El 4 de junio de 1961 nació formalmente el Movimiento Popular Neuquino (MPN). Nació como una herramienta política creada por la familia Sapag para defender los intereses de Neuquén en tiempos donde los partidos tradicionales estaban proscriptos y donde la provincia buscaba construir una identidad propia. Durante más de seis décadas lo logró.
El MPN no fue solamente un partido político fue un sistema de poder. Gobernó Neuquén durante más de 60 años, construyó escuelas, hospitales, rutas e instituciones. Moldeó la provincia moderna pero también construyó algo más: una estructura política tan grande, tan dominante y tan prolongada en el tiempo que terminó convencida de que era invencible. Y ahí empezó su decadencia.
Porque la historia demuestra que los partidos no caen cuando son derrotados por sus enemigos. Muchas veces caen cuando dejan de escuchar a los propios. Cuando el poder se transforma en rutina, cuando las críticas dejan de ser escuchadas, cuando la autocrítica desaparece. Durante décadas el MPN ganó elecciones porque interpretó mejor que nadie el sentimiento neuquino. Pero con el paso de los años comenzó a mirar más hacia adentro que hacia afuera.
Las internas se volvieron más importantes que los problemas de la gente. Las disputas de poder empezaron a ocupar el lugar de los proyectos y la maquinaria política comenzó a creer que la sociedad siempre acompañaría. Hasta que llegó el 2023 y ocurrió algo que parecía imposible. El MPN perdió. Pero no perdió frente al peronismo, no perdió frente al radicalismo, no perdió frente a un partido nacional. Perdió frente a una astilla de su propio palo. Perdió frente a uno de los suyos, perdió frente a Rolando Figueroa. Eso es lo más simbólico de toda la historia. Porque la derrota no vino desde afuera sino desde adentro. Vino de alguien que conocía cada rincón del movimiento, cada fortaleza, cada debilidad, cada error.
La historia demuestra que los partidos no caen cuando son derrotados por sus enemigos. Muchas veces caen cuando dejan de escuchar a los propios. Cuando el poder se transforma en rutina, cuando las críticas dejan de ser escuchadas, cuando la autocrítica desaparece. Durante décadas el MPN ganó elecciones porque interpretó mejor que nadie el sentimiento neuquino. Pero con el paso de los años comenzó a mirar más hacia adentro que hacia afuera.
La sociedad neuquina no votó contra la identidad provincial, votó contra el agotamiento de un modelo. Contra una forma de ejercer el poder que muchos sentían agotada. Contra una estructura que parecía más preocupada por conservar espacios que por renovarse. Pero sería un error creer que la derrota del MPN en 2023 se explica únicamente por una interna política o por la candidatura de Rolando Figueroa. Hubo algo más profundo. Hubo un desgaste acumulado durante años y dentro de ese desgaste, la corrupción ocupó un lugar central.
Los escándalos que sacudieron a la provincia golpearon directamente el corazón de un modelo que durante décadas había construido su legitimidad sobre la eficiencia y la cercanía con la gente. La estafa de los planes sociales, las denuncias por desvío de fondos públicos, las sospechas sobre cooperativas financiadas con dinero del Estado, funcionarios investigados, ex funcionarios condenados. Cada caso fue erosionando algo más importante que una elección. Erosionó la confianza porque la sociedad neuquina pudo tolerar errores de gestión.
Lo que empezó a dejar de tolerar fue la sensación de que algunos utilizaban el Estado para beneficio propio mientras miles de ciudadanos hacían esfuerzos para llegar a fin de mes. Y cuando la corrupción se instala en la conversación pública, la credibilidad empieza a derrumbarse. Ahí fue donde el MPN comenzó a perder mucho antes de perder las elecciones. Porque los gobiernos no caen solamente por sus opositores. También caen cuando la gente deja de creerles y esa es la lección más dura para cualquier fuerza política.
Ningún partido es eterno. Ninguna hegemonía es permanente. Ningún triunfo está garantizado para siempre porque cuando el poder deja de renovarse, la sociedad encuentra otra opción aunque esa opción nazca de la misma raíz.
Hoy, a más de seis décadas de aquel 4 de junio de 1961, el MPN sigue siendo una parte fundamental de la historia neuquina. Nadie puede borrar su influencia. Nadie puede negar su protagonismo pero tampoco se puede ignorar el mensaje que dejaron las urnas en 2023. Los ciclos políticos terminan y el del MPN como partido dominante terminó de la manera más inesperada. No por el avance de un adversario histórico. No por una invasión externa sino por alguien formado dentro de la misma casa. Porque al final, después de más de 60 años de poder, el Movimiento Popular Neuquino no fue derrotado por sus enemigos. Fue derrotado por sus propias contradicciones y quizás esa sea la ironía más grande de la política neuquina: el partido que gobernó la provincia durante generaciones terminó perdiendo el poder frente a un dirigente que aprendió política en sus propias filas.
Hoy, a más de seis décadas de aquel 4 de junio de 1961, el MPN sigue siendo una parte fundamental de la historia neuquina. Nadie puede borrar su influencia. Nadie puede negar su protagonismo pero tampoco se puede ignorar el mensaje que dejaron las urnas en 2023. Los ciclos políticos terminan y el del MPN como partido dominante terminó de la manera más inesperada.
Como suele ocurrir en la historia, la derrota más dolorosa no llegó desde afuera llegó desde adentro. Y la corrupción terminó manchando una historia que durante décadas había sido sinónimo de identidad provincial. Por eso la derrota de 2023 no fue solamente la victoria de Rolando Figueroa. Fue el veredicto político de una sociedad cansada. Cansada de los privilegios. Cansada de los escándalos. Cansada de escuchar promesas de transparencia mientras aparecían nuevas causas judiciales. Y así ocurrió la paradoja más grande de la historia neuquina: el partido que gobernó durante más de seis décadas no fue expulsado del poder por la oposición. Fue expulsado por el desgaste de sus propios errores. Y entre esos errores, la corrupción tuvo un papel que la historia difícilmente pueda ignorar.