HISTORIAS NEUQUINAS

Los días en que asomó el infierno en Filo Morado

Durante 64 días, en 1988, ardió un pozo de gas en el yacimiento de YPF.
martes, 5 de mayo de 2020 · 16:30

La redacción del Diario del Neuquén traqueteaba con máquinas de escribir, y ruidosas teletipos. Luis Sapag entró y sin preámbulos me dijo: “Nos vamos al incendio del pozo, en Filo Morado. Salimos temprano desde Cutral Co. Nos llevan en avión”.

El incendio había comenzado en la madrugada del 27 de mayo de 1988. Las primeras informaciones describían escenas dantescas. El infierno había encontrado un resquicio hacia la superficie, y hacía su trabajo atemorizante.

En el auto de Luis fuimos hasta el aeropuerto de Cutral Co, con Rodolfo Barullo Garavaglia armado de máquina y lentes y mucha película. No se había inventado todavía la fotografía digital. Y los rollos eran de película en blanco y negro, que era lo que usábamos en el diario, y lo único que podíamos imprimir en nuestra humilde Pacer 36 de dos cuerpos.

En el aeropuerto nos esperaba el ingeniero Alejandro Buchanan, quien era entonces el administrador de YPF en Plaza Huincul. Nos subimos al avioncito de la empresa y partimos, sin demasiado preámbulo ni mucho corretaje. Era un avión que parecía de juguete, pero que podía despegar y aterrizar en cualquier campo más o menos plano.

Después de un par de horas de corcoveos y pozos de aire que me dejaron sin aliento y con un chichón en la cabeza, por golpear el techo de la nave (yo era un inexperto total en vuelos), aterrizamos en una pista de tierra en el medio de la nada. Con firmes recomendaciones de no encender un cigarrillo ni por equivocación, enseguida llegamos al área del pozo.

Nos recibió una tremenda explosión, y una llama que en ese preciso momento surgió de las profundidades de la tierra, entre los caños y hierros retorcidos.

La llama superaba por momentos los 80 metros de altura. Se apagaba y se encendía mientras operarios de YPF, vestidos con una especie de trajes de astronauta, se acercaban de manera osada casi hasta tocar el fuego.

“La temperatura allí va de los 700 a los 1000 grados centígrados”, nos dijo Buchanan. Estábamos en una barda, apenas elevada sobre el pozo. Barullo agarró la cámara y se fue hacia las llamas. Al rato lo veíamos entre los astronautas, con su camperita de plástico y sus mocasines inestables, haciendo foco en el ojo del infierno. Un héroe, Barullo. O un inconsciente. Tal vez haya que ser, necesariamente, un poco las dos cosas.

YPF ya había decidido dar la batalla con su propia gente, sin recurrir a los expertos estadounidenses. Eran tiempos en que se defendía la empresa, porque ya había sensación de privatizaciones, más o menos encubiertas. Era una especie de cruzada nacional. Y todos lo entendían así.

Tiraron unos caños desde el río Colorado, y se hizo un piletón de 10.000 metros cúbicos de agua, revestido con bentonita y otros materiales para impermeabilizarlo.

Tal como se hace ahora para la explotación no convencional, el agua estuvo al pie del pozo, y desde allí, con camiones para poner la potencia, se la inyectaba con fuerza a las mangueras que los operarios, en equipos de cuatro ó cinco personas, llevaban hacia el centro del averno que no cesaba.

Cada vez que se apagaba la llama, era cuestión de contar unos pocos minutos, y se volvía a encender, con un trueno que hacía temblar la tierra bajo nuestros pies. Nos caía encima una lluvia de gasolina. Mi ropa quedó manchada para siempre. Hasta hace poco tuve esa campera que daba testimonio de la aventura.

Volvimos en el frágil avioncito después de despegar a los tumbos en la pista de tierra del yacimiento. A escribir la nota, a revelar y copiar las fotos. Hicimos dos ó tres páginas. La gente de YPF quedó conmovida con el relato. Me llamó Olga Lione desde la agencia Cutral Co para trasmitirme esa emoción, ese agradecimiento. Eran tiempos, ya lo dije, de resistencia heroica, y acaso inútil.

El fuego duró 64 días, y los operarios de YPF finalmente lo aniquilaron, a puro esfuerzo. No recurrieron al extranjero. Se salieron con la suya, y el episodio se vivió como un triunfo.

El tiempo pasó. No me quedaron ni las fotos, que se perdieron en alguna vuelta del camino. También extravié aquella primera publicación, que ahora es historia más que periodismo. La foto que ahora se publica, la recuperó Barullo de su archivo desprolijo y caótico, y formó parte de una exposición que se hizo en su homenaje, pocos años antes de su muerte.

Cada tanto, los que seguimos vivos, nos acordamos del pozo 19 de Filo Morado, cuando la Argentina era otra, y nosotros también, ahora que vamos entrando en la certeza de que lo distinto termina siendo parecido, casi igual, casi lo mismo.

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