Durante años se movió entre comercios, hoteles, peluquerías y shoppings con la misma naturalidad con la que otros van a trabajar. Hablaba mucho, sonreía, generaba confianza y estudiaba a sus víctimas. Romina Maza construyó en Neuquén una carrera criminal basada en la estafa, la manipulación y el fraude con tarjetas de crédito. Fue condenada a cuatro años de prisión efectiva, pero detrás del expediente judicial aparece algo más complejo: la historia de una mujer que convirtió el delito en una forma de vida.
La primera impresión que dejaba Romina Maza nunca coincidía con el prontuario que cargaba detrás. No tenía el aspecto cinematográfico de una delincuente profesional ni la violencia visible del hampa tradicional. Su arma era otra: la conversación interminable, la simpatía rápida, la capacidad de leer personas y detectar vulnerabilidades en minutos.
Entraba a los comercios hablando. Preguntaba nombres, horarios, rutinas. Contaba historias personales, hablaba de sus hijos, inventaba trabajos, cambiaba apellidos. Mientras parecía socializar, observaba. Medía movimientos. Detectaba distracciones. Construía confianza.
Así operaba una de las estafadoras más conocidas de Neuquén
Durante años, su nombre comenzó a repetirse en expedientes judiciales, denuncias policiales y relatos de comerciantes que descubrían demasiado tarde que habían sido víctimas de una maniobra perfectamente calculada. La ciudad empezó a conocerla como una especialista del engaño moderno: estafas con tarjetas de crédito, ingeniería social, compras fraudulentas, robo de datos y maniobras silenciosas que dejaban pérdidas millonarias.
Pero Romina Maza nunca actuó como una improvisada. Detrás de cada golpe había método.
La fiscalía de Delitos Económicos logró reconstruir una parte de esa maquinaria criminal. Las investigaciones revelaron cómo la mujer integró una asociación ilícita dedicada a obtener datos de tarjetas mediante engaños telefónicos y operaciones fraudulentas. La banda operaba entre Neuquén y Río Negro y utilizaba técnicas cada vez más sofisticadas para concretar compras virtuales, vaciar cuentas y desaparecer antes de que las víctimas entendieran qué había pasado.
Se hacían pasar por empleados bancarios, representantes de tarjetas de crédito, operadores de empresas telefónicas. Llamaban especialmente a jubilados. Con un discurso amable y técnico obtenían números de tarjetas, claves de seguridad y datos sensibles. Después venía el segundo movimiento: compras online mediante links de pago, adquisición de electrodomésticos, tecnología, materiales de construcción, neumáticos o cualquier producto fácil de revender.
El dinero desaparecía rápido. La mercadería también
Cuando la Justicia logró avanzar sobre la organización, ya existían decenas de maniobras bajo sospecha y un perjuicio económico millonario para comerciantes neuquinos. Pero incluso mientras la investigación avanzaba, Maza seguía activa. Esa es una de las particularidades que más sorprendió a los investigadores: nunca se detuvo. Aun bajo la lupa judicial, continuó estafando.
Entre octubre y noviembre de 2024 ejecutó una nueva seguidilla de golpes que terminaron de consolidar su fama criminal en Neuquén. Ya no se trataba solamente de fraude online. Había evolucionado hacia otro nivel de sofisticación: el uso de inhibidores de alarmas para robar carteras dentro de vehículos estacionados.
La escena se repetía. Una mujer estacionaba en el Paseo de la Costa, en un restaurante o cerca de un comercio. Creía haber cerrado el vehículo, pero la señal había sido bloqueada. Minutos después, la cartera desaparecía del interior. Luego empezaba la carrera contrarreloj: compras inmediatas antes de que las tarjetas fueran bloqueadas.
Entre octubre y noviembre de 2024 ejecutó una nueva seguidilla de golpes que terminaron de consolidar su fama criminal en Neuquén. Ya no se trataba solamente de fraude online. Había evolucionado hacia otro nivel de sofisticación: el uso de inhibidores de alarmas para robar carteras dentro de vehículos estacionados.
En cuestión de horas podían gastar millones. Las cámaras de seguridad empezaron a mostrar siempre la misma imagen: Romina Maza entrando a locales comerciales, eligiendo celulares Samsung de alta gama, comprando electrodomésticos, juguetes, parlantes, neumáticos o materiales de zinguería. A veces aparecía acompañada por menores o por hombres que cargaban la mercadería. Otras veces actuaba sola, con una tranquilidad que desconcertaba incluso a los vendedores.
En locales comerciales adquirió celulares y un lavarropas por más de 2,5 millones de pesos. Compró teléfonos, garantías extendidas y parlantes. Retiró equipos de aire acondicionado y tecnología. En otros comercios utilizó tarjetas robadas para comprar cubiertas o materiales galvanizados.
Siempre quedaba registrada. Y aun así volvía.
La sensación que empezó a crecer entre los investigadores era que Maza había naturalizado completamente el delito. No había improvisación ni desesperación económica visible. Existía, en cambio, una rutina criminal sostenida en el tiempo. Una lógica propia.
Los allanamientos realizados por Delitos Económicos terminaron de dibujar ese universo. En viviendas vinculadas a la mujer secuestraron celulares, notebooks, dinero en efectivo, documentación, handys e inhibidores de señal. Objetos que parecían pertenecer más a una estructura organizada que a delitos aislados.
Pero la historia de Romina Maza no se explica solamente por las estafas. En los márgenes de la crónica policial también apareció vinculada a prófugos, ladrones y figuras del submundo criminal neuquino. Uno de los episodios que más expuso esa trama fue la recaptura de Rogelio Rojas Cisterna, un delincuente que había escapado de una cárcel rionegrina y que terminó cayendo, según la investigación policial, por intentar reencontrarse con ella. Socios. Amantes. Cómplices.
Los investigadores sabían que tarde o temprano el prófugo volvería a buscar a Romina Maza. Y ocurrió. La vigilancia sobre movimientos de la mujer terminó conduciendo hasta él.
La escena parecía escrita por una novela negra patagónica: hoteles baratos del bajo neuquino, seguimientos discretos, policías esperando durante días y un prófugo que terminó atrapado por no poder cortar el vínculo con la mujer que compartía sus negocios criminales.
Para entonces, el nombre de Romina Maza ya circulaba con fuerza en medios policiales y expedientes judiciales. Incluso algunos comerciantes comenzaron a reconocerla antes de concretar las maniobras. Eso ocurrió en una peluquería neuquina en 2022. Llegó hablando demasiado. Preguntando demasiado. Observando demasiado.
Dijo llamarse “Caro”. Después “Romina Álvarez”. Finalmente terminó admitiendo que era Romina Maza. Mientras simulaba querer pagar servicios de peluquería, estudiaba el local, observaba movimientos y analizaba posibilidades. Cuando notó que no podría concretar la estafa, escapó llevándose productos y sin pagar. Hasta salió con el gorro de peluquería puesto.
El episodio reveló otra característica de su personalidad criminal: la actuación permanente. Maza parecía construir personajes según la situación. Cambiaba nombres, historias y perfiles sociales con facilidad. Podía fingir ser docente, clienta habitual o compradora desprevenida. Lo importante era generar un clima de confianza inicial. Ese mecanismo fue central en toda su carrera delictiva.
La Justicia neuquina terminó condenándola en mayo de 2026 a cuatro años de prisión efectiva por asociación ilícita, estafas reiteradas y defraudación mediante el uso no autorizado de tarjetas de crédito. La sentencia cerró parcialmente una investigación iniciada en 2022 y que ya había dejado otras condenas dentro de la banda.
Romina Maza no fue solamente una mujer que cometió estafas. Para investigadores, comerciantes y policías terminó representando otra cosa: el rostro visible de un delito moderno, silencioso y adaptable. Una delincuencia sin armas ni violencia explícita, pero capaz de provocar enormes daños económicos mediante manipulación, tecnología y engaño.
Fin a una historia criminal extensa
Durante la audiencia, Maza reconoció su participación en las maniobras. Fue el final judicial de una historia criminal extensa, aunque no necesariamente el final completo de su leyenda urbana dentro del ambiente policial neuquino.
Porque Romina Maza no fue solamente una mujer que cometió estafas. Para investigadores, comerciantes y policías terminó representando otra cosa: el rostro visible de un delito moderno, silencioso y adaptable. Una delincuencia sin armas ni violencia explícita, pero capaz de provocar enormes daños económicos mediante manipulación, tecnología y engaño.
Mientras otros escapaban escondidos, ella caminaba por shoppings, hacía compras y sonreía ante cámaras de seguridad.
Su historia expone también cómo evolucionó el delito económico en Neuquén durante los últimos años. Las viejas estafas artesanales dieron paso a maniobras híbridas donde se mezclan ingeniería social, fraude digital, robo de datos y logística callejera. Maza supo moverse en todos esos mundos.
No era solamente una acusada más. Era una presencia constante. Una mujer que aparecía una y otra vez en investigaciones distintas, cambiando modalidades, socios y escenarios, pero sosteniendo siempre el mismo patrón: observar, manipular y avanzar.
En los expedientes judiciales quedó registrada como integrante de una asociación ilícita. En la calle, muchos empezaron a llamarla de otra manera: la reina de las estafas neuquinas.