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Martes 07 de Abril, Neuquén, Argentina
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La farmacia, el lugar en el que la inflación no deja opciones

Las farmacias, tan concurridas como los comercios de mayor venta en el país, se han transformado en un lugar en el que, muchas veces, se choca contra la imposibilidad.

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Hay un lugar que, a partir de una determinada edad de las personas, es tan visitado como los supermercados. Está identificado con el nombre de “farmacia”, y por él hay un incesante tránsito de hombres y mujeres acuciados por comprar medicamentos, no por placer, sino por necesidad impostergable.

Es un lugar de cierto padecimiento, sobre todo para quienes andan cortos de bolsillo. Es que la inflación argentina, que no cesa pese a ser menor a la habitual, se hace sentir en cada compra, y, además, los cambios de ajuste y racionalización del Estado han provocado una reducción severa de cobertura de la obra social más relevante para este territorio, el PAMI, que pasó de subsidiar el cien por ciento, a cubrir diversos porcentajes menores.

En 2025, los medicamentos acumularon un alza del 37 por ciento en promedio, tras un inicio de 2024 con saltos superiores al 77 por ciento en los de mayor consumo. En febrero de este año, los medicamentos siguieron en alza, con un aumento promedio del 2,7 por ciento. Entre noviembre de 2023 y febrero de 2025, el gasto de bolsillo en medicamentos de jubilados aumentó 382 por ciento. Por supuesto, no aumentaron de igual manera los ingresos de la clase pasiva.

Así, las farmacias, tan concurridas como los comercios de mayor venta en el país, se han transformado en un lugar en el que, muchas veces, se choca contra la imposibilidad. No debe haber comercio en el que el cliente despliega tanta charla con el vendedor; ni otro comparable al de la farmacia, en lo que hace a la paciencia y obligatorio conocimiento de lo que se trata allí.

A veces, se asiste a escenas de profunda miseria: una persona que pregunta si puede fraccionar un determinado medicamento, porque no le alcanza para comprarlo todo, por ejemplo. La búsqueda de la marca de menor precio, es constante. En la farmacia no hay ofertas, pero hay diversos niveles de precios, como en cualquier negocio, y, en ocasiones, se establece como una especie de regateo que esconde la simple diferencia entre el estar bien o el estar mal.

Cualquier visita a una farmacia implica ingresar a un mundo especial, una muestra gratis de la variedad humana: está el señor o señora de muchos años, cliente habitual, del que ya saben todas las necesidades los empleados, y que suele charlar un rato afablemente, intercambiando quejas diversas sobre el país en el que vivimos; está el apurado/a que tiene una urgencia y no tiene receta y que no se acuerda el nombre de lo que necesita; está el que reniega e investiga posibilidades en función de que el médico hizo mal la prescripción y en el mostrador se la rechazan amable pero firmemente; está quien entra con dolor de muelas y sufre calladamente mientras le llega el turno.

La farmacia, a diferencia del supermercado, es un territorio que remite al sufrimiento, al dolor, y a la esperanza de sobrellevarlo de mejor manera: casi una metáfora de la Argentina.

 

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