El difícil camino hacia la reapertura de las escuelas

sábado, 23 de enero de 2021 · 20:42

Hubo marcadas de cancha importantes en la semana que ha pasado. Son marcas del partido que se juega para determinar si habrá clases o seguirá la triste parodia del “todos y todas”, de la inclusión metafísica, lejos de una realidad acuciante para la sociedad argentina. El gobierno de Omar Gutiérrez hizo una de esas marcas: presentó una acción concreta de “re vinculación” para más de 2.500 alumnos, que se pone ya en marcha, dando un primer paso para un año lectivo con escuelas abiertas, alumnos concurriendo y maestros dando clases. La otra marca la hizo el gremialismo (en general, todo el gremialismo docente, no solo ATEN) que reafirmó que no volverán a las escuelas si no están dadas las condiciones que el mismo sindicalismo determina, y que incluyen, obviamente, un aumento salarial.

La actitud sindical no trepida en utilizar las armas que están a mano. Se lanzó, por ejemplo, una campaña en las redes sociales, en las que aparecen dibujitos de chicos que avisan “volví a casa”, con uniforme escolar, útiles, y un gigante coronavirus pegado. Es, ciertamente, una campaña perversa, de un sector de la sociedad que está acostumbrada a reclamar “juicio y castigo”: es decir, justicia con la decisión tomada antes del juicio propiamente dicho. Lo que están diciendo o reafirmando es que la escuela es un foco de infección, y que por eso no se puede trabajar allí. A no ser que… se cumplan con las demandas presentadas, que curiosamente, no son sanitarias, pues en ese sentido no difieren de lo que cualquier ministerio de Salud puede decir o instrumentar, sino estrictamente reivindicativas desde lo sectorial, incluyendo, remarquemos, el tema del salario.

En este contexto, es posible que, al menos en Neuquén, se llegue a un acuerdo. El gobierno está muy convencido de que hay que volver a la presencialidad, con algunas singularidades, pero sin negociar la apertura sí o sí de las escuelas. El gremio, al menos el sector que lo conduce, que está representado, encarnado, en Marcelo Guagliardo, no está dispuesto a una inmolación revolucionaria que gane espectacularidad, pero resigne logros concretos, palpables, y razonables en una coyuntura de economía difícil, con inflación descontrolada, reactivación todavía en veremos. En ese contexto, hay una percepción común a la mayoría de dirigentes de gremios estatales: ellos forman parte de un sector que ha estado protegido, mucho más que el resto de los mortales ciudadanos de Argentina. Saben que no volver a clases, por ejemplo, implicaría una condena social muy fuerte, porque es inexplicable la actitud de no volver por los contagios, ya que ese argumento hubiera debido aplicarse a todos los trabajadores, que ya están trabajando, es más, se desviven porque haya un trabajo que hacer, para no caer en el pozo abierto más peligroso, que es el del desempleo.

La coyuntura sigue inestable, por supuesto. El gobierno de Gutiérrez surfea sobre esa incertidumbre. Desestimó el “estado de alerta sanitario” después del gambito del presidente Fernández, que dejó colgado del pincel a todos los mandatarios que esperaban el “toque de queda”, para no quedar expuesto frente al juicio social de quienes no quieren más restricciones, una mayoría importante de la sociedad, por lo que se ve a simple vista. Eso le ha costado una cantidad de contagios/día que se ha mantenido por encima de los 500 casos; que siga la angustia en los servicios hospitalarios, que se saturan fácilmente en estas situaciones. Le ha costado, entre otras cosas, más presupuesto, más dinero. Siguió contratando médicos y profesionales, en el afán de tapar los evidentes agujeros en las guardias y las terapias intensivas. Nadie puede negar que se trabaja para resolver, pero cada decisión política no solo es difícil de tomar, sino que es sin garantías: puede salir bien o mal, y esto es un albur que Gutiérrez está obligado a correr, mientras soporta la presión de quienes no gobiernan, y hacen el juego opositor, que en esta época se han transformado en propietarios de una verdad presunta, tanto como en representantes directos del humor social vigente.

Gutiérrez se aferra a la acción, que es la herramienta más poderosa que tiene. Recorrió localidades, puso presencia, protagonizó inauguraciones y anuncios. En el camino, se encontró con situaciones indeseables tanto como con gestos de aliento. Es la impronta que marca la hora: una sociedad en efervescencia constante, con humores cambiantes, pronta para la puteada, en función de la insatisfacción general. Si hasta cuando hace demasiado calor, como en esta semana, se busca la manera de mandar una puteada para el lado del gobierno, aunque no tenga nada que ver el presidente, o el gobernador, o el intendente, con la temperatura ambiente.

Por eso, gobernar en estas crisis es muy difícil. Porque a todos se les complica la vida, y a los gobernantes, también.

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