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La mujer que habla y escucha a los caballos: llegó de Suiza y asegura que los animales le salvaron la vida

Su trabajo es enseñar a otros a escucharlos. Insiste en que ese vínculo, revela lo que las personas no pueden ver. Es autora de "Alma de caballo", un libro en el que reconstruye esa relación íntima con la energía equina.

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Miércoles, 27 de mayo de 2026 a las 15:17
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Caroline Wolfer nació en Suiza del lado alemán, en un pueblo llamado Buchrain.

Caroline Wolfer nació en Buchrain, en la Suiza alemana, recorrió Europa y recaló en los campos del sur argentino, donde fue tras el rastro de caballos salvajes. Esta mujer rubia, de apariencia frágil, de ojos profundamente azules y filosos, que no miran, atraviesan, dice que los caballos la salvaron, que le hablan y que su trabajo es enseñarle a otros a escucharlos para estar mejor. Lo dice sin énfasis, como si no hiciera falta convencer a nadie, como si todo fuera posible.
Dice que desde chica sintió algo difícil de describir, que no tenía nombre. “Yo era más caballo que persona” dice y lo aclara, “sentía que los caballos me hablaban y me llevó años comprender que a los demás, no les pasaba lo mismo”.

La suiza dejó la comodidad de su país para enseñarle al mundo el lenguaje del caballo.

Duele imaginar a Caroline de niña, tratando de explicar lo inexplicable y aprender, a fuerza de incomodidad, guardarse eso que no encaja con los demás. “Nací así, pero no la sabía. No vengo de una familia parecida, sino de una cultura donde solo se cree lo que se ve. Me resistí muchísimo”.
“Cuando era chica decía, éste caballo dijo tal cosa, o el árbol quiere esto, y claro, para lo demás era fantasía”. Hace una pausa y agrega, “entonces empecé a callarme “.

Tenía 8 o 10 años cuando vio por primera vez una yegua. Estaba en la casa de un vecino del pueblo. Era desconfiada, mordía, parecía salvaje, pero ella comprendió que era maltratada. Cuando salía de la escuela iba a verla, lloraba con ella y pensaba que era rara, que no encajaba en éste mundo, sentía que el animal la comprendía más que las personas. La llamó “Salva” y aunque no sabía montar, lo intentó y se cayó varias veces, hasta que lo logró y se la regalaron.

“Desde que tengo memoria, soñaba con montar caballos salvajes", dijo Caroline.

Años después, Caroline estudió profesorado de Educación Física y trabajó como periodista. Habla seis idiomas y con los años, esa conexión con los caballos se volvió su oficio. Recorrió Irlanda, Escocia e Inglaterra para trabajar con caballos de carrera, de caza de salto. Animales caros, difíciles, con problemas. La llamaban para eso, para arreglar lo que otros no podían.

Después de practicar todos los deportes ecuestres, menos el polo, se dio cuenta de que muchas cosas no estaban bien hechas y empezó a hacer su propia doma: sin freno, sin hierro, nada en la boca del caballo. Hay que montarlo desde adentro, dice, no desde afuera. En una oportunidad, en la Línea Sur, le llevaron un caballo salvaje. Todos miraban, los peones no entendían nada, sin embargo, sin frenos y sin golpes lo domó, a los tres días lo domó.
Caroline se ríe al recordar el caso y agrega que eso no es lo raro, sino que lo raro es cómo lo hacen otros humanos. ¿Por qué necesitamos controlar todo? una pregunta que no espera respuesta.

Dice que desde chica sintió algo difícil de describir, que no tenía nombre. “Yo era más caballo que persona”.

Ya instalada en el sur, en Neuquén, se enfrentó a muchos desafíos. Visto desde afuera, una mujer rubia y aparentemente frágil, en medio de gauchos curtidos, explicando cómo domar sin dominar, era un caso poco común. Y claro, la probaron, la probaron feo. Le traían los caballos más difíciles, a ver qué hacía. Y Carolina hizo lo que sabía y sentía. Caballos que cambiaban con solo una mirada, problemas que desaparecían. El rumor y la curiosidad comenzaron a correr.

De a poco comenzaron a llegar los pedidos, “tenemos un caballo muy complicado” o “¿lo podes amansar?”, arreglando caballos por todos los lados.
Comenzaron a contactarla estancieros de todo el país, de Salta, Mendoza, Tierra del Fuego. Hasta que de pronto todo cambió. Caroline mide cada palabra para explicar su verdadera misión, que le fuera transmitida por los propios caballos. Ella sabe leerlos y habla con ellos, son otros canales, agrega. Ellos me dijeron que estaba bien que me ocupara de rescatarlos, pero que mi trabajo debía ser con las personas.

Y ahora trabaja con gente, desde un bebé hasta un abuelo, pero esa persona debe estar abierta para poder captar lo que pasa en su interior. Por lo general, todos los humanos vivimos en el plano mental y nuestro ser, está en otro lugar, habla otro idioma. Habla de capas que se acumulan: traumas, mandatos, creencias y experiencias. “Nuestra alma es luz, pero se va tapando” y su trabajo, dice, es “despejar o iluminar”. No promete milagros, habla de procesos. La historia de Caroline es larga y por momentos difícil de poner en palabras.

En su libro Alma de caballo, intenta hacerlo desde su mirada, reconstruyendo  esa relación íntima con la energía equina y transmitiéndola a todo aquel que tenga el alma libre y dispuesta a escuchar.


 

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