Al principio pareció no entender lo que el teléfono le contaba desde el otro lado del Atlántico. La voz del interlocutor le resultaba familiar, pero el mensaje parecía no tener ni pies ni cabeza: ¿Que alguien había entrado en la mansión? ¿Qué habían asesinado a los siete huéspedes de la casona?. Y lo más terrible: ¿Que Reginald, el presunto mayordomo, había caído acribillado en la balacera?
El cardenal primado de la ciudad de Nueva York, Sean Mulligan, o Cian Flanagan en la realidad, estaba consternado, casi paralizado por un sentimiento que hacia mucho, muchísimo tiempo no sentía: miedo. Un terrenal y básico pánico. ¿Habían dado con su escondite finalmente o se debía a un error típico de la policía?
La noticia, de ser verdad, ameritaba un pronto regreso a su diócesis, cuando solo le restaba en su agenda vaticana una entrevista clave con uno de los mas influyentes cardenales de la todopoderosa Curia Romana. Un clérigo que serviría como “puerta de entrada” al cardenal irlandés en el circulo de las decisiones más criticas de la Santa Sede. Pero primero había que tomar contacto con su eminencia y el próximo avión de Fiumicino a Kennedy partía en menos de dos horas, y el siguiente lo haría recién en 36.
El irlandés no tuvo más remedio que postergar su entrevista con el influyente purpurado romano sin siquiera imaginar lo que le esperaba en la Gran Manzana.
Prontamente se dirigió al aeropuerto, pasó por el “check in” como en una contrarreloj y ocupó el asiento en primera clase que le tenían reservado en razón de su investidura.
Antes de embarcar intentó llamar a alguno de sus lugartenientes para encomendarle una consulta con sus abogados, pero fue inútil:
La lista de esbirros y obsecuentes varios se había achicado drásticamente debido, en parte, a la certera puntería de los agentes del SWAT, pero también, en parte, gracias a una oportuna granada de mano que lanzó Collins en medio de la refriega aniquilando a tres tiradores que se habían parapetado en la planta alta de la mansión.
Al prelado no le quedaba otro recurso que esperar a pisar suelo neoyorquino para consultar personalmente a sus letrados. Pero no todo era intranquilidad o nerviosismo para el experto criminal. En sus elucubraciones había encontrado consuelo en su presunto anonimato en relación con esa casona.
Nada había en ella que lo comprometiera personalmente. Con la autoconfianza que da la impunidad, el cardenal se veía a sí mismo corriendo una maratón a un par de saltos por delante de sus persecutores y estaba decidido a trabajar muy duro para que esa ventaja continuara en pie.
Arropado por esas especulaciones pletóricas de optimismo triunfalista, el sueño lo derribó como si hubiera sufrido un certero “knock out” en el décimo round de un campeonato mundial de los pesos pesados en el Madison.
Lo que ignoraba el cardenal era que sus rivales en la maratón, o en el ring, venían entrenando desde hacia mucho tiempo y se aprestaban a acelerar la carrera cuando llegara el momento del “spring”, la explosión de energía final que conduce a la meta.
Ciudad de Nueva York, cuartel general de los US Marshalls, oficina del teniente John Valdez.
El sargento Collins revisaba y clasificaba los documentos que había incautado de un cajón en un estudio de la mansión de Staten Island, que los indicios señalaban como la sede de la logia satánica que presidía “el Amo”, un “alter ego” del cardenal Mulligan-Flanagan.
Se trataba de una pila de papeles que parecían no tener sentido alguno.
Valdez preguntó a su ayudante:
-¿Hay algo que realmente valga la pena Stevie?
Collins levantó la vista hacia su jefe y le pasó el parte:
-Nada.
-Bueno, veo que estamos optimistas. ¿No? Ahora resulta que los siete rufianes que bajamos en la casona no eran rufianes sino “sommeliers” catando bebidas en un exclusivo club social.
-Discúlpeme jefe, estaba exagerando, en realidad encontré un documento que puede interesarle.
-¿Y de qué se trata ese documento?
-Es un recibo de impuestos de la casa. Aparece como propietario un tal Reginald C Stone. Investigué el nombre ¿Y adivine de quién se trata?
-Ya leí los informes preliminares del forense, algo que deberías hacer más a menudo. Reginald Christian Stone es el viejito amable que nos abrió la puerta de la casona y que lo cosieron a balazos los tiradores del otro lado. No creo que él haya sido el verdadero propietario de la vivienda. Hay que averiguar cuándo la compró, cómo la pagó. No daba el perfil de un viejo ricachón. Me huele más a un “hombre de paja”, un testaferro, que a un italoamericano millonario en decadencia.
-Un testaferro. Alguien que firma en lugar de otro generalmente más poderoso y más rico que busca no figurar.
-Así es. Elemental mi querido Collins. En un rato aparecerán nuestros nuevos amigos israelíes y probablemente venga el fiscal Benjamin. Tenemos que ponernos a trabajar duro en la planificación del viaje a Utah para encontrar la pista de Esperanza y “Los papeles de Norman” antes de que lo haga nuestro amigo, el cardenal que tiene dos nombres.
-Pero si todavía sigue en el Vaticano, tardará mucho en volver, dijo Collins.
-Sean Mulligan acaba de salir del aeropuerto internacional de Fiumicino en Roma con destino al aeropuerto JF Kennedy, calculo que llegara en las próximas horas.
-¿Cómo lo supo, teniente?
-Tengo un amigo, Gianni PIccolli, que es detective senior en la Policía Federal de Roma. Le pedí el gran favor que controlara la salida del país de un cardenal de apellido Mulligan y así fue que me confirmó que nuestro amigo abordó esta mañana el vuelo 3657 de Pan American con destino a Nueva York y que llegará hoy por la noche.
-Dígame una cosa teniente: ¿Cómo hace para tener amigos en todo el mundo?
-Es que soy simpático e irresistible por naturaleza, dijo, y Collins largó una carcajada.
-En realidad nos conocimos en Buenos Aires en los 60s...
-No me diga ¿en el curso para aspirantes a detectives...?
-¡Muy bien Steve! ¡Eso es tener memoria! Recuerdo que con Gianni salíamos todas las noches a las “milongas”, los “cabarets” de tango de la ciudad, aprovechando que él hablaba italiano, lo que facilitaba mucho las cosas especialmente con las “porteñas” que sueles ser, en un 80 por ciento, descendientes de italianos.
-¿Quiénes son esas “porteñas”?
-Las mujeres nacidas en la ciudad de Buenos Aires, la capital de Argentina. Para algunos, las hembras más lindas del mundo.
-¿Y por qué las llaman “porteñas”?
-Es una larga historia, un día de estos te la cuento. Me avisaron que ya llegó el Mossad.
La puerta se abrió, y entró el coronel Shimon Cohen seguido de sus dos adláteres. Dos personajes silenciosos que observaban todo con mirada de rayos X y que parecían estar preparados para desenfundar sus pistolas y disparar certeramente en cuestión de segundos.
El militar se veía serio y reconcentrado, como si hubiera sido recientemente anoticiado de un problema critico, de una mala noticia que no mostraba solución inmediata. Si ese día se despertó optimista y con esperanzas, algo lo había hecho cambiar de semblante radicalmente.
Cohen comandaba ese pequeño grupo perteneciente a una de las más legendarias unidades del Mossad: el Kidon, que en hebreo significa “bayoneta”.
Bayoneta: el arma que se usa cuando ya no queda otra opción para sobrevivir. Un arma cuyo inexorable destino es matar o morir.
Estos hombres cargaban sobre sus espaldas un profuso historial de increíbles y exitosas operaciones de aniquilamiento personal que les habían valido una mezcla de admiración, respeto pero, por sobre todo, un especial temor reverencial de todo un planeta.
Cohen le había dejado claro a Valdez que su misión no tenía entre sus objetivos primordiales la detención del cardenal irlandés, ese gol se lo cedía a los US Marshalls a quienes incluso el Mossad le prestaría colaboración para su detención. El principal objetivo de los israelíes era recuperar para su país los llamados “Papeles de Norman” y poder solicitar luego la extradición del prelado a Israel para su juzgamiento y posterior condena a muerte.
Esos papeles probaban la participación del cardenal en una red de “trata” de menores, pedofilia, sometimiento a la esclavitud y servidumbre de menores de edad, violaciones, abuso sexual y asesinato de cientos de niños de origen israelí.
Esos papeles eran el fruto del intenso trabajo del pianista Norman Blake, quien en realidad revistaba en la nomina de espías del Mossad bajo el nombre de guerra de “Beni”.
Cohen y sus “katsas”, como se les llama a los agentes de campo del Mossad, tomaron asientos y aceptaron sendas tazas de café que Collins les ofreció tan amable como silencioso.
Valdez miró a Cohen y fue directo al nudo pero sin perder ni calidez ni amabilidad:
-¿Puedo preguntarle qué le ocurre, coronel? y esperó unos segundos tras lo cual aclaró:
-Si quiere respóndame, de lo contrario –dijo mirándome- puede hacer como se hace con los periodistas incómodos y diga simplemente “sin comentarios”.
Cohen se acomodó en la silla y adoptando ese tono entre paternal y confesional que lo caracterizaba, miró al teniente y fue también directo al grano del problema.
-Algo extraño ha ocurrido en la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y no han sabido darme una respuesta, creo que ellos están tan sorprendidos como yo.
Valdez se sirvió otra taza de café, aunque creo que, si hubiera podido, se habría servido un doble vaso de whiskey. El marshall miró al coronel como esperando una continuación del relato. El rostro del dominicano parecía gritar: “¡y...! ¿qué más?.
Cohen inhaló como si buscara recuperar con el aire nuevo nueva vida y continuó:
-Antes de venir aquí fuimos a la NSA con un permiso oficial para recuperar el arma que ustedes encontraron en el apartamento de Norman Blake y que ellos archivaron.
-¿Usted se refiere a la Beretta M71?, preguntó Valdez.
-La misma. Llevábamos una autorización federal para recuperar un arma que legítimamente le pertenece al Mossad por la muerte de su poseedor, no hubo problemas a lo largo del tramite. Usted sabe...Estados Unidos e Israel...
-Sí, lo sé coronel, Estados Unidos fue el primer país en reconocer el Estado de Israel en mayo de 1948, tan solo 11 minutos después de que Israel se declarara una nación independiente.
-Exacto. Los agentes de la NSA estuvieron muy amables con nosotros, pero el problema apareció después.
-¿Qué ocurrió coronel?
-Fuimos hasta unas bóvedas donde la Agencia archiva material y documentos. Son enormes cajas de seguridad con cerraduras con combinaciones imposibles de descifrar y puertas imposibles de violar. Ni siquiera el más experto de los expertos puede abrirlas sin que salten todas las alarmas.
Los encargados de ese gigantesco archivo son los mejores y más revisados agentes de la Agencia. El mismísimo Houdini podría llegar a abrir alguna puerta de ese armario, pero ni siquiera el ‘rey del escapismo” podría salir con vida de esa estancia y mucho menos del edificio o del complejo donde está la NSA.
Valdez lo miró como si hubiera leído su impenetrable mente de espía y preguntó a quemarropa:
-¿La pistola?
- ¡Había desaparecido como por arte de magia!. Los agentes no daban crédito a lo que sus ojos estaban viendo: ¡La pistola ya no estaba ahí, se había evaporado inexplicablemente!
-¿Consultaron el registro de aperturas de la caja fuerte a ver cuando la habían visto por ultima vez?, preguntó Valdez.
-Fue lo primero que hicieron. El registro marcaba que la caja fuerte había sido abierta por ultima vez hoy por la mañana, una hora antes de nuestra llegada. Constaba que el arma estaba en su sitio como lo había estado desde el principio. Y estaba asentada la hora de cierre de la bóveda.
Valdez se quedó pensativo y arrimó una duda:
-¿No pudo haber alguien en este momento, del mismo personal de la Agencia, que la haya sustraído en medio del protocolo?
-El procedimiento de seguridad requiere que tres oficiales de la NSA con autorización de nivel 1 cierren la bóveda y rueden la combinación sin abandonar el lugar ni quedar un segundo solos allí. Lo mismo ocurre cuando cierran la primera puerta y lo mismo cuando cierran la segunda.
-Todo este protocolo había sido completado unos minutos antes de que nosotros llegáramos al lugar. La cosa se pone mas difícil para elucidar si uno tiene en cuenta que no se trata de la pistola de George Washington o de la que mató a Lincoln, sino de un arma que se consigue en cualquier armería por menos de 500 dólares. Ni siquiera es la pistola de un líder histórico como pueden ser el presidente David Ben Gurion o el comandante Moshe Dayan. Es una pistola estándar que solo tiene valor para quien se la entregó a Norman Blake.
-O sea usted, apuntó Valdez.
-O sea yo, respondió el coronel sabiéndose tocado por el dominicano en sus sentimientos.
Valdez puso a trabajar su cerebro en modo detective y entonces le ordenó a Collins:
-Steve, llama a nuestros informantes de las armerías. Sospecho que cuando el que la robó, si es que existe alguien que haya podido robarla, se dé cuenta que no se robó el arma personal de Mussolini, intente deshacerse de ella en alguna armería de mala muerte donde le paguen una miseria que le alcance, con suerte, para un par de cervezas. Mantenme informado por favor.
El coronel miró al teniente y le preguntó:
-Me siento estúpido preguntándole a un detective de su talla cómo se dio cuenta de que yo se la entregué.
-La pista me la dio su forma afectuosa de pronunciar el nombre “Beni” cuando le pregunte si Norman había pertenecido al Mossad. Pronunció ese tierno sobrenombre como un padre que habla de su hijo.
El coronel pareció buscar sacarse de encima el peso de miles de penitencias y culpas sin resolver y tan última como en una exhalación confesó:
-Lo era. Norman era mi hijo.
Valdez sintió como si un Cadillac le hubiera caído desde el cielo sobre su humanidad y pareció perdido en la búsqueda de las preguntas. Por eso, solo miró al desarmado coronel y susurró como si estuviera a punto de llorar:
-Continúe por favor coronel.
-Yo había conocido a su madre, una hija de padres judíos, en un refugio en Alemania hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial. Vivimos una historia de amor de película entre las ruinas de los bombardeos aliados y luego vino a vivir conmigo en un apartamento que alquilé al oeste de Berlín. Para 1948 ya estábamos en Israel cuando se declaró la independencia y empezaron los rumores de guerra con los países árabes que se oponían al establecimiento del nuevo estado. Y entonces me dijo que estaba embarazada y que había decidido emigrar a los Estados Unidos para no criar a su hijo entre más bombas y más fuego de artillería.
-¿Y usted qué hizo entonces?
-El 13 de diciembre del 49 se creó el Mossad y yo ingresé como un agente raso. Mi esposa me anunció entonces que viajaba a América, concretamente a New Jersey, donde vivía una prima suya.
-¿Y usted qué hizo, coronel?
-¡La dejé ir...! No quería atarla a mi destino y a mi suerte. Luego me enteré de que decidió fingir que era católica para evitarle problemas a su hijo, un varón al que llamó Norman y a quien inscribió en una escuela católica donde empezó a recibir lecciones de piano. Ahí fue cuando su madre cambio su apellido de Cohen a Blake, en honor al poeta ingles William Blake a quien ella admiraba desde pequeña.
Valdez observaba al coronel Cohen contar su historia mientras al mismo tiempo reconstruía esa misma historia en su mente con la información que contaba.
El coronel continuaba con su relato como en una letanía:
-Años después me llegó un telegrama de los Estados Unidos. Lo enviaba Norman, quien por primera vez en su vida se conectaba conmigo.
En ese cable me comunicaba que su madre había muerto. Un gran pedazo de mi vida desapareció en un instante, un instante que duraría para toda mi vida.
El telegrama venía con la dirección de Norman y después me enteraría que, en su lecho de muerte, su madre le había dado mis coordenadas para que se comunicara conmigo en caso de su muerte. Ella quería que yo cuidara de él.
-Me imagino que tomo el primer vuelo a América, dijo Valdez.
-Me embarqué ese mismo día. Pedí permiso al Mossad y partí hacia Nueva Jersey.
-¿Qué edad tendría Norman cuando usted se encontró con él?, preguntó Valdez.
-No recuerdo con exactitud, pero era muy joven, andaría por sus veintes y ya era un respetado joven pianista en el ambiente del jazz de Nueva York. Su madre lo había inscripto en la celebre escuela Julliard de música donde se había destacado como un alumno brillante.
-¿Cómo hicieron para armar esa nueva relación padre-hijo?, pregunté.
-Afortunadamente su madre lo crio contándole historias mías que me tenían como una especie de héroe, hablándole bien de mí y evitando los malos recuerdos o los malos sentimientos provenientes de la Segunda Guerra. Eso hizo que nos uniéramos profundamente.
-¿Y como vino lo del reclutamiento en el Mossad?
-Pasaron algunos años y un dia que coincidimos en Europa. Él estaba allí porque tenía que tocar en algunos clubes de jazz de Paris y yo porque estaba en una misión de rutina del Mossad. En esa ocasión Norman me comentó de algunos casos de niños de Nueva Jersey que habían desaparecido de sus hogares en los últimos años sin dejar rastro. Se trataba de niños pequeños, entre 4 y 6 años que tenían todos una cosa en común.
-Déjeme adivinar ¿Pertenecían todos a familias judías?
-Exactamente. Yo había tenido muchas charlas con Norman sobre el trabajo del Mossad, tratando de evitar el mero relato heroico sino ciñéndome a la cruda verdad. El había quedado impresionado con la llamada Operación Finale en Argentina...
-¿La extracción de Adolf Eichman?
-Efectivamente teniente. Yo había participado de esa operación y Norman estaba muy orgulloso así que él mismo sugirió que el Mossad podría investigar esas desapariciones de los niños y resolver el caso.
-¿Y usted qué le contestó?
-Que, independiente de las operaciones de eliminación selectiva que hacia el Mossad, nosotros no podíamos intervenir en los Estados Unidos y entonces fue cuando el sugirió: Entonces déjenme que yo investigue y los mantendré informados.
-¿Se reclutó a sí mismo?
-Así fue. Se mudó a Israel, a un departamento que yo tenía en Jerusalem y, con la autorización del gobierno israelí, comenzó a recibir entrenamiento en el Mossad, en todos los campos que el servicio de inteligencia maneja. Desde manejo de armas, explosivos y artes marciales de defensa. Y tal como lo había hecho en la escuela Julliard, se convirtió en un sobresaliente “katsa”.
Valdez miró al coronel quien rebasaba de orgullo de padre. El militar, el espía, el guerrero de incontables batallas se veía ahora tan vulnerable como un padre que acaba de ver a su hijo de seis años recibir un premio en la escuela.
-¿Ahí le dio usted la pistola?
-No, se la di cuando nos despedimos en su apartamento de Nueva York. Era una Beretta M71 que me pertenecía, propia de un agente del Mossad. Sellamos nuestro amor con un fuerte abrazo y nos separamos, aunque durante su investigación estuvimos siempre en contacto.
-¿No volvió a verlo?
-Teniente, los hombres y mujeres del Mossad vivimos en las sombras, sin nombres, sin rostros, sin identidades, sin afectos primarios. Teníamos esporádicos contactos encubiertos y a distancia pero nada más. Sabia de los resultados de su investigación por el Mossad pero jamás porque habláramos de ello.
-¿Cuándo volvió a verlo?
El coronel respiró profundamente y como en una oración, una plegaria, pareció susurrarle al policía:
-Recién volví a verlo cuando su cuerpo yacía frío en una camilla de la morgue de Nueva York, ahí me despedí de él y otro fragmento de mi vida dejó este mundo.
-Es increíble, pero jamás supimos que alguien haya entrado a la Morgue de Nueva York para visitar el cadáver de una victima de homicidio, nos hubiéramos enterado de inmediato.
-Teniente, usted sabe muy bien que si algo sabemos es cómo movernos en los entresijos sin que se note nuestra presencia.
-Es verdad, coronel, ahora tenemos que honrar la investigación de su hijo, y hacer que su asesino pague por su muerte, dijo Valdez con emoción y el coronel le tendió su mano en agradecimiento mientras decía:
-Empecemos teniente, sé que su espíritu nos acompañará a lo largo de nuestra lucha.
Tres golpes llamaron a la puerta y, al abrir, allí estaba el flamante fiscal especial federal Clarence Benjamin.
-Decime que hay buenas noticias, dijo el teniente a su amigo.
-La NSA me envió un requerimiento de investigación por la desaparición de una pistola calibre 22. ¿Saben algo ustedes?
Todos nos miramos, lanzamos una carcajada, y hasta los tipos serios del Mossad se rieron.
(Continuará)