La llegada del papa León XIV a la Argentina trae a la memoria de muchos patagónicos otra visita que quedó en la historia: la de Juan Pablo II a Viedma, el 7 de abril de 1987. Fue la primera vez que un pontífice pisó suelo patagónico y lo hizo en medio de una multitudinaria convocatoria, pero también de un proyecto político que tenía a la ciudad rionegrina como protagonista: el sueño de Raúl Alfonsín de trasladar allí la capital del país.
Aquel 7 de abril de 1987, la ciudad recibió al Papa ante una multitud de 25.000 personas, la mayor concentración popular que se había registrado en la comarca. El avión que lo trasladaba aterrizó en la pista y el pontífice recorrió unos 300 metros en el papamóvil hasta el palco. Entre quienes llegaron desde Buenos Aires y caminaron junto a él estaba un sacerdote jesuita llamado Jorge Bergoglio, futuro papa Francisco. La visita tenía un trasfondo político que pocos imaginaban.
La presencia papal había sido gestionada por el propio Raúl Alfonsín. El presidente radical quería darle impulso a su proyecto más ambicioso: trasladar la capital nacional a Viedma y Carmen de Patagones. La idea de llevar el centro del poder "hacia el Sur, hacia el mar y hacia el frío" buscaba descentralizar el país y abrir una nueva etapa institucional. Pero también generó fuertes resistencias dentro de la Iglesia. El sector conservador, encabezado por Antonio Quarracino, cuestionaba una visita que podía interpretarse como un respaldo al ala progresista, representada por los obispos Esteban Hesayne y Jaime De Nevares.
Alfonsín y una idea que nunca fue
La iniciativa pretendía mucho más que mudar oficinas públicas. Alfonsín imaginaba un nuevo polo de poder que funcionara como símbolo de una Segunda República, lejos de las presiones militares y sindicales que condicionaban su gobierno. Fue uno de los proyectos políticos más importantes de las últimas décadas y también uno de los grandes fracasos de la democracia argentina. La capital nunca se mudó y aquella postal del Papa en la Patagonia terminó relegada al olvido.
Esa historia es el punto de partida de "Viedma", la novela de Gonzalo Álvarez Guerrero, publicada por Reservoir Books. El autor combina ficción y no ficción para reconstruir aquellos años a través de una trama que cruza política, memoria y una historia de amor marcada por la obsesión. Catalina, una mujer enigmática, atraviesa el relato como una pasión que nunca termina de encontrar respuesta.
Álvarez Guerrero conoció de cerca aquel momento histórico. Era adolescente y su padre, el gobernador de Río Negro, ocupaba un lugar central en el proyecto. Durante más de un año, la residencia familiar recibió presidentes, ministros, embajadores, periodistas y profesionales que llegaban para elegir terrenos y discutir los planos de la futura capital. Sobre la mesa del comedor aparecían documentos confidenciales y diseños de una ciudad que prometía cambiar el mapa político argentino.
Tres décadas después, la novela recupera una pregunta que todavía despierta curiosidad: ¿cómo sería el país si Alfonsín hubiese conseguido trasladar la capital al sur? La respuesta quedó atrapada entre los planos que nunca se convirtieron en edificios y una oportunidad que Viedma estuvo cerca de protagonizar, pero que finalmente pasó a la historia como una promesa inconclusa.