La figura del Gauchito Gil desborda hace tiempo el terreno de la fe para instalarse en el imaginario popular argentino. En El retobado (Editorial Continente), el escritor entrerriano Orlando Van Bredam vuelve sobre la historia de Antonio Mamerto Gil Núñez y la reconstruye desde la ficción, no para canonizarlo, sino para rescatar su costado humano, rebelde y trágico.
Van Bredam propone un Gauchito más cercano al héroe popular que al santo milagroso. “Es un personaje más mítico que histórico”, sostuvo en una entrevista el autor, y desde esa premisa decide narrarlo como un joven trabajador rural, atravesado por la injusticia y empujado a convertirse en leyenda por la violencia del poder.
La devoción que rodea al Gauchito Gil —que cada 8 de enero convoca a multitudes en distintos puntos del país— encuentra, según el escritor, su raíz en tres elementos centrales. En primer lugar, su origen pagano: fue santificado por su pueblo y no por la Iglesia. En segundo término, su pertenencia a los sectores más humildes, lo que lo vuelve cercano, confiable y propio. Y finalmente, la creencia extendida en los favores y milagros que se le atribuyen, un aspecto que desafía cualquier intento de explicación racional.
Pero el corazón del mito está en su final. Van Bredam sitúa la muerte del Gauchito en su juventud —no habría tenido más de 25 años— y la describe como un acto de violencia arbitraria. Colgado cabeza abajo y degollado, en una fecha imprecisa del siglo XIX, su asesinato opera como el punto exacto en el que el hombre se transforma en mito.
Esa muerte injusta es, para el autor, el verdadero motor de la devoción. “La injusticia refuerza su inocencia y su pertenencia a los desamparados”, explicó. Lejos del relato que lo señala como un ladrón que robaba para dar a los pobres, Van Bredam plantea otra lectura: el Gauchito fue denunciado por estancieros tras recuperar tierras para paisanos, un gesto que lo inscribe en la tradición del justiciero popular.
En ese cruce entre héroe, mártir y santo, el escritor se inclina por una definición clara: el Gauchito Gil no es un santo en sentido estricto, sino una víctima del poder, un joven cuya muerte temprana lo fijó para siempre en la memoria colectiva. Como ocurre con otras figuras emblemáticas de la historia argentina, el martirio y la juventud congelada en el tiempo alimentan la leyenda.
Así, El retobado no busca explicar los milagros ni discutir la fe, sino volver a contar el origen del mito. Un origen marcado por la rebeldía, la injusticia y la necesidad popular de construir símbolos que resistan al olvido