Pensó que no hay mejor verdad que la realidad. Se calzó las zapatillas, se puso la gorra para proteger el reluciente cráneo, y salió a caminar por las calles de Cipolletti, para retratar, en vivo y en directo, qué hacía la gente durante el promocionado paro de la CGT contra una reforma laboral que todavía, a estas horas, no era ley, sino proyecto debatido en el Congreso.
Al salir, ya pudo ver que en el barrio todo estaba normal. La despensa de la esquina, la ferretería, la farmacia, los comercios del nuevo centro comercial, todo abierto. Gente caminando, en auto y en bicicleta: sin colectivos.
Por Mariano Moreno y rumbo al Parque Meteorológico, el paro de la CGT no existía tampoco. La carnicería, abierta. El supermercado, abierto. Se sentó en un banco del parque a sacar una piedrita que se había metido en la zapatilla: la bicicletería de la esquina, abierta. Los paseantes caminando por su salud, como siempre. El Sanatorio, bien, gracias, pacientes entrando y saliendo, al menos, los que podían hacerlo.
Siguió por Alem, con el mismo paisaje. Muchos automóviles. Bicicletas yendo por esa bicisenda que tanta polémica armó y hoy se usa sin chistar. Dobló por España y llegó a la plaza. En la esquina, el banco de La Pampa, estaba abierto. Sin gente esperando el colectivo en las paradas de la plaza principal: algo del paisaje normal que se veía alterado.
La zona de bares, confiterías, normal, con gente tomando su cafecito, como es usual en Cipolletti. Librerías, abiertas. Zapaterías, casas de deporte, abiertos. ¿Cantidad de gente? La de todos los días. La ciudad no es un hormiguero nunca, y este día de paro, tampoco. El microcentro lucía como es habitual, dentro de esta cotidianeidad argentina año 2026, no es que haya manteca para tirar al techo, no sobra nada, pero hoy, paro de la CGT, tampoco falta.
La caminata siguió, ya llegando a Mengele, vio la pinturería de la marca archiconocida, también normalmente abierta, y la vinería de la esquina, puertas sin trabas rumbo a los vinos, champanes y cervezas y sidras. En la parada de la otra esquina vio a un frustrado pasajero. “No andan los colectivos”, le dijo. “¿Qué pasó?”, musitó el esperante. “Es por el paro de la CGT”, le comunicó. “La puta madre…” susurró el hombre, mediana edad, pinta de laburante.
Misión cumplida, pensó. El sol empezaba a calentar el ambiente, y enfiló de vuelta al hogar. Si es cierto que Tolstoy dijo, alguna vez, que al pintar tu aldea pintarás el mundo, por mucho no se había equivocado. En Argentina, podría traducirse como “si quieres ver la realidad, sal a la calle”. El caminante se sintió justificado. ¿El paro de la CGT? No se notó tanto como parecía iba a notarse.