HISTORIAS COTIDIANAS

Lo que uno aprende en la cola

Algo que te pasa a vos y a mí. Realidades que vivimos en Neuquén.
lunes, 9 de noviembre de 2015 · 07:47

Una hora ya había pasado y pensaba que podía llegar a terminar con un problema psicológico después de observar tantas situaciones insoportables, al menos para mí. Una hora, una larga e intensa hora en la fila del banco, parecida a las del supermercado aunque tal vez dos veces peor. La primera vez que iba y sin temor, habiendo escuchado las reiteradas quejas de familiares y amigos pero, por supuesto, nunca creí que tal horror estaba libre de exageraciones. Como toda una principiante fui a las nueve de la mañana a cobrar un cheque. La fila llegaba hasta la puerta y desde el primer momento las quejas se dejaban oír.

- Uy como está la gente, por favor - pensé.

Ahora que lo viví, creo que de alguna manera uno tiene que descargarse. Al final de todo, parece que no es justo reprimir lo que uno piensa cuando lleva una hora parado. Empecé a entenderlos mientras pasaba el tiempo. De todas formas, tenía que distraerme con algo y de eso se desprenden varias situaciones. De esas situaciones se desprende un aprendizaje: ser el primero que llegue al banco, pase lo que pase.

Víctima: El hombre parado a mi izquierda en la fila de al lado, para hacer otro trámite, hablando a escondidas por celular, muy disimuladamente con auriculares puestos. Unos 65 años.

-Hola Carlita, ¿qué hacés?... Y acá andamos, hace un rato en la fila del banco, no puede ser viste, siempre lo mismo. No me gusta venir, yo soy muy nervioso, vos sabés Carlita las consecuencias de pasar nervios… Me puede dar un infarto si sigo así, enfermedades, un ACV. Ni hablar de las contracturas...

Y así seguía quejándose el hombre para que todos los que estábamos ahí nos enteráramos de su trágica vida, creada aparentemente sólo en su cabeza. Nada optimista, nada que nos ayudara a que la espera fuera más "light”.

Vecinas: Marta y Amelia que, aparentemente, eran vecinas y se encontraron años después. Ambas, estiraban todas las vocales a la hora de hablarse.

-Marta… ¿sos vos?

-Amelia no te la puedo… no te la puedo creer. ¡Mirá como estás!

-¿Cómo andás tanto tiempo? ¿Qué es de la vida de Agustinita? ¿Y Carlitos? ¿Cómo anda Carlitos? Me encontré a Juana el otro día… No sabés como creció Augusto. ¿Te acordás de Silvina? Murió, pobre… Una pena.

Aver… ¿Alguien puede explicarme quién es Agustina, Carlitos, Augusto, Silvina, Pepito y Pepita? ¿Es necesario hacer pública la vida de esas personas que poco se deben acordar de Amelia? Y si Silvina murió, que en paz descanse.

Dermatóloga con certificado trucho: No sé si ustedes tienen la facilidad de "asquearse” pero yo sí. Una pareja joven a mi derecha. La novia que, sin problema alguno y sin preámbulos, se lanzó con sus dedos hacia la naríz del chico, mucho más reservado que ella.

-Pará, pará. Estamos en el banco - dijo mientras estaba rojo de vergüenza.

-Ay, no me hables así en público – le respondió

Ufff, había empezado una nueva discusión de pareja en público para ser el entretenimiento de más de 40 personas después de una desagradable situación de granos.

Pareja melosa: Ya que hablamos de novios, no podía faltar la típica situación romanticona. Dos personas más grandes en esta ocasión, casi 45 años, atrás mío. Parecían novios primerizos dándose besos exagerados. Acá, nada de "piquitos”. Por el contrario, un beso de telenovela mexicana como cuando Rosalinda finalmente se encuentra con José Armando.

-¿Estaré celosa? No puede molestarme que dos personas se demuestren cariño. – me pregunté.

Empezaba a cuestionar mi vida amorosa y de paso, me sentía un poco fracasada en ese sentido. Por suerte, me di cuenta que no era la única que estaba con los ojos abiertos. Dos personas más que se encontraban delante de mí miraban hacia atrás cual búho desesperado girando su cabeza.

Un buen anticonceptivo: No quiero que se malinterprete, pero para gente joven que no está preparada psicológicamente – como yo – los típicos "berrinches” de los nenes más chicos pueden resultar como buen anticonceptivo. La desesperación de las madres primerizas intentando calmar a sus pequeños hijos me dio risa y miedo. En definitiva, los chicos no tienen la culpa de estar aburridos y caprichosos por estar en un banco haciendo nada más que esperar. El problema existe para aquellos que se ponen histéricos ante el llanto que parece no calmarse con nada. He aquí otro aprendizaje: las filas para aquellos que tienen prioridad tampoco sirven.

El Espíritu Santo: Finalmente, tuve una clase religiosa – soy atea – escuchando, inevitablemente, la conversación de dos mujeres que se encontraban adelante mío. Una amplia diferencia de edad entre ambas. La mayor, quería que la más joven tuviera fe en el Señor asegurándole que él iba a ayudarla a calmar su miedo y develar un gran misterio: la desaparición de objetos en su casa (esto es real).

No tengo nada en contra de las creencias religiosas pero comenzó a alegrarme un poco el día y, sin darme cuenta, pasaron las dos dejándome primera en la fila. Minutos después fue mi momento para pasar luego de esperar más de una hora. Retiré mi dinero y afortunadamente aprendí varias cosas: las consecuencias del estrés, la importancia de llevarse bien con los vecinos, de ir al dermatólogo y de tener una vida amorosa y espiritualmente estable. Pero lo que más aprendí fue que siempre, pase lo que pase, tengo que llegar primera al banco.

 

 

Algo que te pasa a vos y a mí. Realidades que vivimos en Neuquén City.

Mirta López

 

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