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Los Mundiales que marcaron una vida y el sueño de volver a ser campeón

Tenía 14 años cuando Argentina ganó su primer Mundial. Viví el de Maradona con la emoción de la juventud y el de Messi con la certeza de que el fútbol también puede regalar revancha. Hoy, frente a una nueva final, vuelvo a ilusionarme con una Selección que parece haber encontrado la manera de desafiar al tiempo y de convertirse en una de las más grandes de la historia.

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Hoy, frente a una nueva final, los recuerdos se mezclan con la ilusión de volver a abrazar una alegría que atraviesa décadas y une a los argentinos como pocas cosas en el mundo.

Hay Mundiales que uno mira. Hay Mundiales que uno vive. Y hay Mundiales que terminan ordenando una vida entera.

Tenía catorce años cuando Argentina salió campeón por primera vez, en 1978. Era un adolescente que empezaba a descubrir el mundo mientras el país transitaba uno de los períodos más oscuros de su historia. En aquel tiempo no alcanzábamos a comprender la dimensión de todo lo que ocurría fuera de la cancha. Lo que veíamos era la pelota, el Monumental, Kempes, Fillol, Passarella, Luque, Bertoni y una alegría que parecía envolverlo todo. Con los años aprendimos que la historia nunca es tan simple y que aquella Copa quedó inevitablemente atravesada por la dictadura militar. Pero también entendimos que las emociones de un chico de catorce años no pueden reescribirse. Aquella tarde descubrí que un Mundial era capaz de detener el tiempo.

Ocho años después llegó México 86 y, con él, Diego Maradona. Ese ya no fue el campeonato de un adolescente. Fue el Mundial de un joven que empezaba a entender que el fútbol también podía explicar un país. El gol a los ingleses no fue solamente una obra de arte; fue una descarga emocional para una sociedad que todavía cargaba las heridas de Malvinas y de la dictadura. La Mano de Dios, el Gol del Siglo, la Copa levantada en el estadio Azteca. Todo ocurrió en apenas unas semanas que todavía hoy parecen un sueño. Nunca más vi a un futbolista cargar sobre sus hombros el destino simbólico de un pueblo como lo hizo Maradona.

Pasaron treinta y seis años hasta volver a abrazar una Copa del Mundo.

Entre México y Qatar hubo finales perdidas, eliminaciones dolorosas y generaciones extraordinarias que se quedaron en la puerta. También hubo una injusticia enorme con Lionel Messi, obligado durante años a demostrar una y otra vez lo que ya era evidente: que era uno de los mejores futbolistas que habían pisado una cancha. Qatar 2022 fue mucho más que un título. Fue una reparación.

Fue el campeonato que terminó con discusiones inútiles, que puso a Messi donde siempre debió estar y que nos permitió llorar de felicidad , en mi caso, junto a mis hijos. Cada generación tuvo, por fin, su propia fotografía con la gloria.

Y ahora estamos otra vez en otra final. Otra oportunidad de bordar una estrella.

Lo extraordinario de esta Selección no es solamente que gane. Es la manera en que juega, la humildad con la que compite, la naturalidad con la que convierte la excelencia en costumbre. Scaloni construyó un equipo donde el talento convive con el sacrificio. 

Lo extraordinario de esta Selección no es solamente que gane. Es la manera en que juega, la humildad con la que compite, la naturalidad con la que convierte la excelencia en costumbre. Scaloni construyó un equipo donde el talento convive con el sacrificio. 

Hace mucho tiempo que el fútbol argentino dejó de depender de un solo héroe. Hoy emociona la certeza de que siempre aparece uno distinto para resolver el partido. Julián Alvarez, Enzo Fernández, Alex Mac Allister, Cuti Romero, Dibu Martínez, Lautaro Martínez y, claro, Messi, disfrutando sus últimos capítulos con la serenidad de quien ya conquistó todo.

No sé si volveré a ver una Selección como esta. No sé si dentro de veinte años volveremos a encontrarnos frente a un equipo capaz de discutirle la eternidad a las grandes dinastías del fútbol. Por eso deseo que llegue la cuarta estrella. No solo por el récord, ni por las estadísticas, ni siquiera por el privilegio de volver a ser campeones del mundo. La deseo porque tengo la sensación de estar asistiendo a un momento irrepetible. A una generación que ya es inmortal, pero que todavía puede regalarse un último milagro.

A los catorce años descubrí que un Mundial podía hacer feliz a un país. Hoy, varias décadas después, sigo esperando el pitazo inicial con la misma ilusión. Cambiaron los jugadores, cambiaron las canchas, cambió la vida. Hay cosas, por suerte, que el tiempo nunca consigue derrotar. La esperanza de volver a gritar campeón con la camiseta argentina es una de ellas

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