La pérdida del olfato, conocida médicamente como anosmia, impacta múltiples aspectos de la vida cotidiana y puede representar un riesgo serio para la salud. Este sentido es fundamental para detectar peligros como humo, fugas de gas o alimentos en mal estado, funciones que brindan seguridad y protección.
La anosmia puede presentarse de forma súbita o progresiva, iniciando frecuentemente con hiposmia, una disminución gradual del sentido olfativo que puede derivar en una pérdida total. Lejos de ser un síntoma menor, esta condición afecta la calidad de vida al contribuir con el 80% de la percepción del sabor, lo que puede comprometer la alimentación y provocar aislamiento social o depresión, por lo que se recomienda una evaluación médica temprana.
En el marco del Día Mundial de Concientización sobre la Anosmia, se destacó que esta condición suele pasar inadvertida. Un estudio reciente reveló que un 14% de personas sin diagnóstico tenían disminución del olfato sin ser conscientes ni haber consultado al respecto.
La disfunción olfativa un flagelo que fue creciendo en el último tiempo
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor del 5% de la población mundial padece pérdida total del olfato, mientras que entre el 15 y 20% presentan algún grado de disfunción olfativa. En Argentina, estas cifras podrían traducirse en más de 2 millones de afectados, aunque expertos advierten que el subregistro es alto.
El subdiagnóstico se explica porque muchas personas normalizan la pérdida progresiva del olfato, atribuyéndola al envejecimiento o a enfermedades pasajeras como resfríos, sin saber que puede ser síntoma de patologías tratables. También existen casos de anosmia congénita.
La pandemia de COVID-19 puso en evidencia la relevancia de esta afección, dado que el virus provocó alteraciones olfativas en la mayoría de los pacientes sintomáticos, con secuelas que en algunos casos se mantienen tras la fase aguda.
La Dra. Cuevas explicó: “En los últimos años, recibimos un aumento notable de consultas por pérdida del olfato, en su mayoría transitorio, pero en otros casos se volvió crónico, generando un impacto psicológico considerable. Estamos ante una discapacidad invisible. Algunas personas llegan a sentirse desconectadas del mundo porque pierden vínculos sensoriales con su entorno; no pueden percibir su propio olor corporal o el perfume de un ser querido; comen sin disfrutar y/o no captan el aroma de la comida al ingresar a la cocina; lo que puede ser grave, algunos no detectan alimentos en mal estado, una hornalla mal cerrada, una fuga de gas o un incendio”.
Las causas de la anosmia son variadas. Pueden incluir infecciones virales como resfríos, gripes o coronavirus; traumatismos craneales; exposición a sustancias tóxicas; enfermedades crónicas como la rinosinusitis con pólipos nasales (poliposis nasal); enfermedades neurodegenerativas como Parkinson o Alzheimer; envejecimiento, especialmente a partir de los 60 años; y la presencia de tumores.
La poliposis nasal es una de las causas principales, caracterizada por la formación de pólipos benignos que bloquean las vías respiratorias superiores, lo que impide la entrada de olores y provoca congestión, secreción nasal y pérdida progresiva del olfato. La Dra. Cuevas advirtió: “Muchos pacientes con poliposis nasal conviven años con síntomas como la nariz tapada y la pérdida del olfato sin consultar, pensando que es normal, pero no lo es. Con un diagnóstico adecuado y tratamiento pueden mejorar significativamente”.
Para abordar esta problemática, la especialista recomendó la consulta oportuna: “Una pérdida de olfato no debe tomarse a la ligera, sobre todo si persiste por más de dos semanas. Hay que consultar con un otorrinolaringólogo, quien realizará un exhaustivo interrogatorio y luego de la inspección (endoscopía nasal) seguramente indicará el pedido de imágenes como una tomografía o resonancia, para lograr de esta manera llegar a un diagnóstico y luego poder realizar el tratamiento adecuado”.
En cuanto a la prevención, se aconseja mantener una buena higiene nasal, evitar el consumo de tabaco y sustancias tóxicas, vacunarse contra enfermedades respiratorias y usar protección en ambientes contaminados. También es fundamental no subestimar síntomas como congestión nasal persistente o alteración del sabor, ya que este último suele verse afectado por la pérdida del olfato.