Nido de antiprincesas

“Además de llevarlos al mundo del arte, los rescato de desaparecer”

Carolina Arias vive en San Martín de los Andes y cada vez que aparecen animales silvestres atropellados al costado de la ruta, flotando en un lago o muertos en el centro de la ciudad; le avisan a ella ¿Por qué? Carolina los rescata y les devuelve (otra) vida. Por Carla Barbuto
lunes, 5 de noviembre de 2018 · 09:17

Por Carla Barbuto

El arte de Carolina Arias nos conmueve en su belleza, nos sorprende por su despojo, nos interpela sobre el sentido de la vida. Los invitamos a conocer sus obras, tan desprejuiciadas como shockeantes.

¿Cómo contás tu arte?
Cuando alguien no vio mi obra antes, quizá es más complicado el acercamiento. Siempre cuento que como artista me gusta trabajar con muchos materiales, los tomo como una experimentación, como si estuviera en un laboratorio y pudiera utilizar todos los recursos para hacer pruebas en cuanto a la materialidad y el concepto de mi obra. De hecho, en mi obra, se nota un hilo conductor. Aunque voy cambiando de materiales y de técnicas y me siento libre de hacerlo, en realidad siempre hablo de lo mismo. Se puede ver un relato a través de los años.  Ahora estoy trabajando en algo que llama más la atención porque lo hago con animales silvestres que encuentro muertos al costado de la ruta o en el bosque.

¿Cómo empezó este camino?
Hace unos años hice una instalación de insectos que viajaban hacia la luz. En forma literal porque iban a un foco, y en forma metafórica porque pensaba en los rituales egipcios, que pintaban a sus muertos para su viaje al más allá. Empecé a encontrar insectos en mi casa o cerca, en el bosque, y los empecé a juntar. Después me empecé a encontrar animales más grandes y no me animaba a levantarlos. (Hace una pausa y retoma) Tengo un amigo taxidermista y le dije: “Quiero trabajar con estos animales, ¿qué hago?” Él me contestó: “El primero que encuentres, ponélo en el freezer y llamáme”.Y así empezamos. Encontré un pato en un arroyo de San Martín, lo saqué del agua y lo metí en mi freezer. Después encontré pájaros y los fui metiendo también en el freezer. Pasaba el tiempo y se me fue complicando con animales de mayor tamaño o con la vida familiar. Un día mis hijos me dijeron: “Mamá, ¿no hay nada para comer?” Y yo les dije: “Si, hay milanesas abajo del conejo”. Tenía todo catalogado y bien envuelto pero era un freezer multifunción. En un momento vi que eso no podía seguir así, compré un freezer grande y pude empezar a juntar animales de mayor tamaño como zorros y liebres.

Tengo un amigo taxidermista y le dije: “Quiero trabajar con estos animales, ¿qué hago?” Él me contestó: “El primero que encuentres, ponélo en el freezer y llamáme”. Y así empezamos.

¿Te acordas del momento en que hiciste click y te animaste a levantar a ese pato?
Con el pato, primero sentí que estaba ante una belleza increíble. Porque uno ve a estos animales silvestres siempre de lejos y es muy difícil acercarse o ver sus pelajes,  plumas, cuerpos… Y cuando tuve en mis manos al pato también hubo una enorme tristeza de verlo así. Después, cuando lo abrí, me di cuenta que tenía un tiro que le perforaba el pecho. Primero me llegó la belleza y me veía en la instancia de ver esa belleza que rescataba para que no desaparezca porque si lo dejaba en el agua, desaparecía. Siento que les hago un entretiempo al levantarlos. Además de llevarlos al mundo del arte, los rescato de desaparecer. Mi obra reflexiona sobre eso, sobre desaparecer… O para decirlo rápidamente, sobre la muerte. Siento que a lo largo de mis obras, que han pasado por distintas materialidades, hablo sobre la muerte para poner el foco a la vida.



¿A vos te sirvió en este sentido?
Creo que si. He pasado por distintos momentos en mi trabajo. Hay algunos que me han conmovido profundamente mientras los hago porque una no puede dejar de saber que tiene un ser muerto entre las manos. Y una no puede escapar a la reflexión de verse ahí, en ese animal se ve uno mismo. He pasado por momentos difíciles. Después uno se acostumbra y a veces cuando pasa un tiempo en el que no hago taxidermia y vuelvo, me tengo que volver a acostumbrar a estar con esos seres que me dan mucha pena. Es una mezcla de pena por verlos así o por la forma en la que murieron; y de asombro por la belleza.

¿Qué sentís cuando los levantas?
Cuando rescato los animales, lo hago con mucho respeto. Aunque sé que ya no tienen vida, trato con respeto a los cuerpos. Siempre digo que los acaricio durante todo el proceso, siento que es un acto de amor. Una vez me avisaron de un pájaro que estaba en una calle de San Martín y yo no llegué a tiempo, lo habían pisado los autos. Le saqué una foto porque no lo podía levantar. Fui al otro día y le saqué otra foto, y así varios días para ir registrando cómo iba desapareciendo. Yo sentía culpa por no haber llegado a tiempo para rescatarlo, verlo contra el asfalto...

Primero me llegó la belleza y me veía en la instancia de ver esa belleza que rescataba para que no desaparezca porque si lo dejaba en el agua, desaparecía. Siento que les hago un entretiempo al levantarlos. Además de llevarlos al mundo del arte, los rescato de desaparecer.

Les das arte, ¿le devolves vida?
Estos animales son en cierto punto invisibles. No es como una mascota que tiene un dueño y en todo caso, si muere, lo duela o lo llora o lo extraña. Son animales silvestres, no tienen nombre, son zorros, patos, liebres, conejos que desaparecen y nadie va a señalar su ausencia.

¿Hubo algún de rescate que te haya marcado de forma singular?
Todos son especiales. Me pasó hace un par de meses que se murió un colibrí en mis manos, eso para mi fue muy fuerte. Me llamaron para avisarme que había un colibrí muerto, cuando fui me di cuenta que estaba vivo. Aunque parecía dormido, le dije: “No debe estar bien pero no está muerto”. Cuando trabajas mucho con animales sin vida, te das cuenta cuando están muertos o no. Se me murió en las manos, ver cómo el cuerpo se transformaba, darme cuenta primero que todavía vivía y después ver cómo se iba…. Todo fue muy fuerte. Ahora lo tengo en el freezer. Es muy chiquitito.

Hay algunos que me han conmovido profundamente mientras los hago porque una no puede dejar de saber que tiene un ser muerto entre las manos. Y una no puede escapar a la reflexión de verse ahí, en ese animal se ve uno mismo.

¿Te entristece?
Este caso me entristeció porque se fue de las manos, pero ver los conejos o zorros  atropellados me causa más impotencia. Son situaciones que podrían evitarse. Mi tema no es la ecología ni el avance del hombre sobre el bosque, pero no puedo dejar de verlo cuando me los encuentro atropellados. Sí, me entristece verlos en la ruta, pero me voy armando de una coraza porque de otro modo no podría hacer el trabajo. Trato de pensar que eso ya sucedió y que no puedo hacer nada, pero que sí los puedo rescatar del olvido.

A veces el periodismo nos acerca a realidades novedosas, a personajes extraordinarios. Y, otras veces, nos permite el milagro de conocer seres fuera de la norma que rescatan a los anónimos del olvido, que señalan la ausencia de los ignorados y que nos llevan a abrir el alma a un arte que da vida.

 

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