar a la cámara durante la fotografía oficial organizada por la FIFA fue presentada por él como una forma de no someterse a protocolos que considera innecesarios. "No soy un modelo", dijo y siguió mirando al suelo, como lo hace mientras va de un lado hacia el otro cuando juega su equipo. Luego, ante las preguntas periodísticas, respondió con evidente molestia, sosteniendo que no tenía obligación de explicar aspectos de su personalidad.

Durante años Bielsa enseñó que el respeto también forma parte del juego. Que la ética no depende del resultado. Que las convicciones deben sostenerse incluso en los momentos difíciles. Tal vez por eso estas imágenes generaron tanto debate, tanta crítica. Porque nadie esperaba ese comportamiento de alguien que hizo de la coherencia un estandarte. 

Más tarde, después de la eliminación de Uruguay, protagonizó otro episodio incómodo al elevar el tono de voz antes de una entrevista con la televisión que tenía los derechos del Mundial. Días después reconoció que estaba desbordado por el dolor de la eliminación y admitió que probablemente no había reaccionado con la educación que correspondía.

Sin duda que a Bielsa la derrota le duele en lo profundo. Mucho más cuando depositó todas sus ilusiones en una idea de juego que no pudo plasmar y, acaso, transmitir a sus jugadores. 

Durante años Bielsa enseñó que el respeto también forma parte del juego. Que la ética no depende del resultado. Que las convicciones deben sostenerse incluso en los momentos difíciles. Tal vez por eso estas imágenes generaron tanto debate, tanta crítica. Porque nadie esperaba ese comportamiento de alguien que hizo de la coherencia un estandarte. 

Quizá el mayor desafío de Bielsa hoy no sea táctico ni futbolístico. 

Bielsa sigue y seguirá siendo un personaje esencial para entender el fútbol moderno. Sigue siendo ese entrenador que despierta admiración incluso entre quienes nunca festejaron un título suyo. 

Pero precisamente por haber construido esa autoridad moral durante tantos años, también resulta legítimo señalar cuando algunas de sus posturas parecen alejarse de aquellos valores que él mismo enseñó.

Los ídolos no dejan de ser valiosos cuando se los cuestiona. Al contrario. Bielsa, que siempre invitó a pensar el fútbol más allá del resultado, seguramente entenderá que sus gestos también forman parte del juego y que enseñan tanto como sus equipos.

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