¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Lunes 09 de Febrero, Neuquén, Argentina
Logo Am2022
PUBLICIDAD

Encuéntrame en tus sueños (55ta parte. Las puertas del Infierno.I)

La historia llega a su final en el contexto del rancho "Los dos coyotes", en el vasto territorio de Utha.

Lunes, 09 de febrero de 2026 a las 09:26
PUBLICIDAD

Finalmente, el sol había coronado su trono en el firmamento, tras sortear las cimas nevadas de las montañas que se erguían por detrás de la casa de Esperanza, el casco del rancho “Dos Coyotes”. 

Las puertas y ventanas de la vivienda parecían selladas. Todo era silencio a nuestro alrededor. Por un momento pensamos que quizás las mujeres no estaban en casa. De ser así teníamos un problema, porque, por cuestiones de seguridad, ignorábamos cuando regresarían, lo cual nos obligaba a acampar allí, y esperar su regreso, mientras reformulábamos nuestras estrategias con el riesgo de cancelar la operación.

Rosalyn, la única del grupo que había tenido un real contacto telefónico con Esperanza, había evitado hablar con ella de coordenadas, horarios, accidentes geográficos y movimientos de la familia, basándose en una estricta cuestión de seguridad.

No obstante, la Dama del Oldsmobile igual se aproximó a la cerca que separaba la vivienda del resto del terreno con la intención de anunciar nuestra presencia.

La acompañaba el teniente Valdez, quien, para ahorrarle el trabajo a su prometida, aplaudió tres veces a la vieja usanza de la gente de campo, pero nada ocurrió. 

La casa seguía pareciendo desierta, pero pronto entendimos que ese vacío que imaginábamos no era tal y eso se confirmó cuando la puerta se abrió muy lentamente.

Fueron escasos centímetros, los suficientes como para que, por ese escueto espacio entre la puerta y su marco, se asomara el cañón de un rifle. Parecía un viejo rifle a repetición, quizás un Winchester o tal vez un Henry, el cual apuntaba directamente a la cabeza del teniente Valdez. Fue entonces cuando se escuchó la aguda voz de Esperanza gritando desde el interior:

Digannos el código de seguridad o empezaremos a disparar! ¡Estamos armadas y no dudaremos en dispararles si no nos dan el código!.

Todos nos miramos estupefactos. Que nos pidieran una contraseña para franquearnos la entrada era entendible, pero que dos mujeres y una niña, armadas solo con un par de rifles de pólvora negra de la Guerra Civil, amenazaran con empezar a disparar contra una veintena de entrenados alguaciles federales con rifles M16, más media docena de agentes del Mossad, veteranos de la Guerra de Iom Kipur, con sus fusiles Galil y ametralladoras Uzi y comandados por un veterano de la Guerra de los Seis Días, sinceramente nos hizo mucha gracia y hasta más de uno soltó una carcajada.

-¿Cuál código, Esperanza?, suplicó Rosalyn y la niña respondió:

Si eres Rosalyn sabrás muy bien de qué estoy hablando!, respondió la niña ahuecando la voz para sonar adulta aunque sin mucho éxito.

Rosalyn trató de tranquilizarse, contó hasta diez, respiró hondo y comenzó a repasar en su memoria, a la velocidad de la luz, las veces en que Norman Blake podría haber mencionado alguna clave o contraseña para la seguridad de sus papeles. En eso estaba cuando la lámpara que suele iluminar todas las buenas ideas se encendió en la mente de la enigmática mesera del “Derby’s” que de inmediato lanzó el alarido:

- ¡¡6...3...5...!! ¡Sí...sí...! ¡635!, gritó Rosalyn con todas sus fuerzas.

Pero dentro de la casa, todo era silencio, y eso no nos gustaba. Afuera, las risas se habían disipado cuando todos tomamos conciencia de la real posibilidad de un enfrentamiento armado entre una veintena de efectivos militares y policiales altamente entrenados y dos mujeres y una niña envalentonadas.

Atento a esa posibilidad, el jefe de los marshalls, un sargento de apellido Burke, con amplia experiencia de combate en Vietnam, dio la orden a sus hombres de preparar las pistolas lanzagranadas con proyectiles de gas lacrimógeno, para así asaltar la vivienda y desarmar a las mujeres. 
Ellas podían delirar todo lo que quisieran con su guerra despareja, pero los expertos alguaciles y especialmente el Mossad no lo permitirían, por lo que preferían hacerlas salir de la casa llorando a mares por el gas de las granadas, pero vivas.

- ¡¡635...!!, volvió a gritar Rosalyn, aún más fuerte.

Hubo un breve espacio de silencio y entonces la puerta se abrió totalmente y Esperanza, precedida por su madre y Amanda, salió de la casa lentamente. 
Ambas mujeres traían en sus manos los rifles de museo, que dejaron apoyados en el frente de la casa, y miraron a los visitantes en una actitud clara de bienvenida.

-¡Disculpen el momento, pero teníamos que asegurarnos que eran efectivamente ustedes!, dijo Amanda, la dueña de casa. Esperanza de inmediato corrió a abrazar a Rosalyn, quien le correspondió emocionada mientras el teniente Valdez le preguntaba:

-¿Se puede saber, Rose, de dónde salió ese bendito código?

-De milagro recordé que una vez Norman me había dicho que seria bueno que tengamos alguna contraseña personal para nosotros, por si acaso alguna vez la necesitáramos y, como él adoraba mi Oldsmobile, sugirió que la clave fuera los tres últimos números de la patente: “6, 3, 5”, dijo Rosalyn con Esperanza colgada de su cuello. 

Fue entonces cuando la niña agregó:

-Esos números están escritos en el paquete que me dio Norman con una orden que dice: “...no le abras la puerta a nadie ni le hables de estos papeles si no sabe este código: 635, aunque diga que es Rosalyn”.

El coronel sonrió ante la inteligente precaución criptográfica de Norman y, en su sonrisa, se podía leer la satisfacción de un padre orgulloso.

Las mujeres nos invitaron a pasar a la casa. Rosalyn aceptó de buen grado, pero el teniente Valdez prefirió supervisar el ocultamiento de los vehículos y estudiar las mejores posiciones en caso de que haya que enfrentar, no a dos mujeres con viejos fusiles, sino a algún pequeño ejercito del cardenal.

Amanda invitó a Valdez a usar el viejo establo, una centenaria construcción de madera de considerable tamaño, otrora alojamiento de caballos y, desde hace no mucho, un espacio vacío ideal para ubicar los jeeps y las furgonetas, lejos de la mirada de intrusos indeseables.

Mientras esto ocurría, noté que faltaban tres agentes del Mossad, y le comenté el hecho al teniente Valdez, quien no tardó en preguntarle al coronel por el destino de sus hombres.

El veterano oficial señaló hacia la empalizada donde se encontraba el farol de kerosene que nos había guiado hacia el rancho.

-Allí están, dijo el militar, y nos pasó sus binoculares.

Así fue que pudimos ver a los tres agentes israelíes que parecían estar cavando en la árida tierra del desierto y enterrando dispositivos que traían en sendos bolsos.

-¿Qué están haciendo sus hombres ahí, coronel?, le preguntó Valdez. El veterano militar fue más que claro: 

-Supongo que, en cualquier momento, vamos a tener visitas y no tengo dudas de que, de ser así, entrarán por el mismo lugar por donde entramos nosotros y, al no ver nuestros vehículos, confiados en que solo se trata de una niña y dos mujeres, se aproximarán al rancho tranquilamente por el mismo camino sin siquiera imaginar lo que les espera. 

Valdez lo miró con una sonrisa y dirigiéndose hacia mí me explicó:

-¿Entiende lo que está pasando? ¡Están minando todo el acceso al casco del rancho!. Los intrusos no tienen otra opción que usar el camino por el que nosotros entramos. Ese camino es el único posible para llegar a la casa: No pueden ingresar por detrás debido a la empinada montaña, lo cual los convertiría en un fácil blanco para nosotros. Tampoco pueden entrar por el este, ya que deberían arriesgarse a cruzar el caudaloso rio y en esta temporada resulta muy peligroso. Y por el oeste, directamente no hay caminos, solo gigantescas rocas y “saguaros”.

Lo miré con mi mejor cara de “¿qué es eso?”.

-¡Los típicos cactus que se ven por toda Arizona, esos que parecen figuras humanas con los dos brazos en alto! ¿Nunca vio la serie de dibujos animados del correcaminos y el coyote?.

Sonreí con mi mejor cara de “¡Ahhh sí...!”. Todos los días se aprende algo nuevo, pensé.

Valdez quedó preocupado por el hecho de que el único acceso al casco del rancho estuviera minado, lo cual lo convertía en una trampa mortal, incluso para las residentes de la casa, y se lo hizo saber al coronel, pero éste se encargó de aclararle las dudas:

-Son minas con detonadores remotos de radio frecuencia. Puede pasarles por encima todo un ejército con sus tanques de guerra pero no estallarían a menos que las accionemos con los transmisores especiales que están en nuestro poder. En esta parte de la historia, el gatillo lo tenemos nosotros.

Valdez quedó más que conforme con la explicación del coronel, y enfiló para el establo para constatar que todo estuviera en orden.

Al caminar hacia ese depósito, vi que dos de los hombres del Mossad habían trepado al techo de la casa donde estaban instalando sus “nidos” de francotiradores con sus correspondientes fusiles calibre 50. 

En otros puntos que rodeaban la casa, los marshalls a cargo del sargento Burke, hacían lo propio, cavando trincheras, en donde ocultarse a la vista de los posibles invasores. 

Dos de esas trincheras alojaban ametralladoras M2 Browning, montadas sobre sus correspondientes trípodes y camufladas con ramas y arbustos. Cargadas con “magazines” repletos de municiones también de calibre 50, sus miras cubrían todo el terreno abierto frente a la casa. 

En un par de horas más, sin que otros pudieran verlo, todo el grupo estaría en condiciones de cumplir con su misión de proteger la casa y sus moradoras, rechazando cualquier intento de invasión, copamiento o mero ataque.

Valdez me tomó entonces del brazo y llevándome hacia la casa me dijo:

-Vamos a la casa, señor periodista, que el aroma que viene de la cocina me está atrayendo como el fuego a la mariposa.

Y era cierto, del interior de la casa emanaban aromas irresistibles como el pan tostado, un burbujeante café, jamón, tocino y chorizo saltados en la sartén , lo que se correspondía con todo el hambre que la adrenalina nos había sembrado en el largo viaje desde Nueva York.

El resto de los efectivos había traído sus raciones y habían comenzado a comer mientras seguían trabajando.

Imaginé que el siguiente paso bien podría ser la entrega de “Los Papeles de Norman”, tramite que le correspondía a Rosalyn por decisión del propio recolector de esos documentos.

Mientras los marshalls y los “katsas” seguían con sus tareas de fortificación del rancho, en la cocina, en derredor de la amplia mesa, Rosalyn, el teniente Valdez, el sargento Collins, el coronel Cohen del Mossad, mi amigo irlandés Joe O’Brian, acompañados por Amanda, María y Esperanza, y este periodista, terminábamos nuestro almuerzo más que satisfechos.

En medio de una pausa, Rosalyn miró a Esperanza y le dijo en tono cordial:

-Esperanza, creo que tienes algo para mí.

A la niña pareció iluminársele el rostro, mientras que de sus ojos saltaban pequeñas chispas. Se levantó de un salto y salió de la casa corriendo en dirección al establo. Sus pies se movían como si tuviesen alas y apuesto que su corazón latía como un tambor.

-¿Por qué va hacia el establo?, se preguntó Collins, a lo que Valdez conjeturó:

-Quizás lo ha ocultado por ahí, no me sorprende siendo una niña tan inteligente.

Y el coronel apuntó:

-A todos los niños les encanta cavar pequeños refugios y esconder cosas por todas partes. Seguro que los escondió por algún lugar del establo donde nadie los buscaría.

Valdez miró a Collins y le encomendó ir hasta el Jeep del teniente:

-Steve, creo que vamos a necesitar la maleta de titanio para guardar lo que traerá Esperanza. Traje una más pequeña que está en el compartimento de carga de mi Jeep ¿podrías traerla?

Collins partió raudamente hacia el establo donde el vehículo se encontraba estacionado.

Al aproximarse al establo, se cruzó con Esperanza, que traía, abrazado contra su pecho como si fuera un bebé recién nacido, un grueso paquete de papel de estraza. 

La pequeña se detuvo un instante frente a la puerta de la casa y seguidamente ingresó en la vivienda con paso ceremonial.

La niña se acercó a la mesa, que había sido despejada de tazas, platos y demás utensilios, y depositó el paquete con reverencia sobre la roja base de nogal, justo enfrente de Rosalyn que la miraba emocionada.

El circulo que Norman abrió aquella noche en la que fue asesinado en su propia casa, se estaba cerrando ahora en ese remoto rancho, casi perdido, en medio de la nada misma, del desierto en Utah. 

Cada uno de los allí presentes parecía estar cumpliendo una parte de algún misterioso destino:

Rosalyn, la Dama del Oldsmobile, la mujer que fue la mejor amiga de Norman, en su paso por esta tierra, recibía ahora el fruto de su larga investigación y nada menos que de manos de la mejor alumna que tuvo “El Fantasma”.

Esperanza; henchido su corazón por la satisfacción del deber cumplido a tan temprana edad.

El teniente Valdez; con inocultable orgullo, vislumbrando el fin de su pesquisa.

El coronel Shimon Cohen; reencontrándose con “Beni”, su mejor agente de campo y, a la vez, su amado hijo, revelado ahora como un héroe.

Y, finalmente, la emoción de quien esto escribe, cuando sentí, en la profundidad de mi ser, que debía saber qué le había ocurrido a aquel maravilloso pianista que una noche, en el club del “gordo” Sam, me había cautivado con su arte sin igual.
 
La escena se completó con la llegada del sargento Collins, quien portaba la maleta de titanio, algo más pequeña que la que contenía las pruebas aportadas por el difunto Carmel Flanagan. Tras recibir la maleta, el teniente Valdez la apoyó abierta sobre la mesa junto al sobre de papel de estraza.

Rosalyn le pidió a Esperanza que le alcanzara un cuchillo de hoja aserrada para abrir el paquete de Norman. Con la suma delicadeza que solo una mujer puede mostrar, introdujo la hoja de sierra por uno de los huecos del sobre y efectuó el corte prolijo que abrió el lado superior del paquete. 

Adentro había numerosas hojas impresas en papel carta que Rosalyn colocó delicadamente sobre la mesa.

Al hacerlo, no pudo evitar posar su vista en la primera de las hojas que oficiaba de portada del resto de las fojas.

Rosalyn pareció quedarse inmóvil mientras leía la primera de las hojas. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa, estupor y horror. Al llegar al final, las lágrimas brotaban de sus ojos como la lluvia en una tormenta. Dio vuelta la hoja hacia la izquierda dejándola sobre la mesa junto al resto del paquete, pero ahí fue cuando ella se encontró con una segunda hoja que leyó a pesar de las lagrimas que no cesaban de aflorar. Pero luego llegó una tercera; y luego, una cuarta; y luego, una quinta... y la lectura ya no pudo seguir porque el llanto pletórico de sollozos, desbordó con la fuerza de un huracán y la mujer, impotente y sin poder dejar de llorar, se fundió en un abrazo con su pareja, el teniente Valdez, quien vanamente intentaba darle consuelo.

Las hojas en cuestión eran listas con nombres. Nombres en hebreo. Nombres de niños de origen judío que suponíamos según las revelaciones de Carmel Flanagan, habían sido secuestrados, arrancados de sus hogares en Israel y en otros países con importantes poblaciones judías como Estados Unidos o Argentina, para ser vendidos luego a magnates pedófilos, generalmente pertenecientes a países enemigos de Israel. Depravados multimillonarios antisemitas que disfrutaban teniendo un pequeño esclavo judío a quien explotar, golpear, abusar y, especialmente, sodomizar.

El coronel Cohen tomó el paquete y continuó con la lectura que Rosalyn había iniciado y que no pudo continuar. 

Junto al nombre del niño, escrito en casilleros diseñados con la meticulosidad y prolijidad de un registro de la Santa Inquisición o del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, estaba escrita una fecha; en el siguiente casillero, una dirección postal; y en el siguiente, una segunda fecha y después, otra dirección postal, la cual por lo general identificaba la procedencia del cliente.

Ese dato era “maná del cielo” para los agentes del Mossad, expertos en eliminar criminales en cualquier punto del planeta, sin ser descubiertos.

Pero lo que más les llamó la atención al coronel y al teniente fue una tercera fecha, separada de la primera por cinco, seis y hasta diez años, que aparecía en muchos de los casilleros.

Fue entonces cuando Valdez recordó lo que le dijo Carmel en su lecho de muerte en la aldea irlandesa de Greenbrae ante su pregunta “¿Y qué pasa cuando el chico crece?”, a lo que el viejo sicario respondió con resignación: “Cuando los pequeños esclavos dejaban de ser niños para ser adolescentes, eran eliminados y luego reemplazados por otro niño de menor edad”. 

Esa tercera fecha era el frío monolito que marcaba la fecha de la eliminación.

Las listas con los nombres estaban escritas a máquina pero las fechas habían sido escritas de puño y letra por alguien que parecía ser un letrado, alguien instruido. Además, todas las escrituras a mano parecían pertenecer a la misma persona, lo que automáticamente hizo sospechar a Valdez que podría tratarse del mismísimo cardenal Mulligan-Flanagan o un colaborador muy cercano. 

Si esto era así, el fiscal federal especial Clarence Benjamin podría tener la mano ganadora, su “póker de ases”, que podría poner al sacerdote tras las rejas.

Los hombres del Mossad y los marshalls terminaron con su tarea de establecer las posiciones defensivas y ocultar los vehículos en el establo. El día terminaba sin sorpresas desagradables, lo cual no fue obstáculo para que el coronel Cohen enviara a uno de sus hombres al pueblo para hacer un relevamiento de la situación con respecto a la presencia de los “hombres extraños” a los que haba aludido Esperanza en su comunicación con Rosalyn.

El coronel eligió para esa tarea a un agente nacido y criado en los Estados Unidos e Israel. El joven hablaba hebreo a la perfección y su inglés americano era impecable, incluso con cierto acento rural típico del Medio Oeste que lo tornaban el campesino perfecto para camuflarse entre los montañeses que visitaban el poblado.

El espía se puso en marcha de inmediato en uno de los jeeps. La idea era que pasara la noche en el hotel del pueblo, en un cuarto con ventana a la calle desde el cual podría vigilar los movimientos de eventuales recién llegados. 

Las comunicaciones descansaban en un poderoso “walkie-talkie” de largo alcance que le permitiría hablar con el coronel. La conexión era posible debido a la no tan larga distancia que separaba el rancho del pueblo pero también a la pureza del aire del desierto, libre de contaminaciones, interferencias y ruidos molestos. 

El aparato de radio, similar a los usados por las tropas americanas en la Segunda Guerra Mundial, utilizaba una frecuencia militar encriptada desarrollada íntegramente en Israel, que hacía casi imposible interferirla por otros aparatos mas convencionales.

Caída la noche y después de una calórica cena preparada por Amanda con la colaboración de mi amigo irlandés, Joe O’Brian, todos nos fuimos a dormir.

Los marshalls y los del Mossad, en sus vehículos en el establo, el resto del grupo, incluido el coronel, nos repartimos entre los varios dormitorios del amplio rancho. Una discreta guardia se había dispuesto en varios puntos estratégicos que rodeaban la centenaria casa.

Mientras el sueño venía por mí no podía dejar de pensar en nuestro principal enemigo y única presa de nuestra infernal cacería. 

Me preguntaba si efectivamente era real toda esta situación que estábamos viviendo en Utah, preparándonos para recibir a una turba de sicarios seguidores de un cardenal de la Iglesia Católica que, hacía décadas, había traicionado su compromiso con Jesucristo para erigirse en un ángel de Satanás, un ángel caído, traficante y asesino de niños.

Mientras yo dormía no sabía que aquel ángel caído que irrumpía en mis sueños estaba en ese momento despierto en su estudio, insomne, pronto a recibir importantes noticias de Utah...

Noticias que abrirían las puertas del Infierno para todos los que allí estábamos.

(Continuará)

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD