OPINIÓN: RUBEN BOGGI

Lo que asoma con el nuevo escenario

En Argentina es así: no hay guerra entre derecha e izquierda, sino más bien entre acumuladores y derrochadores. Todavía no se ha podido encontrar el punto medio.
domingo, 22 de noviembre de 2015 · 14:37
Ha llegado el momento. Con un nuevo gobierno, que asumirá 19 días después de escritas estas palabras, se inaugura una nueva y distinta etapa de la democracia argentina, y se abre un inédito desafío para Neuquén y la región, sacudida como nunca por el contraste entre las buenas noticias (presuntas) que augura el futuro, y las malas (concretas) que condicionan el presente.


Con la realidad en creciente instalación del fin de un ciclo en que descolló la letra K, como un símbolo que la historia evaluará, ya que al presente se torna muy difícil hacer alguna consideración objetiva y acertada, es bien cierto que una nueva camada de dirigentes políticos y sociales se apresta a asumir la conducción del proceso que este fin de ciclo parirá, entre dolores, desencantos y refunfuños varios.


El mix entre veteranos y jóvenes tendrá en Neuquén y la región representantes vinculados con los sectores empresarios, con el radicalismo, que ya no existe tal como fuera, pero ha dejado fructífera descendencia, con el MPN que buscará renovarse por enésima vez, con el peronismo que restañará llagas y heridas para volver a inventarse, y con el sindicalismo, acostumbrado a sobrevivir y aun crecer, vinculado siempre al gran Estado, a la fuerza principal de la política en el vasto territorio patagónico, todavía adolescente, todavía con casi todo por delante.


Pican en punta, posicionados bien con el momento, algunas figuras que al menos al comienzo de la nueva etapa democrática, tallarán fuerte en la escena neuquina y regional. En Neuquén, es el caso de algunos intendentes, como Horacio Quiroga y Ramón Rioseco; en la región, asoma fuerte –por la expectativa creada- Aníbal Tortoriello, quien asumirá en Cipolletti, y quien puede ser el caso testigo de una original evolución rionegrina, con el primer mandato propio -con poder ya construido- de Alberto Weretilneck. Quiroga largará su cuarto mandato en la capital neuquina, un récord que quedará en la historia y será difícil de superar; Rioseco, será una especie de caso testigo de cómo se puede construir espacio político desde la periferia hacia el centro; y Tortoriello es la gran incógnita, tal vez la más sugerente, pues debutará como político al mando de un municipio importante, y comprobará así si la elección por la política será duradera, o solo una experiencia fugaz.


Por supuesto, habrá que seguir muy de cerca en Neuquén a Omar Gutiérrez y Rolando Figueroa, dueños de un sugerente silencio en la última etapa de campaña, la que medió entre la primera y la segunda vuelta electoral. Y considerar figuras que vienen anunciando el recambio político general, como Pablo Bongiovani, Gastón Contardi, Osvaldo Llancafilo, Juan Pablo Prezzoli,  Marcelo Bermúdez, Lucila Crexell, José Brillo por mencionar solo algunos de los recientes protagonistas de la escena política neuquina, con empeño y ganas suficientes como para terminar de concretarse a sí mismos en estos años que vendrán.


El poder del momento está asentado en la renovación y el cambio, elemental y obvia caracterización para el fin de ciclo del kirchnerismo. El núcleo de los intendentes no peronistas será el que más apueste a la singularidad del nuevo ciclo. No sorprendió, por esta previsión de Perogrullo que anticipa la coyuntura, que Horacio Quiroga y Anibal Tortoriello hayan estado en Humahuaca acompañando a Mauricio Macri en el cierre de su campaña, en el lejano Jujuy, haciendo gala de un protagonismo poco frecuente en este tipo de ocasiones.


Estos intendentes liderarán regionalmente (o al menos procurarán hacerlo) la intención de volver a asentar la política sobre la racionalidad de la administración presupuestaria del Estado, poniendo un coto previsible aunque demorado a una larga hegemonía del distribucionismo criollo, ese que generalmente subyuga mayorías fáciles, a costa de vaciar inexorablemente las arcas estatales. Ese distribucionismo, que alterna con el menos frecuente proceso de acumulación y recuperación de reservas, no forma parte de tal o cual partido, ni siquiera es inherente a la democracia, pues también lo han aplicado gobiernos dictatoriales, es el que ahora llega al fin de una nueva etapa, agotado por su misma práctica. En Argentina es así: no hay guerra entre derecha e izquierda, sino más bien entre acumuladores y derrochadores. Todavía no se ha podido encontrar el punto medio.


En Neuquén, la acumulación despiadada del Estado nacional, con distribución indiscriminada de gran parte de los recursos,  casi salvaje, en pos de aumentar la dosis de poder político personalista, y la idea de que si no hay Estado que ayude, el pueblo se muere de inanición, ha jugado de manera muy negativa sobre sus cuentas públicas. Neuquén no pudo aprovechar el máximo precio del petróleo que predominó buena parte de los últimos 12 años, y ahora sufrirá el deterioro causado por el precio bajo, que se estima se prolongará durante todo el año que viene y un poco más. Así, Omar Gutiérrez tendrá que administrar con severidad, y sostenerse en la expectativa abierta por los yacimientos no convencionales, que seguirán esperando mejores precios, con una producción acotada. En Río Negro, y particularmente en el Alto Valle, la situación es parecida pero en referencia a la principal actividad económica, que es la fruticultura. Devastada por las malas políticas nacionales, una más de muchas economías regionales puestas al borde del colapso, la fruticultura tendrá este verano una temporada muy mala, y el efecto se sentirá inmediatamente en la región.


Petróleo con precio bajo, con efecto en cantidad y calidad de mano de obra; y fruticultura con crisis no resuelta y baja contratación de mano de obra. Dos factores poderosos que pintan el comienzo de la nueva etapa, con renovación política mirando en dirección contraria a la ola que tapó todo durante la última década: es hora de recomponer economía, de atenuar distorsiones, de medir con prudencia el gasto público. Se usarán todas las frases elegantes que eludan la palabra ajuste. Pero el ajuste es inexorable, y no por revancha política, sino por orden de la impiadosa realidad.


La situación, no obstante, no es de desesperación, sino, por el contrario, de alentadora oportunidad. La política ha demostrado, con defectos y todo, que es la herramienta todavía utilizable para modificar lo malo y enfatizar lo bueno. Este es el rasgo saliente, lo que validará los intentos de la mezcolanza entre lo viejo y lo nuevo, que pondrá en escena la nueva coyuntura. Otra cosmovisión, otro lenguaje, otras formas, reemplazarán a las hasta ahora vigentes. No hay que preocuparse. Ha pasado antes, y volverá a pasar después.


Es, simplemente, lo que el sistema institucional necesita. Alternancia, y a la vez continuidad. Porque los cambios, los que sirven, solo son posibles dentro de una cultura que mantenga sus rasgos positivos esenciales. Es el único secreto, el que sirve para no perder el rumbo, para no caer en el definitivo precipicio de la insustancialidad.


Rubén Boggi

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