La muerte de Quiroga

Cómo empezó Pechi, en el verano del 2000

Historia de un encuentro en Las Grutas, y el primer reportaje como Intendente.
sábado, 12 de octubre de 2019 · 18:56

En el verano del 2000, Pechi Quiroga era un recién asumido intendente de la capital neuquina. Convencido de que su gestión iba a ser muy intensa, y como para juntar ideas y fuerzas alejado de las urgencias del acoso partidario y del establishment, se fue con la familia a pasar unos días en un complejo de cabañas en el balneario rionegrino Las Grutas.

Hacia allí fuimos, con Alejandro López, para tener una distendida entrevista. Pechi nos recibió de malla y en ojotas, con el chulengo ya preparado para una parrillada. Nos acomodamos en el comedor y sala de estar de la cabaña, y tuvimos una larga charla -la primera en sus funciones como intendente- que después procuramos reflejar en la edición correspondiente del diario La Mañana del Sur.

No había alcanzado a pasar un mes de asumido, y Quiroga ya tenía las ideas fuerzas para lo que haría en el Municipio. Primero, una reorganización interna: el organigrama que encontró lo consideraba un desperdicio de capacidades y dinero. Segundo, sembrar la semilla del trabajo intenso y permanente: consideraba que había mucha “vagancia”. Tercero: establecer las grandes líneas de gestión: plan de pavimentación de calles agresiva, mejoramiento de los servicios. Y lo fundamental: redescubrir el río. “La barda y los ríos son la genética de la ciudad”, nos dijo entonces.

En el año 2000 no había Paseo de la Costa. No había, en realidad, ningún paseo como conocemos ahora. El Parque Central llegaba a la Avenida Olascoaga, y desde allí era un horrendo transitar baldío hasta la Terminal de Omnibus. No estaba el Museo Nacional de Bellas Artes. No estaba el monumento por Malvinas. La mayoría de las calles eran de tierra, y el gran problema era el polvo que levantaba el viento, y la permanente carencia del riego con camiones.

Quiroga hablaba y gesticulaba y de vez en cuando iba a revisar la carne y los chorizos. Me impactó entonces el énfasis. Cómo parecía mirar una ciudad que no existía todavía. “Vas a tener mucho trabajo”, le dije. Pechi abrió una botella de Malbec. “Sí, me dijo. Mi trabajo más grande va a ser hacer trabajar a todos los vagos”.

A pocos meses de aquella charla, Pechi acordó con Oscar Smoljan la construcción del Museo Nacional de Bellas Artes. Se puso en marcha el traslado de la Terminal y la construcción de la nueva. El pavimento comenzó a tapar la tierra que se volaba. Un día, nos juntamos en su despacho de la vieja municipalidad. Ese espacio que ahora debería llevar su nombre. Me mostró los primeros bocetos del Paseo de la Costa. “Esto va a cambiar la ciudad para siempre”, me dijo.

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