A los 34 años, Carla Saralegui transformó una crisis existencial en una forma de vida itinerante. Dejó atrás las certezas de Neuquén Capital para aventurarse a lo impensado y salir de su zona de confort. Recorrió la Patagonia durante seis meses en su bicicleta, acompañada por un cartel que decía: “Viajo en bici por Argentina”.
Hoy, desde Corea del Sur, demuestra que el mundo es un lienzo a explorar, que viajar sola siendo mujer es seguro y que, al animarse a dar el salto, se comprueba su propia máxima: “La ruta siempre provee”. Porque a veces, para alejarse del conflicto y ver mejor el panorama, hace falta tomar distancia (a pedal). Y esta historia nos muestra que a veces, lejos es cerca.
El "click" y una bicicleta heredada
Nació en Neuquén Capital, tiene 35 años y viene del "palo" de la comunicación y la fotografía que, además de que le apasiona, le permite capturar momentos para inmortalizarlos en fotos impresas que luego vende durante sus viajes. Sin embargo, su verdadera actividad hoy es ser viajera.
En 2019, tras regresar de estudiar en La Plata y en medio de una crisis personal sobre su futuro, el sueño de la infancia de recorrer el mundo no la dejaba dormir. “De chica soñaba con conocer el mundo, darle la vuelta. Pero había algo que me limitaba y yo no entendía qué era. Siempre me iba de viaje, pero volvía. Como que no me animaba a largar todo de una”.
Carla cuenta que fue en una sesión de terapia donde le llegó el cachetazo de realidad que necesitaba: "No te vas porque tenés miedo", le dijo su psicóloga. Al verse despojada de excusas, Carla se dio cuenta de que lo único que tenía para ir por su sueño, era una bicicleta vieja de su papá, “de hacía 15 años”, aclara, y muchas ganas de salir de su zona de confort. Y ese fue el "click" que le abrió el mundo entero.
“Ese día fue muy loco porque todo alrededor se alineó. Empezaron a presentarse cosas en relación a viajar en bicicleta y gente que me contaba sus experiencias. Yo no sabía nada de bicis, pero empecé a meterme en ese mundo. A mitad de 2019 arranqué a preparar el viaje para cumplir el deseo de conocer El Chaltén, la capital nacional del trekking”.
Primero el sur
Desafiando los prejuicios habituales —que necesitaba equipamiento de alta gama, que viajar sola era peligroso para una mujer o que sin dinero era imposible—, Carla escuchó el consejo de un amigo que la invitó a dejar atrás las autolimitaciones: “Andá con la bicicleta que tenés y después todo se va a acomodar”.
Con El Chaltén en la mira, comenzó la planificación. De imprevisto, una de sus mejores amigas se sumó al plan tras comprarse una bicicleta apenas un mes antes de partir. En diciembre de ese año, justo antes de que la pandemia cambiara el mapa mundial, comenzó la aventura rumbo a El Bolsón.
Pedalearon juntas unos 200 kilómetros hasta Esquel (Chubut), donde su amiga debió regresar por trabajo. Carla quedó, por primera vez, sola en la ruta frente a la inmensidad del sur y de sus propios temores que se fueron haciendo cada vez más pequeños; lo que iba a ser un trayecto corto se transformó en un viaje introspectivo de seis meses recorriendo la Patagonia argentina y chilena.
"Yo realmente agradezco haberme enamorado de esta forma de vivir y de viajar, porque siento que me liberó y me mostró un montón de cosas que necesitaba. La bicicleta, a la larga, termina siendo también un medio de meditación. Por ahí estás diez horas con vos misma en la ruta", reflexiona hoy, desde el hostel donde se hospeda en Corea del Sur.
La bondad del camino
Lejos de la supuesta desolación de la Ruta 40, Carla descubrió que el camino se convirtió en una enorme red de solidaridad. “Al principio creí que iba a ser algo muy solitario, sobre todo cuando agarré la Ruta 40, pero terminó siendo todo lo contrario. La gente me paraba para preguntarme cómo estaba, qué estaba haciendo, hacia dónde iba o si necesitaba algo. Te dicen que te va a pasar algo, y más siendo mujer, pero yo nunca me sentí más segura que en plena ruta; te juro, mucho más que en la ciudad”.
En esos pueblos y parajes, los lugareños le ofrecían comida, alojamiento y hasta dinero. Sin embargo, asimilar esa generosidad desinteresada fue un desafío imprevisto para la neuquina. “Me costó aceptar la ayuda de la gente. Sentía culpa, esa estructura con la que nos criamos de que si alguien te da algo, tenés que devolverlo de alguna forma. A veces no es así, o no es el momento de hacerlo; después lo aprendés. Ese tipo de conexiones son las que más me gustan de viajar así. Aprendés a descubrir la bondad que hay en los demás, porque creo que la gente es más buena que mala".
Así, Carla venció la culpa de recibir sin entregar nada material a cambio, entendiendo que su propia historia y el tiempo compartido eran el verdadero intercambio. En el trayecto, también aprendió a confiar en su instinto como brújula principal y a decir “no” sin sentir que "quedaba mal". Desde entonces, adoptó una frase como marca registrada: “La ruta provee”.
"Realmente agradezco haberme enamorado de esta forma de vivir y de viajar, porque siento que me liberó", reflexiona Carla sobre su estilo de vida itinerante.
Beto
“Cuando llegué a Esquel, mi amiga ya se iba y yo me quedaba sola unos días más. Tenía que buscar la forma de hacer plata, entonces me puse a vender postales con fotos que yo misma saco. Era la primera vez en mi vida que me ponía a vender en la calle, no sabía si me iba a ir bien. En eso se me acercó un señor, Beto, y charlamos. Me preguntó si tenía dónde quedarme y le dije que no. Me contó que vivía con sus tres hijos y que, sin compromiso, me invitaba a su casa para tirar la carpa ahí. Fue hermoso, me quedé tres días hasta animarme a arrancar. Después me pasó su celular y me escribía: ‘Bueno, Carlita, contame por dónde vas’. Eso me marcó porque fue de las primeras personas que me abrió la puerta de su vida; no es solamente el techo, te abren la puerta a su intimidad familiar, a todo lo que tienen. Ahí entendés que, en realidad, no necesitás casi nada”.
El mundo para explorar
Tras una lesión que la obligó a regresar temporalmente a Neuquén para recuperarse, Carla se sintió, por un tiempo, como un "león enjaulado". Sin embargo, tras haber recorrido la Patagonia guiada por su filosofía de ir siempre fuera del esquema y escapar de los circuitos excesivamente turísticos, se preguntó por qué no virar la brújula hacia un destino radicalmente distinto: Asia.
Aprovechando el límite de edad, aplicó a la visa Working Holiday para Corea del Sur. Actualmente lleva un mes en el país asiático, financiándose a través de un voluntariado en un guest house donde intercambia tres horas de limpieza por alojamiento y comida, y complementa con su trabajo virtual como creadora de contenido y community manager.
Muy pronto, Carla comenzará a rodar por las enormes autovías exclusivas para bicicletas que tiene Corea, un territorio sumamente adaptado para el cicloturismo. Su plan es recorrer la península en dos ruedas para luego saltar a los países vecinos y seguir de gira “hasta que dé”. ¿El regreso? Sigue teniendo el mismo norte: cumplir el sueño de subir pedaleando desde Argentina hacia Centroamérica, con una gran cuenta pendiente por conocer Colombia.
Lejos, a veces, es cerca
A pesar de la distancia y el choque cultural, su esencia patagónica sigue intacta en su mochila donde lleva apenas una carpa, una bolsa de dormir, una cocinita, poca ropa, un libro y dos amuletos amigurumis: un minion y el dragoncito de la bandera galesa que compró en Trevelin. También lleva una foto familiar y una de ella misma cuando era chica, para recordarse que está cumpliendo lo que alguna vez prometió.
“Hay algo que es bien patagónico y que no dejo de hacer: irme al río de acá a tomar unos mates. Aunque este río no es igual al nuestro, te juro que lo hago desde el primer día que llegué. Tener el agua a tres cuadras para cebarme un mate es como estar en el río Limay; para mí es increíble”.
A pesar del profundo amor que siente por su Patagonia natal, alejarse y viajar sin fecha de vencimiento se convirtió en su filosofía de vida. “Lo mejor de este estilo es que el tiempo no es una presión. No tengo apuro por llegar a los lugares; entonces, si pasan cosas en el camino, las puedo disfrutar igual. Es sentir el verdadero poder de la libertad, ese momento en el que te das cuenta del poder de decisión que tenés sobre las cosas”, reflexiona.
Antes de despedirse, mientras la diferencia horaria le recordaba que al otro lado del mundo ya era momento de descansar, Carla compartió una premisa tan simple como potente para quienes están atrapados en la indecisión y no se animan a dar el salto a lo desconocido: “A cada cosa que te hace dudar, hay que plantearle un: '¿Y por qué no?'. Porque vivir con la mochila de las ganas encima es lo peor que te puede pasar".
Podés seguir el día a día de la aventura de Carla en su cuenta canal de Youtube y en su cuenta de Instagram: @alocarlita