Nací en España, pero aprendí a entender el fútbol —y buena parte de la vida— en la Argentina. La final del Mundial no me enfrenta a dos selecciones: me devuelve al primer gol que vi celebrar entre lágrimas, a la infancia, a Maradona, a Messi y a la certeza de que hay pertenencias que no se eligen en noventa minutos, sino que se escriben durante toda una vida.