Donald Trump recibió el golpe político más fuerte desde que volvió al poder hace trece meses, uno que inevitablemente hará tambalear tanto su agenda internacional como doméstica en un momento clave. Pero lo que agrava la situación es desde dónde vino el inesperado mazazo: fue la Corte Suprema de Estados Unidos, a la que todos veían como su mejor socia para avanzar en el desguace del orden liberal, tanto dentro como fuera del país, la que decidió anular su política arancelaria. Así, le arrebató a Trump su mejor arma para disciplinar al mundo y, como si fuera poco, podría complicarle la economía doméstica en un año electoral decisivo.
El fallo llegó en un momento en que el presidente parecía incontenible, y su impacto va mucho más allá de lo material. Tiene una enorme carga simbólica, porque genera dudas donde hasta ahora no las había: en la capacidad de Trump para gestionar los asuntos internos y externos del país. Su convicción y el brutal ejercicio del poder parecían ilimitados.
“Es la economía, estúpido”
A nivel doméstico, este fallo sucede en momentos en que el crecimiento está frenado desde finales del año pasado. Son malas noticias en un año electoral. A esto ahora se suma la incertidumbre sobre el impacto en los mercados de las demandas de empresas que ya exigen la devolución de lo pagado en aranceles que la Corte declaró ilegales. Algunos estiman que el paquete asciende a 170.000 millones de dólares.
Frente al fallo 6-3 de la Corte que determinó que Trump no podía implementar aranceles bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, el presidente reaccionó enfurecido y doblando la apuesta: anunció que elevaría los aranceles globales del 10 al 15 por ciento, llevándolos al límite máximo que permite otra ley comercial. Esa disposición establece que un presidente puede aplicar aranceles de hasta ese porcentaje para abordar "grandes y graves" problemas de balanza de pagos, durante un máximo de 150 días. Después de ese plazo, el Congreso deberá actuar para permitir su continuidad. Trump buscó así reimplantar con urgencia los aranceles que la Corte acaba de rechazar.
El otro desafío: Irán
Hasta recibir la noticia del fallo, Trump estaba sopesando una decisión de enorme trascendencia: qué hacer con Irán. A estas horas, el escenario de un ataque militar es el más probable. Se contemplan acciones selectivas que hasta podrían incluir eliminar al líder supremo, Ali Jamenei, y a su hijo, quien está en la línea de sucesión, con el objetivo de presionar al régimen para que acceda a un acuerdo sobre su programa nuclear que deje conforme a Washington.
La lógica es la misma que aplicó en Venezuela con la operación que culminó con la captura de Maduro: demostrar hasta dónde está dispuesto a llegar para cumplir sus objetivos. Los días que Trump le dio al régimen para presentar una propuesta suficientemente contundente no deben confundir a nadie: la flota naval desplegada en Medio Oriente, comparable únicamente a la que se movilizó en 2003 para la guerra de Irak, está allí para actuar.
Trump buscará un ataque limitado que discipline al régimen. Irán tendrá entonces que elegir entre sobrevivir resignándose a un acuerdo que lo dejará muy debilitado interna y regionalmente, o intentar incendiar la región. Pero como Irán no es Venezuela, posiblemente la teocracia buscará ponerle un límite con la idea de que lo último que Trump quiere es un conflicto desbordado. Por eso lo desafía. Alí Jamenei declaró que su país responderá a cualquier ataque militar con todo lo que tiene, con referencias implícitas a su arsenal de misiles balísticos y a la voluntad de enfrentarse al ejército más poderoso del mundo, cueste lo que cueste.
Estados Unidos e Israel están coordinando un posible ataque que podría desencadenarse incluso antes de que expire el plazo fijado por Trump, y ya construyen escenarios para responder a la reacción iraní. El régimen podría responder con ataques convencionales sobre Israel y aliados de Washington en la región, incluyendo bases militares estadounidenses. Y está también la amenaza híbrida que siempre exhibe cuando se siente acorralado: el cierre del Estrecho de Ormuz para estrangular el comercio petrolero. Podría ser una demostración de fuerza, pero también una señal de extrema debilidad de un régimen que, viéndose perdido, decida incendiar la región antes de caer.
Si Irán responde de forma contundente, a Trump quizás no le quedaría otro camino que ir definitivamente por un cambio de régimen. Eso implicaría asumir riesgos enormes: una campaña militar larga, consecuencias impredecibles y un costo doméstico significativo para Trump en año electoral, metiéndose exactamente en el tipo de guerra del que prometió sacar a Estados Unidos.
Cuando Trump asumió y lanzó su guerra comercial, profundizó sus políticas anti inmigratorias y empezó a rediseñar el mundo a su gusto, ninguneando las instituciones internacionales, despreciando a aliados históricos y acercándose a Putin. Parecía que nadie podía ponerle un límite. Era la gran prueba de fuego para las instituciones estadounidenses, que ya conocían a Trump por su primer mandato y que en aquella etapa lo habían desafiado. Pero este Trump es otro: envalentonado por un triunfo electoral contundente, con mayoría en ambas cámaras, y con dominio absoluto de la agenda política ante la debilidad demócrata. Y sobre todo, con un dato que parecía clave: una Corte Suprema ideológicamente afín, con una mayoría conservadora decisiva, lista para acompañar sus planes de sepultar la agenda liberal.
Esa certeza acaba de quebrarse. Más allá del impacto económico e institucional, la Corte le dio a Trump el peor golpe de todos: el reputacional. Para un Trump que busca imponerse en la escena internacional, la debilidad interna resta crédito en cualquier negociación puertas afuera. Por eso a los límites que la Corte le impuso en política arancelaria, Trump respondió doblando la apuesta, como siempre. Se trata de demostrar fortaleza cuando alguien desafía sus planes. El régimen iraní haría bien en tomar nota de eso. Y Medio Oriente, y el mundo, debería prepararse. Trump dio sobradas muestras de que, cuando lo desafían, la reacción no tarda en llegar.