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El caso Valentin Yankelevich y la mirada de Gabriel Rolón sobre romper el silencio

El caso de Valentín Yankelevich y las reflexiones de Gabriel Rolón sobre el maltrato infantil. La importancia de romper el silencio, cortar lazos dañinos y sanar las heridas de la infancia.

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El caso Yankelevich y la mirada de Gabriel Rolón sobre romper el silencio

Valentín Yankelevich tenía apenas 9 años cuando, tras la trágica pérdida de su madre, Romina Yan, la convivencia diaria en su hogar se transformó en un martirio. Golpes, palizas e insultos constantes erosionaron su infancia. "Era realmente el infierno vivir en esa casa", sintetiza Valentín.

El psicoanalista Gabriel Rolón no se refirió a este caso en particular. Pero en muchas de sus entrevistas ha hablado sobre los conflictos entre padres e hijos, las heridas en la infancia y los vínculos que se rompen. Sus reflexiones ofrecen un marco para comprender las consecuencias del maltrato infantil.

El silencio como forma de muerte

Rolón advierte sobre las devastadoras consecuencias de convivir con la violencia. "Quedarse junto a alguien que nos ha hecho algo que para nosotros es imperdonable transforma mi vida, la del otro y la de los que viven con nosotros en un verdadero infierno".

Cuando el hogar deja de proteger para convertirse en la fuente del peligro, la psique del niño queda acorralada entre la desesperación y la falta de amparo. El silencio se convierte entonces en una forma de muerte en vida. "Pocas cosas se parecen tanto a la muerte como el silencio", había escrito Rolón en su libro "Los Padecientes".

La importancia de romper el silencio

Una de las aristas más complejas del maltrato infanto-juvenil es el aislamiento y la dificultad de encontrar un adulto que valide la denuncia. Cuando Valentín y su hermano buscaron ayuda inicialmente con sus abuelos paternos, la respuesta fue la justificación del agresor: "Es su papá, sepan entender que está pasando un mal momento".

No fue hasta que su abuelo materno, Gustavo Yankelevich, escuchó el sufrimiento de los niños y recurrió a la Justicia que lograron ser rescatados de ese entorno. El mensaje de Valentín resuena como una advertencia indispensable: "A los niños les digo que hablen hasta que alguien los escuche, y a los adultos, que escuchen a los chicos".

El valor de trabajar las heridas

Desde la perspectiva psicoanalítica, Rolón destaca que la intervención clínica y el espacio de escucha resultan esenciales para comenzar a procesar el trauma. Para el especialista, asumir ese proceso es una responsabilidad personal ligada al propio valor.

"Autoamor también es trabajar en tus heridas de la infancia, darle una prioridad y decir: voy a trabajar en mis heridas porque me amo tanto que lo merezco hacer", afirma Rolón.

Cortar lazos y construir la familia elegida

Desvincularse de un padre agresivo suele cargar con un fuerte estigma social. Sin embargo, poner fin a una relación tóxica es a menudo el único camino para salvaguardar la integridad física y emocional.

Rolón reivindica la autonomía de quienes eligen alejarse de mandatos dañinos. "Me parece muy valiente y muy sano entender que uno no está para cumplir los deseos de sus papás y tomar el camino de las decisiones propias", sostiene.

El analista explica que, ante la imposibilidad de un vínculo sano con la familia de origen, es preciso dar un paso decisivo. "Hay un momento donde uno está obligado a pegar un salto en la vida entre lo que ha sido su familia de origen y la familia que uno elige, la que uno crea".

Valentín dio ese salto al ser cobijado por su abuelo y rehacer su vida. Como afirma Rolón: "Todo vínculo, cuando te lastima demasiado, lo más sano es interrumpirlo".

Perdonarse por sobrevivir

Quienes crecen en ambientes violentos sufren con frecuencia la carga de una culpa infundada. La sensación de no haber podido evitar las agresiones o de haber fallado. En su labor en el diván, Rolón insta a desarticular ese castigo interno.

"A veces uno no puede... lo único que pudiste fue salvarte a vos. Perdonate, no te castigues más, no podías hacer nada más", afirma.

Valentín convirtió ese dolor en un límite moral claro. Al crecer, cada vez que enfrentaba momentos de enojo, elegía mirarse al espejo para recordarse a sí mismo: "Soy todo lo que no quiero ser". Decidir no reproducir la violencia recibida es la victoria más rotunda sobre el maltrato.

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