El politólogo, analista de la Cuestión Malvinas e integrante de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas de Neuquén, Mario Flores Monje advierte que el reclamo argentino enfrenta un nuevo desafío: en la era del conocimiento, la soberanía ya no se ejerce solo con argumentos históricos y jurídicos, sino con presencia científica, tecnología y control efectivo del Atlántico Sur y la Antártida.
Cada 3 de enero, la Argentina recuerda el inicio de la usurpación británica de las Islas Malvinas. Pero, a casi dos siglos de aquel hecho, el debate ya no puede quedar anclado únicamente en la memoria y la efeméride. Para el politólogo el reclamo soberano enfrenta hoy un escenario radicalmente distinto.
—¿Por qué afirma que la cuestión Malvinas debe repensarse en clave del siglo XXI?
—Porque existe el riesgo de que Malvinas quede atrapada en una liturgia conmemorativa. Los argumentos históricos, jurídicos y geográficos siguen siendo incuestionables, pero hoy ya no alcanzan. En el siglo XXI, la soberanía no se expresa solo en documentos o resoluciones internacionales, sino en capacidades concretas: presencia científica, control tecnológico y conocimiento propio del territorio y del mar.
El planteo no es teórico. Flores pone como ejemplo un hecho reciente: en octubre de 2025, el British Antarctic Survey anunció la incorporación de inteligencia artificial para estudiar el fondo marino antártico, reduciendo a segundos tareas que antes demandaban horas de trabajo manual.
—¿Por qué ese anuncio es tan relevante para la Cuestión Malvinas?
—Porque no se trata solo de ciencia. La inteligencia artificial permite procesar decenas de miles de imágenes, identificar especies casi en tiempo real y ampliar el conocimiento sobre uno de los ecosistemas más estratégicos del planeta. El fondo marino antártico concentra más del 94% de las especies del Atlántico Sur. Cuando el Reino Unido despliega tecnología allí, está ejerciendo presencia, control y proyección de poder en el Atlántico Sur y la Antártida.
"En el siglo XXI, la soberanía no se expresa solo en documentos o resoluciones internacionales, sino en capacidades concretas: presencia científica, control tecnológico y conocimiento propio del territorio y del mar", explicó Mario Flores Monje.
Según el analista, las investigaciones realizadas en 2025 en las islas Georgias del Sur por instituciones británicas refuerzan esa lógica: ciencia y tecnología como herramientas de soberanía.
—Habla de una soberanía “cuatridimensional”. ¿A qué se refiere?
— A que hoy la causa Malvinas es territorial, pero también tecnológica, ambiental y científica. Sin una presencia científica y tecnológica sostenida, el derecho corre el riesgo de volverse abstracto frente a actores que despliegan capacidades reales en el terreno. En la era del conocimiento, quien produce datos, monitorea el espacio marítimo y protege los ecosistemas también construye soberanía.
En ese punto, Flores marca una asimetría preocupante. Mientras el Reino Unido invierte en inteligencia artificial, oceanografía y biología marina, la Argentina enfrenta restricciones estructurales y una inversión en ciencia que resulta insuficiente frente al desafío soberano.
—¿Qué consecuencias concretas tiene esa brecha?
—Se ve claramente en la pesca ilegal, que no solo genera pérdidas económicas, sino que debilita nuestra posición diplomática. Sin datos propios, sin monitoreo permanente y sin tecnología aplicada al control marítimo, es muy difícil ejercer soberanía efectiva.
Para Flores, recuperar Malvinas no puede pensarse como un acto aislado ni como una consigna declamativa.
—Entonces, ¿dónde se juega hoy el futuro del reclamo?
—No solo en los foros internacionales. Se juega en los laboratorios, en los centros de datos, en los buques de investigación y en la articulación entre diplomacia, ciencia, industria naval y desarrollo tecnológico. En el siglo XXI, comprender, monitorear y gestionar el espacio marítimo es una condición indispensable para ejercer soberanía.
Lejos de resignar el reclamo histórico, el planteo apunta a actualizarlo. En palabras de Flores, la causa Malvinas ya no es solo una deuda del pasado, sino un desafío plenamente contemporáneo: defender la soberanía en un mundo donde el poder también se mide en conocimiento, innovación y capacidad científica.