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Miércoles 21 de Enero, Neuquén, Argentina
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El abrazo del alma, una imagen para siempre

El Abrazo del Alma —esa foto eterna del Mundial ’78— es más que una imagen de fútbol: es una lección de humanidad, de esas que se celebran todos los días aunque hoy tengan fecha en el calendario.

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Dell’ Aquila llega para celebrar con Tarantini y Fillol el campeonato del mundo 1978. La foto llevó el título “El abrazo del alma”.

Hay gestos que no necesitan brazos para existir. El Abrazo del Almaesa foto eterna del Mundial ’78— es más que una imagen de fútbol: es una lección de humanidad, de esas que se celebran todos los días aunque hoy tengan fecha en el calendario.

Hay abrazos que aprietan el cuerpo y otros que sostienen el espíritu. El Abrazo del Alma pertenece a esta segunda estirpe: no pesa, no se mide, no se gasta. Vive. Cada vez que alguien vuelve a mirarlo, late como si acabara de suceder.

El 25 de junio de 1978, cuando la Argentina quedó al borde del cielo y el estadio Monumental se convirtió en una respiración colectiva, un pibe sin brazos saltó a la cancha. No buscaba fama ni historia. Buscaba a alguien a quien abrazar. Y lo encontró. O, mejor dicho, nos encontró a todos.

Víctor Nicolás Dell’Aquila tenía 22 años y una vida atravesada por lo imposible. Desde los 12 no tenía brazos, amputados tras una descarga eléctrica que debió haberlo matado. “Toqué el cielo con las manos”, diría años después, sin ironía, sin metáfora forzada. En su boca, la frase deja de ser un lugar común y se vuelve verdad. Porque Víctor tocó el cielo sin manos, con el alma.

La foto la tomó Ricardo Alfieri, fotógrafo de El Gráfico, cuando el Pato Fillol y el Conejo Tarantini se arrodillaron, abrazados, y ese muchacho sin brazos llegó corriendo, con las mangas del buzo vacías adelantándose como si fueran alas. Alfieri, ya jubilado, no podía correr detrás de los festejos como los más jóvenes. Entonces hizo lo que hacen los grandes: miró distinto. Encontró el centro emocional de la escena y disparó. Días después, Ernesto Cherquis Bialo le puso palabras a lo que ya era eterno: El abrazo del alma.

No es una foto sobre ganar un Mundial. Es una foto sobre ganar la vida.

Celebrar el Día del Abrazo es volver a esa escena. No para repetirla, sino para entenderla. El abrazo no es un gesto decorativo: es decirle al otro “estoy acá”, incluso cuando todo alrededor grita lo contrario. En tiempos de distancia, de velocidad y de ruido, el Abrazo del Alma nos recuerda que la cercanía no siempre es física y que la emoción verdadera no necesita permiso.

La vigencia de la foto —premiada, reproducida, convertida en símbolo— no está en la nostalgia. Está en su capacidad de interpelarnos hoy. En cada cancha, en cada barrio, en cada historia que parece perdida, hay alguien buscando a quién abrazar. Y hay alguien dispuesto a dejarse abrazar.

Víctor lo dijo sin solemnidad, como quien cuenta un secreto sencillo: el fútbol le devolvió la vida. No porque le haya dado triunfos, sino porque le regaló pertenencia. Los jugadores lo hicieron sentir uno más. Y eso, para quien alguna vez fue mirado como excepción, es todo.

Hoy, en el Día del Abrazo, vale volver a esa foto. No para mirar el pasado, sino para aprender cómo se sostiene el presente. A veces, cuando todo parece quebrarse, alcanza con eso: con un abrazo del alma.

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