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Lunes 09 de Marzo, Neuquén, Argentina
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Mientras se disparan el petróleo y la guerra, se recuerda aquella pueblada

En estos días, la cotización del petróleo superó los 100 dólares el barril. Hace 30 años, tocaba el piso, allí por los 12 dólares. Neuquén vivió un cimbronazo.

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Este año se cumplirán 30, de la pueblada de Cutral Co-Huincul. Un hecho que impactó en la realidad neuquina y argentina. Posiblemente, fue uno de los factores que cambiaron el país, ese país distinto e igual, al mismo tiempo, del que ahora tenemos.

En estos días, el gobernador, Rolando Figueroa, conduce una provincia mientras la guerra avanza en el mundo. El petróleo cotiza por encima de los 100 dólares. La tensión internacional repercute más que hace 30 años, cuando el crudo apenas llegaba a los 12 dólares el barril, y Neuquén atravesaba serias dificultades económicas.

Era junio de 1996, éramos más jóvenes, gobernaba el MPN –última gestión de Felipe Sapag- y en el país Carlos Menem. Cutral Co y Huincul languidecían tras el proceso de privatización de YPF. El rotundo no de Sapag a la planta de fertilizantes que Jorge Sobisch había prometido y gestionado para esas ciudades, completó el panorama desalentador.

-¿Cómo define la situación económica, y cuáles podrían ser las soluciones?- le pregunté, poco antes de la pueblada, a Daniel Martinasso, entonces intendente de Cutral Co, depuesto después por esa revolución popular.

- Cutral Co no tiene economía- respondió Martinasso.

Esa era la situación: no solo se vivía un problema, se vivía una insatisfacción, la que nace de mirar hacia el futuro sin esperanza alguna.

La pueblada empezó con algunos cortes, con 100, con 200, con 500 fogoneros o piqueteros. “Esto es importante”, me juró por teléfono Olga Lione, con algunas revoluciones en las espaldas. “La Vieja”, como le decíamos, era la corresponsal del diario La Mañana del Sur en Cutral Co. Antes, lo había sido de El Diario del Neuquén, y del Río Negro, y de Canal 7 Buenos Aires.

A la noche del primer día, eran miles ya. El pueblo asistió a los manifestantes. Les llevaba comida, le brindaba apoyo. La interna política en el MPN recrudeció: los sobischistas le cargaban las culpas al sapagismo. El sapagismo reaccionó con dureza. Acusó de delincuentes a los piqueteros. Felipe Sapag se fue a Santa Rosa, La Pampa, a un encuentro de gobernadores.

Tuvo que volver de allí, cuando la pueblada se manifestó como tal. El poder de la asamblea desplazó a los intendentes y a los concejales. La asamblea decidía. Se cortó el funcionamiento institucional. La jueza Margarita Gudiño de Argüelles llegó con la Gendarmería por delante, que desplazó uno o dos piquetes hasta enfrentarse con una masa popular, un ejército popular desarmado pero ominoso, que la miraba desde las lomas que anteceden al pueblo.

Esto me supera, supera mis atribuciones”, me dijo la jueza, en medio de la batahola. Se subió al móvil de una radio, y desde allí, con un megáfono, declaró su incompetencia y anunció el retiro de las tropas. Una ovación tapó sus palabras. Había triunfado el pueblo, sin más armas que las cubiertas quemadas y las banderas tiznadas, sobre el poder del Estado.

Sapag volvió solo para ser silbado y abucheado como nunca antes le había pasado. La comprensión de la magnitud de lo que estaba ocurriendo empezó a traspasar la corteza cerebral de la dirigencia. El gobierno neuquino montó un operativo de negociación, con cada uno de los líderes piqueteros. Al mismo tiempo, negoció con el gobierno de Menem para tener respaldo político y económico.

Así, llegó la cesión del yacimiento El Mangrullo –que hoy todavía produce gas, más que entonces- para los dos municipios. Y la construcción de la planta de Metanol. Y muchas más concesiones, que admitieron lo que empezó a ser una certeza: contra el razonamiento económico imperante entonces, Cutral Co y Huincul no desaparecerían, no pasarían a ser pueblos fantasmas, sino que persistirían allí mismo, con el empecinamiento que solo nace de la pertenencia.

Estuvimos allí, con los periodistas Olga Lione, Mario Rojas, con los fotógrafos Claudio Espinoza, Baruyo Garavaglia, y otros colaboradores del diario La Mañana del Sur, todos los días que duró aquella pueblada.

Miro ahora, 30 años después, esta foto, me veo igual y distinto apoyando un brazo sobre los hombros de Mario Rojas, con los gendarmes a la espalda, y pienso en todo lo que ha cambiado y todo lo que no ha cambiado, y me reconozco, en la misma pertenencia, con esa necesidad instalada entre las tripas, con ese afán aún no satisfecho.

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