La superficie de Utah es de 219.862 kilómetros cuadrados. Es el duodécimo Estado más grande de los Estados Unidos de América.
Su capital es Salt Lake City, destino final de los pioneros mormones guiados en el siglo XIX por su líder, Brigham Young, entonces cabeza de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y sucesor de su fundador, José Smith, quien compiló el famoso “Libro de Mormón”, la “biblia” de ese culto, quizás la única religión masiva absolutamente americana.
En algún punto de semejante extensión territorial se encuentra el rancho “Dos Coyotes”, donde viven, casi como refugiadas, la pequeña Esperanza, custodia de “Los papeles de Norman”, su madre María y la dueña de casa, de nombre Amanda.
Utah es mayormente una extensión de territorio desértico cuya referencia más conocida en el mundo actual es el llamado Valle de los Monumentos, montes esculpidos caprichosamente por millones de años de vientos y lluvias, que se levantan en la frontera entre Utah y Arizona.
Esa maravilla de la naturaleza ha venido siendo el escenario casi obligado de innumerables películas del Far West, desde la mítica “La Diligencia” de John Ford hasta los actuales “western spaghettis”.
Cintas inolvidables en las que nunca faltaba el valiente muchachito que podía pelear a puño limpio contra cinco granujas sin que se le cayera el sombrero en la refriega. La escena se completaba con la bella damita enamorada del muchachito, unos cuantos y dudosos indios con cara de anglosajones pintados de rojo, la siempre oportuna caballería y las largas y sacrificadas caravanas de carretas vagando a través del desierto infinito en busca de su tierra prometida.
Ayer
Valdez y Rosalyn se pusieron en marcha temprano. Al igual que el resto de nosotros, ellos llevaban consigo un detallado mapa, realizado por los expertos en planimetría y cartas de navegación de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos con sede en Virginia.
Dicha agencia combinó con la empresa ferroviaria Amtrak, que acababa de inaugurar sus servicios en Utah, una parada exclusiva para la pareja, en un paraje ubicado no muy lejos del rancho de Amanda.
Pero el “boleto” para gozar de esa privilegiada facilidad consistió en un “viajecito” previo en autobús, de unos 1.145 kilómetros, desde Nueva York hasta Chicago, ciudad donde ambos abordaron el Amtrak que los dejó en el punto establecido por los cartógrafos como escala previa hacia el denominado “punto 0”, el sitio de reunión del equipo.
Ese “parador” no era otra cosa que un paraje “en medio de la nada”, con un par de viejos ranchos en ruinas, en uno de los cuales, oculto y a buen resguardo, se encontraba un jeep con su tanque de combustible completo, vehículo con el cual, la pareja continuó su viaje.
En otro punto del mapa, cerca de una decena de marshalls, solicitados como refuerzos por el teniente Valdez, se dirigían también hacia el enigmático “punto 0”. Viajaban en dos furgonetas cargadas de hombres armados. Estos alguaciles estaban lo suficientemente pertrechados, y con un riguroso entrenamiento, para situaciones difíciles de combate.
Mientras esto ocurría, la tarde, camuflada en crepúsculo, empezaba a darle la bienvenida a la noche que pronto nos cubriría, brindándonos la discreción que tanto necesitábamos.
A ese mismo lugar llegó el equipo del Mossad, aproximadamente unos seis hombres a las órdenes del veterano coronel de las Fuerzas de Defensa de Israel, las FDI, Shimon Cohen. Movilizados en dos Jeeps no nos defraudaron: como era de esperar de estos inquietos muchachos, traían el suficiente y más moderno armamento con el cual podrían entrar en una guerra y, obviamente, ganarla.
En el mundo del espionaje, el Mossad y el Medio Oriente se los conoce como “katsas”, un acrónico hebreo que proviene del término “ktsin issuf”, que significa “oficial de inteligencia”.
Para ellos, el paisaje árido, agreste y polvoriento del desierto de Utah no es una novedad, al contrario, les resulta familiar y hasta se sienten “como en casa”.
Ellos conocen muy bien el desierto, todos han nacido en Israel, algunos han combatido en las alturas arenosas del Golán, en la Guerra de los Seis Días del 67 o, más recientemente, en la Guerra de Iom Kipur, y traen acumulada mucha experiencia.
Saben muy bien cómo moverse y pelear entre impredecibles y movedizas dunas y espinosos arbustos. Pero, por sobre todas las cosas, saben muy bien cómo desaparecer de la vista del enemigo y, fundamentalmente, cómo vencerlo.
Por nuestra parte, Collins, O’Brian y yo llegamos a Utah en un autobús Greyhound que nos dejó en un pequeño poblado sin nombre.
Buscábamos no llamar la atención y así nos movimos. Vestimos para eso prendas de trabajo, como camisas a cuadros, chalecos, pantalones y raídas camperas de “denim”, botas de punta metálica y los infaltables sombreros tejanos, no nuevos, sino gastados, con los que podíamos engañar al mismísimo John Wayne.
Preguntamos en el pueblo donde rentar un jeep y rápidamente nos enviaron a la oficina de correos (y también tienda de abarrotes) donde funciona la agencia de alquiler de vehículos, mayormente de trabajo y carga. Elegimos un Jeep estándar como para atravesar el desierto sin sorpresas.
Cada uno de nosotros acarreaba un bolso con sus armas: un fusil de asalto compacto con varios cargadores, una pistola y sus magazines, alguna que otra granada de humo o explosiva y suficiente munición para soportar un intenso tiroteo como el que enfrentamos en aquel cañadón en Irlanda.
Las armas, ocultas en los bolsos, no representan un problema. El empleado que nos atendió ni siquiera abrió la boca.
En esas comarcas ásperas y salvajes, por donde pasan y pernoctan muchos desconocidos, la discreción puede ser la diferencia entre vivir o terminar con un tiro entre ceja y ceja. Por eso los lugareños saben muy bien que no conviene hacer preguntas a los forasteros.
Al momento de presentar una identificación, Collins asumió la responsabilidad y mostró su vieja licencia de conducir de Detroit, todavía vigente, donde consta su antigua condición de mecánico de automóviles, lo cual es totalmente cierto.
Cuando nos preguntaron el propósito de nuestra visita a la región respondimos casi al unísono: ¡¡venimos de cacería...!!
Lo cual también, si se analiza, era totalmente cierto.
Una vez terminado el papeleo cargamos nuestros bolsos, subimos al Jeep y salimos. Antes de abandonar el poblado, pasamos por una vieja gasolinera en cuyo frente yacían dos antiguos, oxidados y despintados surtidores propios de una novela de Steinbeck, ésas sobre la Gran Depresión.
No se veían en el establecimiento ni empleados, ni asistentes, ni mecánicos, ni siquiera una pobre luz encendida que indique que adentro había alguna forma de vida.
Generalmente suele haber ahí un chico que se gana unos centavos fingiendo que está allí para atender. Cuando el chico no está, el cliente reposta a su modo y paga si quiere o puede.
Así lo hicimos y partimos.
Pero antes de dejar atrás la estación de gas, Collins pidió bajar unos segundos del Jeep, como si hubiera olvidado algo.
El sargento descendió del vehículo, se aproximó al surtidor y, en el borde de chapa de la bomba, insertó un billete de cinco dólares, plegado en cuatro, para el muchacho ausente.
Cinco dólares que harían que esa noche el chico lograra lo imposible: pedirle prestado ese Studebaker Champion negro modelo ‘39 a su mejor amigo. Luego, pasar a buscar por su casa a la chica de sus sueños y llevarla a cenar al merendero del pueblo vecino. De ahí, ir los dos a bailar al salón parroquial y, finalmente, ascender al Edén, esto es, estacionarse en la cima de la barranca donde, luego de maravillarse con la vista de las luces del pueblo y las estrellas y galaxias, se besarían a la luz de la Luna, jurándose el amor eterno más corto que existe en este mundo.
Con cinco dólares en el bolsillo, en estas tierras olvidadas de Dios, cualquiera puede llegar a ser Tyrone Power.
Presente
Ya entrada la noche, llegamos al denominado en clave “punto 0”. Una vieja y amplia casa que alguna vez pudo haber sido el casco de un rancho próspero y en la cual podíamos encender una vieja estufa a leña, comer algo, y echar nuestras bolsas de dormir sin que nos vean a kilómetros de distancia.
Una casi invisible mancha en el amplio mapa de Utah, a poca distancia del rancho “Dos Coyotes” donde a primera hora nos reuniríamos con Esperanza y los papeles.
Pasamos revista y podemos decir que estamos todos. Valdez y Rosalyn han llegado con un leve retraso debido a una parada que el teniente realizó a unos pocos kilómetros de allí.
-Disculpen nuestra tardanza, pero debimos detenernos en un sitio cercano para poner en orden algunos aspectos de esta operación, explicó Valdez, quien se veía muy excitado con la gestión que había realizado.
- ¿Puede adelantarnos algún detalle, teniente? pregunté con curiosidad, y Valdez respondió con libertad.
-A esta altura de la operación no tiene sentido guardar secretos. Nos detuvimos a unos kilómetros de aquí, en la reservación Shoshone, donde vive un viejo amigo mío conocido aquí por su nombre nativo, “Roble Amarillo”, el jefe de la tribu.
Tenía que hablar con él porque, para las leyes shoshone, el rancho de Esperanza está en tierras sagradas de la tribu, y se requiere un permiso de la máxima autoridad tribal, aunque sea verbal, para realizar cualquier cosa que pueda perturbar la paz, la armonía y la tranquilidad del lugar.
- ¿Como puede ser, por ejemplo, un enfrentamiento a balazos con una fuerza invasora?, ilustré.
-Por ejemplo, confirmó el teniente, y a renglón seguido precisó:
-Roble Amarillo me dio su pleno consentimiento, siempre y cuando no exista un peligro cercano e inminente para la reservación, y me ofreció toda la colaboración de los miembros de su tribu.
-Suena prometedor, pero ¿en verdad cree usted que habrá problemas cuando estemos con Esperanza?, pregunté sin disimular mi preocupación.
Valdez hizo un silencio mientras pareció recordar o reflexionar. Después, habló:
-Antes de salir hacia aquí tuve una charla con personal de Inteligencia de la NSA. Ellos me revelaron que desde nuestra incursión en la mansión de Staten Island ha habido movimientos que involucran al cardenal Mulligan, Flanagan o como “corno” se llame, desde su regreso del Vaticano.
La fiscalía federal, a cargo de mi amigo Clarence Benjamin, ha venido analizando la prueba que nos entregó Carmel y sigue sosteniendo, ahora con más fuerza, la necesidad de centrarnos totalmente en lo que contengan los llamados “Papeles de Norman”, porque, a su entender, son el caso más potente en nuestra lucha por poner tras las rejas al sacerdote.
-Al mismo tiempo, siguiendo mi procedimiento, ha recurrido a Inteligencia de la NSA para ir cerrando el circulo en torno al sacerdote, aunque postergando cualquier medida judicial hasta que encontremos los “Papeles de Norman” y confirmemos su responsabilidad en esos crímenes.
- Ahora bien, Inteligencia de la NSA tiene fuertes indicios de una movilización hacia Utah de numerosos elementos armados vinculados a la logia satánica de la casa de Staten Island. Esos hombres constituyen el “ejercito privado” del cardenal integrados por asesinos como, por ejemplo, los dos sicarios que asesinaron a Johnny Ray en la puerta de su casa o quienes colocaron la bomba en mi automóvil cuando visitamos al cardenal en la catedral de San Patricio.
- ¿Por eso somos tantos?, pregunté al teniente.
-Por eso, mi amigo periodista, respondió el alguacil y agregó:
-Roble Amarillo me contó hoy que algunos de los hombres de la tribu, que suelen ir al pueblo, notaron en los últimos días la llegada de grupos de forasteros moviéndose en camionetas negras y acomodando bolsos y cajas de madera, posiblemente con armas, en el baúl de carga, un movimiento que es infrecuente en ese pequeño poblado.
- ¿Hay alguna idea de cuántos pueden ser esos tipos?, preguntó el coronel Cohen.
-Roble Amarillo calculó una veintena, no se olvide que a media docena de ellos los enviamos a mejor vida en la redada, dijo Valdez, y el israelí, veloz con los números, recalculó:
-En principio, y si Hashem no nos envía más refuerzos, lo cual nunca se debe descartar, estamos en una virtual paridad de fuerzas. Con inteligencia y coordinación pienso que podemos vencer.
Valdez esbozó una media sonrisa y expresó, parafraseando al Enrique V de William Shakespeare:
-Roguemos para que Hashem o Dios para mí, combata hoy por nosotros.
Miré al coronel Cohen y llegó a mi mente una vieja frase:
-Siempre hay que esperar lo mejor... dije en voz alta y Cohen, como buen rabino, me completó:
-...y estar preparado para lo peor.
-Amen -terció Valdez- mañana de madrugada saldremos para el rancho de Esperanza, ahora vayamos a reponer energías y a descansar.
Nos acomodamos en nuestros improvisados lechos de lona con cierre relámpago, y el sueño nos cayó encima como si a cada uno le lanzaran un elefante desde un avión.
Esta madrugada
Ya levantados, empacadas las bolsas de dormir y organizadas las armas en cada vehículo, me llamó poderosamente la atención y, con la mía, la de Valdez, O’Brian y la de algún otro, cómo Collins observaba de cerca a los agentes del Mossad mientras desempacaban sus armas y las acomodaban en el Jeep.
Al acercarnos notamos que el objeto de fascinación que tenía absorto a Collins eran los modernos fusiles Galil que los israelíes habían traído para esta excursión. Un arma con la que los americanos aún no estaban totalmente familiarizados y que, para los expertos constituía posiblemente el mejor rifle de batalla para condiciones desérticas jamás construido.
Collins parecía un chico al que llevan por primera vez a una juguetería del Centro de la ciudad y le dicen “elige la que quieras”.
Valdez tampoco ocultó su admiración por esos armamentos que predecían el futuro del rifle de asalto.
Los “katsas” habían previsto todas las situaciones de combate posibles y, con ellas en sus mentes, habían seleccionado cada modelo de sus armas: desde un increíble fusil de “sniper”, para francotirador, hasta unos modelos ultra compactos, especialmente diseñados para operaciones de comandos.
Tras el paseo por el “mundo Galil”, todavía de noche, levantamos campamento y nos pusimos en marcha hacia la casa de Esperanza.
Los expertos de la NSA, amordazados por una rigurosa condición de “top secret”, habían hecho un gran trabajo de localización del lugar. Para ello, la Agencia se había puesto en contacto con la compañía telefónica de Rosalyn en Nueva York, y había logrado rastrear la posición geográfica del teléfono desde donde Esperanza había hecho sus llamadas a Rose.
Se trataba de un antiguo y voluminoso aparato, probablemente de antes de la Segunda Guerra Mundial, que hacía mucho que había sido dado de baja del servicio. Sin embargo, la compañía telefónica, una cooperativa administrada por gente de la tribu Shoshone, seguía brindándole a Amanda el servicio sin cargo por dos razones: Por un lado, lo hacían para no dejar incomunicada a una mujer sola en medio del desierto y, por otro lado, el beneficio era en honor a las décadas de amistad de la tribu con el difunto abuelo de Amanda, al que los shoshones llamaban “águila con ojos de cielo”, por su coraje, valentía y declarado afecto por los nativos y por sus ojos de un azul profundo.
Viajábamos de noche, iluminados únicamente por la luz de la Luna que empezaba su danza de ocultamiento tras las montañas.
Rodábamos por agrestes y casi invisibles senderos abiertos por los carros de los granjeros, sin más herramientas que una brújula y el mapa, a campo traviesa y sin luces, a baja velocidad para no levantar polvaredas delatoras que puedan ser avistadas desde muy lejos donde el enemigo, probablemente, nos acechaba.
Una caravana de media docena de vehículos fantasmales: cuatro Jeeps y dos furgonetas, cargados con hombres y una sola mujer, Rosalyn. Todos fuertemente armados, con la plena consciencia de estar cumpliendo un destino casi redentor: la revelación de un crimen cuyo juicio y posterior castigo harían de este mundo un sitio mejor para vivir.
Valdez y Rosalyn habían acordado con Esperanza una referencia visual para que pudiéramos dar con el rancho en medio de la noche negra en ese océano de arena.
Esa referencia consistía en un pequeño farol a kerosene encendido colgando de la empalizada que daba entrada al rancho.
El kerosene era el combustible perfecto ya que, con la luz del farol puesta en su mínima posición, irradiaba una tenue y pálida luz a la que era difícil divisar desde lejos, pero que nosotros podríamos ver claramente cuando llegáramos al punto que el mapa nos señalaba como el perímetro del rancho.
Corríamos una desigual carrera contra el sol, cuya claridad empezaba a insinuarse amenazante en el horizonte.
Si el astro rey llegaba a salir en su plenitud con la intensidad propia del amanecer, quedaríamos totalmente expuestos y a la vista de nuestros posibles enemigos desde cualquier ángulo y distancia.
Pero al mismo tiempo, no podíamos ir más rápido porque eso significaría levantar visibles nubes de polvo del desierto. No podíamos ser detectados de ninguna forma porque sería el fin de la operación.
O’Brian venía sentado a mi derecha en el Jeep, oteando con sus binoculares la nada misma en busca de algún vestigio del rancho de Amanda y, también, de eventuales enemigos.
-Joe... ¿ves algo?, le pregunté mientras manejaba siguiendo al primer vehículo, el Jeep del teniente Valdez.
-Hasta ahora nada...solo desierto y algún perro salvaje por ahí, respondió secamente.
- ¡Son coyotes...no perros! le espetó Collins quien también miraba el horizonte con sus binoculares.
-Bueno, no se enoje sargento, esto quiere decir que nos falta el otro para tener los dos coyotes que buscamos...vamos bien, bromeó el irlandés y todos reímos para descomprimir.
Todavía éramos invisibles y eso era una suerte, pero en este tipo de paisajes la salida del sol suele ocurrir a mucha velocidad. En esas cavilaciones estábamos cuando vimos la mano y el brazo izquierdo del teniente Valdez salir por la ventanilla del Jeep, ordenando un alto. La caravana se detuvo y yo bajé a averiguar la razón de nuestra parada inesperada en medio de una carrera contra el amanecer.
- ¿Qué ocurre teniente?, pregunté mirando ostensiblemente mi reloj mientras el coronel Cohen, que también había descendido de su rodado, se apersonaba en el Jeep de Valdez con la misma duda y mirando también su reloj de hombre-rana.
-Miren hacia aquellos montes, dijo y me pasó sus modernos binoculares de visión nocturna.
Enfoqué hacia donde señalaba el teniente y vi claramente la silueta de una casa que se levantaba en un pequeño terreno y, a la entrada de ese solar, lo que parecía ser un punto de luz brillando tenue en la empalizada.
El coronel Cohen tomo los infrarrojos y confirmó que efectivamente se trataba de una casa y lo que brillaba débilmente en lo que parecía ser la entrada, era un farol.
Con el coronel volvimos a nuestros vehículos y la caravana, todavía cubierta por los restos de la noche, se puso en marcha poniendo proa hacia el farol.
O’ Brian y Collins continuaban oteando en todas direcciones en busca de señales de otros vehículos que pudieran estar apostados esperándonos, pero no parecía haber peligro. A lo lejos, la silueta del rancho se nos acercaba con cada paso. El sol empezaba a salir cuando pasamos la empalizada del rancho.
Como fantasmas invisibles, finalmente, habíamos llegado a nuestro destino.
(Continuará)