EDITORIAL

Entre pueblos originarios y petróleos culposos

La peor duda de todo tiene que ver con lo que depararán los próximos gobiernos. Entre el nacional, el provincial, y el capitalino, tendrá que haber una mejor sintonía.
domingo, 6 de septiembre de 2015 · 14:30

Entre las sombras y las luces, un grupo, identificado como representante de la comunidad Paynemil, echa a rodar nuevamente leyendas del tercer milenio hacia la globalidad culposa. Se pretenden más tierras en superficies que encierran, allí abajo, riquezas petroleras por todavía muchos años. En Argentina, el único negocio petrolero para los civiles propietarios es el carácter de superficiario. Si se puede esgrimir calidad de pueblo originario, mejor.

La YPF parcialmente re-estatizada reacciona como una víctima del atropello aborigen. Dice que paraliza su producción. Habla de 160 millones de pesos en pérdidas. Afirma que cerró 700 pozos. Avisa, con cierta sutileza grosera, que no puede volver a pasar algo semejante. Se actúa sobre la coyuntura, aunque pensando a futuro, en lo que viene, en Vaca Muerta, lo no convencional, el estallido dolarizado de lo que podrá ser. El mensaje es más o menos claro: no puede ser que un grupo minúsculo ponga en peligro el futuro bienestar de todos los argentinos. YPF, por lo que se ve, retira el padrinazgo hacia los Paynemil, que se han beneficiado desde hace 20 años por ese mismo petróleo que dicen combatir para salvar el ecosistema ancestral en el que afirman haber vivido.

En Vladivostok, a miles de kilómetros de la estepa patagónica, Miguel Galuccio firma con Alexei Miller, el primer acuerdo YPF-Gazprom para desarrollar hidrocarburos en Neuquén. Los CEO’s sonríen a las cámaras, enfundados en trajes a medida. Gazprom es la gigante energética del mundo. Quiere venir a sacar gas en la Patagonia argentina, en el mismo lugar donde los jerarcas del gobierno de Vladimir Putin esperan construir una gran represa, Chihuido I. Sudamérica, y Argentina en especial, es foco de mucha atención para la gran madre Rusia, y para la gran tía China. Jorge Sapag, el estratega del petróleo patagónico, sigue pegado a las posibilidades del neoperonismo argentino. Compartió con los Kirchner sus virajes estrambóticos buscando opciones de inversión que no pasaran por occidente, ya cansado de las chantadas argentinas. Espera seguir haciéndolo, con mayor racionalidad, con Daniel Scioli, a quien se apuesta desde el oficialismo del MPN.

Más cerca de Loma La Lata y Vaca Muerta, en este polo de mítico progreso, Neuquén, vaticinado por el profeta Benjamín Solari Parravicini, se extienden los manteles para el banquete del futuro en la mesa del club de los gobernadores del petróleo, la Ofephi. El martes Sapag bajará línea de continuidad del modelo, con precio sostén de 77 dólares incluido en el menú, con la presencia del "futuro presidente de los argentinos”, el ya nombrado Scioli. Sapag suena como ministro de Energía en el futuro gabinete del hipotético gobierno, y por ahora, eso le alcanza para aumentar su estatura en por lo menos 10 centímetros: es alto, rubio, de ojos azules, y tiene 40 años menos. Un ídolo de la coyuntura. La teoría es la siguiente: no detendremos el progreso de recuperación de la soberanía energética, porque si bien el petróleo está ridículamente barato, el gas, con otro horizonte de precios, es la gran apuesta posible, pues al comparar con lo que se paga el importado, el neuquino todavía tiene techo alto para mejorar, y abastecer a toda la Argentina. Vamos, pues, por el gas: convencional, Tight, Shale. Cualquiera sea, que habrá precios buenos. Y con el gas, inevitablemente, habrá también petróleo. A Neuquén, señores, no lo para nadie.

Más cerca todavía, en la pequeña escena local, la batalla tiene que ver con todo y a la vez con nada. Se trata de elegir nuevo intendente en la ciudad que puede llegar al medio millón de habitantes en los próximos diez años. La ciudad que combina colapsos en los servicios con desmesura en el crecimiento. La ciudad en donde se construye el Hilton dándole sombra en el amanecer a Cordón Colón. La ciudad en donde el rico, el pobre, la biblia y el calefón, están inexorablemente mezclados, para bien y para mal. El populismo estatal y dadivoso del MPN se enfrenta contra una rara argamasa de liberalismo PRO y progresismo pragmático cultralquense. La campaña es un show de tramposos ardides y un festival de hechos melodramáticos. Pasó Mauricio Macri como una exhalación amarillenta, y hasta se le armó una reunioncita fugaz con un puñado de emepenistas que juraron que votarán Cambiemos el 25 de octubre. El MPN tiene su versión Scioli, su versión Massa y su versión Macri. Un huevo en cada canasta, ya que el partido ha dejado en "libertad de acción” a sus afiliados, y por ende, a sus dirigentes. ¿Importa esto? Realmente, no. El MPN tiene suficiente con intentar desarrollar la Vaca Muerta. Llegar hasta allí, nomás, le costará un gobierno entero, el que viene, de la nueva generación liderada por Omar Gutiérrez y Rolando Figueroa, cada uno en lo suyo.

Entre la farsa, la realidad, y el reality show, se van amontonando certezas e incertidumbres. La peor duda de todo tiene que ver con lo que depararán los próximos gobiernos. Entre el nacional, el provincial, y el capitalino, tendrá que haber una mejor sintonía.Si no, es posible que la profecía de Parravicini naufrague, en un mar lleno de medusas, mapuches aburguesados, nuevos ricos de la política, y elecciones a troche y moche, en una especie de caricatura de una democracia todavía endeble, todavía muy mentirosa.

Rubén Boggi

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