En La Buitrera, a pocos kilómetros de Cerro Policía, apareció una pieza que ya sacude a la paleontología mundial: un esqueleto excepcionalmente preservado de Alnashetri cerropoliciensis, un pequeño dinosaurio carnívoro del tamaño de un gallo que vivió hace 95 millones de años y que hoy obliga a reescribir el árbol evolutivo de uno de los grupos más enigmáticos del Cretácico.
El hallazgo se produjo en el corazón de la estepa rionegrina, en la mítica Formación Candeleros, la misma capa geológica que entregó gigantes como el temible Giganotosaurus carolinii. Sin embargo, esta vez no se trató de un coloso de toneladas, sino de un depredador diminuto, de apenas 70 centímetros de largo y unos 2 kilos de peso, que habitó el antiguo desierto de Kokorkom cuando la Patagonia era muy distinta a la que conocemos.
El nuevo espécimen fue descubierto por el paleontólogo Sebastián Apesteguía y extraído con precisión quirúrgica por la técnica Akiko Shinya. Y lo que encontraron bajo la roca no fue un puñado de huesos sueltos: el esqueleto está casi completo. Por primera vez, los científicos pudieron observar con detalle el cráneo y la dentición de un alvarezsaurio sudamericano, una rareza dentro de un grupo que siempre se caracterizó por restos fragmentarios y muchas preguntas sin responder.
Pero el verdadero terremoto vino después, en el laboratorio. Tras un análisis exhaustivo, el equipo confirmó que los alvarezsauroideos se originaron en el Jurásico, hace unos 150 millones de años, cuando el supercontinente Pangea todavía no se había fragmentado. Esa pieza del rompecabezas explica por qué aparecen fósiles emparentados tanto en Asia como en América del Sur. No fue casualidad: estaban allí antes de que los continentes se separaran.
Además, el estudio derribó otra hipótesis instalada. Hasta ahora se creía que el tamaño reducido de estos dinosaurios estaba directamente vinculado a su dieta insectívora. Sin embargo, los datos indican que ya eran pequeños antes de especializarse en ese tipo de alimentación. Es decir, no se achicaron por lo que comían: siempre fueron diminutos dentro del mundo de los terópodos.
Como si fuera poco, la nueva información permitió revisar piezas guardadas en museos del exterior. Ejemplares mal clasificados en instituciones de Wyoming, en Estados Unidos, y en la Isla de Wight, en el Reino Unido, resultaron pertenecer también a este extraño linaje. Un fósil patagónico ayudó a ordenar vitrinas a miles de kilómetros de distancia.
El trabajo fue publicado en la prestigiosa revista Nature y es fruto de un esfuerzo internacional que reunió a la Universidad de Minnesota, la Fundación Azara, la Universidad Maimónides, la Universidad Nacional de Río Negro y la Universidad Nacional de San Luis. El proyecto contó con apoyo del CONICET, la Agencia I+D+i y la National Geographic Society, entre otras instituciones.
Actualmente, los restos descansan bajo estrictas condiciones de conservación en el Museo Provincial Carlos Ameghino, dependiente de la Secretaría de Cultura de Río Negro. Allí, en silencio, el pequeño “dino gallo” sigue haciendo ruido. Porque no todos los días un esqueleto de 70 centímetros logra sacudir la historia de millones de años.