La campaña de presión a través de un despliegue militar sin precedentes en el Caribe no podía, para Donald Trump, terminar de otra forma que con la salida del poder de Nicolás Maduro. Por eso durante meses, Washington planificó la operación que las fuerzas especiales Delta Force, con helicópteros y aviones de apoyo, ejecutaron para sacar por la fuerza a Maduro de Venezuela y transformar al 3 de enero de 2026 en un día que quedará en la historia. Se trató de una decisión de alto riesgo cuya ejecución parece haber sido perfecta, pero que tendrá impredecibles consecuencias para Venezuela, América Latina y para el mundo.
Trump tomó una decisión que no solo marcará definitivamente su segunda presidencia, sino que pone al mundo ante un desafío extraordinario: el de acostumbrarse a que los asuntos internacionales se gestionen a través de acciones unilaterales guiadas por la fuerza y el poder. El orden internacional basado en reglas e instituciones parece entrar en su fase final, con organismos internacionales que hace ya mucho se muestran impotentes para resolver los asuntos mundiales. Venezuela es muestra de ello: ni siquiera los potentes informes de Michelle Bachelet, cuando era Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, denunciando la represión y la violencia del régimen de Maduro lograron activar a una ONU, sumergida en la impotencia, para frenarlo. Esto también explica la desesperación de la mayoría de los venezolanos que buscaron y encontraron en Trump las soluciones a su calvario que durante años nadie encontró o, en el peor de los casos, a nadie le importó.
Apenas se conoció que Estados Unidos, a través de la Operación Resolución Absoluta, había extraído a Nicolás Maduro y que este estaba en camino hacia la ciudad de Nueva York para quedar preso a la espera de ser juzgado por narcoterrorismo, el mundo comenzó a preguntarse qué vendrá después. Los líderes mundiales se expresaron: algunos fueron contundentes en el rechazo a la acción de Estados Unidos y no se detuvieron en condenar a Maduro, otros la apoyaron sin matices festejando la caída del dictador, y algunos intentaron hacer equilibrio entre ambas cosas: condenar tanto a Maduro como la violación del derecho internacional.
Pero más allá de la espectacularidad de la operación y sus repercusiones, es importante empezar a construir los posibles escenarios que se pueden imponer y que marcarán el éxito o fracaso que se pueda atribuir a esta audaz decisión de Trump.
Continuidad chavista sin Maduro
En su conferencia de prensa después del ataque, Trump dio pistas sobre los dos posibles escenarios que se abren. Al ningunear el rol que podría tener María Corina Machado, quien afirmó en un comunicado que su partido estaba preparado para asumir el poder, y al decir que su secretario de Estado, Marco Rubio, está en contacto con Delcy Rodríguez —quien ya asumió la presidencia de Venezuela—, Trump imagina que Venezuela siga siendo gestionada, bajo las órdenes de Washington, por la estructura chavista que, ya sin Maduro, parece seguir controlando casi todo en Venezuela.
Obviamente, Trump, como dijo, impondría las condiciones para defender los intereses de Estados Unidos: garantizar la seguridad interior y tomar el control de la producción del petróleo. La transición democrática, palabra que Trump no usó en ningún momento, no parece estar en la agenda inmediata del presidente estadounidense. Su aporte a la libertad de los venezolanos se limitaría entonces a haberles sacado de encima a Maduro. No es poco pero quizas sea insuficiente. El rechazo público a Machado —la persona más odiada por el chavismo y que según las actas ganó las elecciones de julio de 2024 junto a González Urrutia— pareció ser un mensaje directo para el régimen: Trump está dispuesto a negociar con ellos.
Resistencia del chavismo y nueva intervención
Este plan de Trump puede fallar si Rodríguez, pero sobre todo Diosdado Cabello —quien tiene control de las fuerzas armadas, elemento siempre clave para determinar la fortaleza de un régimen— se resiste a aceptar las condiciones que impone Trump y mantiene las características represivas del régimen. Los 1000 presos políticos que están en las cárceles de Venezuela y la oposición que permanece en el país podrían ser las principales víctimas de este escenario, impedidos de acceder al poder real y obligados a soportar una continuidad del chavismo apenas maquillada.
Este segundo escenario obligaría a Trump a hacer algo que no quiere: volver a intervenir militarmente para terminar definitivamente con el régimen. En una segunda oleada de ataques buscaría capturar a otros funcionarios, entre ellos Cabello, y controlar lugares estratégicos de Venezuela como puertos y aeropuertos. Pero esas acciones acercarían la posibilidad de entrar en una guerra abierta, quizás con soldados estadounidenses en territorio venezolano y con consecuencias humanitarias gravísimas. Exactamente lo que Trump prometió no hacer: involucrar a Estados Unidos en guerras. Ese escenario transformaría a Venezuela en algo peor de lo que es hoy, lo que es mucho decir.
Además, sería un fracaso de su estrategia de utilizar la fuerza militar para imponer condiciones, y encima en América Latina, la zona del mundo en la que decidió posar su atención para sacar de allí a China y a aquellos líderes que no se alinean con su mirada. Quedaría muy expuesto, sobre todo a las miradas de Moscú, que seguirá haciendo lo que quiere en Europa, y de China, que puede terminar de decidirse a hacer en Taiwán lo que Putin hizo en Ucrania y Trump ahora en Venezuela.
La apuesta de Trump
Trump parecería conformarse con lograr lo que él mismo expresó: garantizar la seguridad de Estados Unidos frente al narcoterrorismo y recuperar lo que Maduro les robó a las empresas petroleras de su país, es decir, las concesiones para extraer hidrocarburos venezolanos. Esto debería ocurrir siempre que el régimen elija lavarse un poco la cara para seguir en el poder. Esto implicaría una negociación que ya estaría en curso.
Lo que suceda en los próximos días no solo determinará el futuro de Venezuela, sino que sentará un precedente sobre cómo se gestionan los conflictos internacionales en este nuevo orden mundial que Trump está consolidando, donde la fuerza reemplaza al consenso y las instituciones ceden ante el poder militar unilateral, en este caso para sacar del poder a un dictador como Maduro.