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Encuéntrame en tus sueños (56ta parte. 2. El sueño del monstruo)

Los macabros pasos finales del cardenal en la historia de Encuéntrame en tus Sueños

Martes, 24 de febrero de 2026 a las 09:24
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Preguntas (del cuaderno de notas del narrador)

¿Sueña el malvado? ¿Qué clase de sueños soñará el sádico, el pervertidor, el asesino de niños? ¿Suele tener pesadillas o solamente livianos sueños donde lo único que ocurre en ellos es la glorificación de su ego tan grande como un planeta

Alguien podría decirme que las pesadillas se asientan en la culpa y que el malvado y monstruoso traficante de almas inocentes, probablemente carezca de ese sentimiento, como también carece de empatía, como buen sociópata.

Pero las pesadillas también vienen del miedo y no creo que ese engendro criminal no tenga miedo, en todo caso lo disimulará muy bien. 

Algo me dice que, por primera vez en su salvaje y violenta vida, el Todopoderoso tiene miedo. ¿Miedo a qué? A perder su inconmensurable poder por culpa de un pianista de jazz y una niñita de ocho años.

Recamara del cardenal en la catedral de San Patricio, Quinta Avenida Este.

Por primera vez, el cardenal había logrado conciliar el sueño.

No había “pegado un ojo” desde aquella redada en su mansión de Staten Island, que terminó con siete muertos, incluyendo al mayordomo, todos “amigos de la casa” y de su anfitrión, el cual milagrosamente para él se encontraba en ese momento a bordo de un avión que lo traía desde el Vaticano. 

Esa noche, y gracias a alguna sustancia, tan ilegal como impropia de un clérigo de su nivel, el cardenal Sean Mulligan, Cian Flanagan en la vida real, se encontraba en alguna de las fases del sueño que conducen, tan veloz como un “tren-bala” japonés, a lo más profundo del inconsciente.

Había tenido un día agotador y sumamente estresante.

Presentía, no sin razón, que el teniente John Valdez, a quien, tiempo atrás y fallidamente, el prelado había intentado asesinar con una poderosa carga explosiva colocada en su automóvil, ahora le pisaba los talones.

Había intentado por todos los medios sacar del camino al fiscal federal Clarence Benjamin, recurriendo a los más abyectos recursos que un cardenal de la Iglesia Católica Apostólica Romana tiene en su arsenal, pero todo esto no había dado resultado y Clarence estaba tan firme en su lugar como lo está la Estatua de la Libertad en su pedestal.

Había enviado dos sicarios a asesinar a un “pobre diablo” de la calaña de Johnny Ray, tan solo para saber si él tenia en su poder la información del domicilio de la paqueña Esperanza y su madre, de las cuales sospechaba, tenían en su poder los “Papeles de Norman”, pero ese asesinato, visto por numerosos testigos del barrio, solo sirvió para obtener fragmentos de la información total. Un rompecabezas al que le faltaban las piezas más importantes.

El cardenal contaba con una pequeña cama en su estudio de trabajo en San Patricio. Raramente la usaba ya que en general ocupaba las noches en dedicarse a su iglesia paralela, la secta satánica de Staten Island, desactivada por la policía, los marshalls, más todas las agencias de seguridad federales que habían intervenido en aquella redada histórica.

Esa noche se derrumbó sobre el camastro y no tardó en ingresar en las distintas fases del sueño sumergiéndose en su propio y tortuoso inconsciente.

El cardenal no gozaba, precisamente, de un dormir tranquilo. Se revolvía en su cama como un animal atrapado en medio de una pesadilla. Movía sus brazos en un gesto absolutamente defensivo, como si estuviera apartando de sí a enemigos que lo estaban atacando. Su rostro también mostraba dolor y miedo a la vez. ¿Miedo a qué?

De pronto, en medio de su batalla onírica contra sus propios monstruos, bañado en un sudor frío que tanto mojaba sábanas como cobijas, el cardenal abrió los ojos casi desorbitados y profirió un grito desesperado como si fuera su vida la que se le escapaba de pronto de las manos.

De un salto se sentó en el lecho respirando con dificultad y tratando de tranquilizarse. Al oír sus gritos, uno de los mayordomos de la catedral llegó hasta él para asistirlo:

-Su Eminencia ¿Se encuentra Usted bien? ¿Quiere que busca al médico?

El cardenal hizo un gesto con su mano como si apartara a otro de los monstruos y con un hilo de voz alcanzó a decir:

-Lo vi...lo vi....parado frente a mí dispuesto a matarme y yo absolutamente indefenso...lo vi...

-¿A quién vio, Eminencia?, preguntó el mayordomo.

-A mi pasado pero también mi futuro. Vi al que trae consigo mi propia muerte, el ángel vengador, sentenció el prelado, volviendo a recostarse y dispensando al mayordomo para quedarse solo en su estudio.

Un par de horas después, el criado volvió al despacho del cardenal. Lo seguía de cerca un hombre de confianza del prelado.

-¿Tienes novedades para mí?, preguntó el cardenal sin dejar de leer los papeles de su escritorio.

-Tengo algo que usted está buscando con ahínco.

El cardenal dejó los papeles sobre su escritorio, se sacó los lentes y mirándolo fijamente le dijo:

-No digas nada, estas paredes suelen oír. Y seguidamente le pasó una hoja de papel y una lapicera haciéndole una señal para que escriba.

El hombre escribió su mensaje y se lo volvió a pasar al cardenal. Este lo leyó y su rostro, antes atormentado por las pesadillas, pareció encenderse.

El mensaje revelaba la ubicación del rancho “Dos Coyotes” con bastante precisión. Era fruto del trabajo de varios meses de los espías que el cardenal había enviado a Utah.

El prelado sentía de nuevo el poder, el poder que hace la diferencia entre la vida y la muerte, sentía otra vez el embriagante elixir de la impunidad.

Despidió al esbirro y se quedó pensando en lo que vendría. 

No seria la primera vez que asesinaría a una niña.

(Continuará)

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