Nunca como hasta ahora estuvieron sobre la mesa todas las condiciones para que el régimen iraní caiga. Pero en su manifiesta y evidente debilidad, militar, económica y de legitimidad, está, sin embargo, su mayor fortaleza: aún conserva una carta que puede arruinar los planes de todos: desestabilizar Medio Oriente. La imprudencia guiará sus acciones cuando considere que su existencia está seriamente amenazada. La capacidad de daño, que no noy que subestimar, hace que el régimen tenga un poder de negociación que por sí mismo ya perdió. Donald Trump lo sabe y eso lo está obligando a pensar muy bien qué hacer. Por eso sube la presión militar y las amenazas, pero no descuida la diplomacia. Antes de golpear tiene que asegurarse el control de todos los escenarios y evitar que Irán se convierta en algo mucho peor de lo que ya es.
El espejo de Venezuela.
Al igual que hizo antes de la operación que apresó a Nicolás Maduro y a su esposa en plena noche a principios de enero, Trump acumula tropas —el portaaviones Abraham Lincoln ya está en Medio Oriente, junto con otros buques de guerra, bombarderos y aviones de combate—. Pero Irán no es Venezuela y el régimen se está encargando de dejarlo bien claro exacerbando las amenazas.
Si bien en las últimas semanas Trump relaciona una posible acción militar a la represión de las protestas surgidas a finales de diciembre, sus exigencias fueron explicitadas en los últimos días. Principalmente quiere el desmantelamiento total de su programa nuclear. Los iraníes dicen que es para fines pacíficos, algo que las autoridades sostienen a pesar de los 400 kilos de uranio enriquecido denunciados por la ONU en junio de 2025, que los deja en la puerta de la bomba atómica. Trump también les exige que limiten el alcance de sus misiles balísticos (llevarlos a 500 km como máximo) y reduzcan su número, y el fin de todo apoyo a los grupos que acosan Medio Oriente, incluidos lo que queda de Hamás, Hezbolá y los hutíes que operan en Yemen.
Estas demandas, ya avisó Irán, no serán cumplidas por el régimen en esos términos. Las conversaciones están abiertas y hay margen para negociar. Las exigencias de Estados Unidos son altísimas para un régimen que, si bien está debilitado como nunca, aún conserva capacidad de respuesta. Quizas por eso, es probable que Trump acepte bastante menos que eso. Israel, no. Trump ya demostró con sus intervenciones que busca acciones limitadas y contundentes que puedan cumplir su objetivo: disciplinar e imponer condiciones.
Lo hizo con Maduro al sacarlo y dejar la estructura del chavismo para tutelar lo que pase en Venezuela desde la Casa Blanca. Pero también lo hizo en Irán en junio, cuando decidió intervenir atacando la infraestructura nuclear iraní a la que Israel no podía llegar. Trump lo hizo, pero inmediatamente llamó a un cese del fuego.
El temor de perder el control
El peor escenario para Trump es que los conflictos se expandan. Y si bien en Venezuela ese riesgo estaba presente, sobre todo con la posibilidad de que el
chavismo reaccionara con más violencia contra la población al verse en riesgo, o que se produjeran más desplazamientos de la población hacia países limítrofes, en Irán las consecuencias podrían ser muchísimo peores.
El régimen sabe que ese es el gran límite de Trump y, a pesar de su debilidad, puede jugar esa carta para negociar. Y lo está haciendo. Se muestra firme y dice
que no aceptará las exigencias de Estados Unidos, que son enormes y que los dejaría en una posición de vulnerabilidad extrema. Ante ese escenario, la opción
podría ser tirar del mantel y generar caos en la región. Y para eso tiene con qué: cerrar el estrecho de Ormuz por donde pasa gran parte del petróleo mundial, atacar bases militares estadounidenses, volver a golpear Israel. Para hacerlo cuenta con misiles balísticos y aviones no tripulados.
El peligro de desborde y la respuesta desesperada del régimen es lo que frena, por ahora, a Washington y lo hace evaluar el alcance de una posible acción militar que priorizaría debilitarlo más pero no un cambio de régimen para lo que se necesitaría,
según los expertos, algo que Trump no haría: desplegar tropas en el terreno.
Una régimen sin mucho por perder
Trump necesita controlar todos los escenarios que se abran pero el problema es cómo el régimen interpreta lo que Washington haga. Si Irán lee lo que haga Trump como una amenaza real a su subsistencia, actuaría en consecuencia. Por eso Estados Unidos no debe dejar sin opciones al régimen: un golpe efectivo y de alto impacto debería disciplinar al régimen pero al mismo tiempo dejarle una puerta abierta. Algo así como hizo en Venezuela dejando el pie al chavismo sin Maduro. Acá será más difícil. Si lo acorrala, el régimen optará, perdido por perdido, por la imprudencia contra los enemigos que tenga al alcance o contra su propia población, algo que viene haciendo.
El límite a lo que Estados Unidos puede hacer en Irán no se lo imponen ni los recursos ni su capacidad probada para golpear donde y cuando quiera. Se lo
impone el mismo Trump, que sabe que Irán es capaz de incendiar la región con represalias contra sus propias tropas en la zona y contra sus aliados, lo que lo
obligarían a involucrarse en un Medio Oriente del que, desde hace más de diez años, Estados Unidos se viene desenganchando. Las consecuencias de eso en un año electoral en Estados Unidos serían catastróficas para Trump. Es la carta que tiene Teherán, que ya la hace jugar y que pone nerviosos a Israel, que teme que una negociación y un acuerdo entre Irán y Estados Unidos lo deje en una posición incómoda.
Todos los actores internacionales interesados en que eso suceda están alineados, y los que no, como Rusia y China, se muestran por ahora ocupados en sus asuntos. Arabia Saudita, Qatar y Egipto acompañan a Trump pero recomiendan la prudencia. Le piden a Washington un plan claro y objetivos de lo que quiere lograr antes de tomar cualquier medida. Israel, que en los últimos días mantuvo una extraña prudencia quizás para no quedar pegado a una intervención militar dándole argumentos a los iraníes para atacarlo como venganza, busca desde siempre no solo la destrucción de su plan nuclear sino, desde la guerra de los 12 días y de la debilidad de Irán, la caída del régimen. Y la Unión Europea también mandó una señal esta semana, simbólica pero que marca posición: designó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán como organización terrorista. Se trató de su respuesta a la feroz represión contra las manifestaciones.
Avanzar es peligroso, retroceder es un fracaso
Al igual que le pasó en Venezuela, Trump deberá demostrar que sus acciones —como ordenar el refuerzo del despliegue militar en la región— y que sus
amenazas de defender a los manifestantes que siguen siendo reprimidos por el régimen y de que no permitirá un desarrollo nuclear en Irán, se cumplen. La opción es sufrir una fuerte pérdida de credibilidad en el escenario mundial, y sobre todo, con sus aliados que esperan mucho de esta movida. Con su exitosa operación militar sobre Maduro logró sus objetivos. Pero Irán le presenta otra clase de desafíos, que lo enfrentan quizás a la decisión más importante que puede tomar desde que volvió a la presidencia de Estados Unidos hace un año.