La cancha cambió de superficie, pero no de clima. Donde antes hubo tierra suelta, pozos y polvo, hoy se extiende el césped sintético. Sin embargo, en la histórica cancha de la Combate persiste una constante que atraviesa generaciones: la violencia sigue latente, al acecho, lista para volver a robarle protagonismo al fútbol.
El último episodio ocurrió en la cancha Segundo Vásquez, ubicada sobre la calle Combate de San Lorenzo, en Villa Ceferino, durante un partido del histórico torneo barrial del oeste neuquino. Un certamen que reúne a más de 20 equipos, donde se juega por el honor, el barrio y la fama de haber ganado en una de las canchas más bravas de la ciudad.
Según reconstruyeron testigos, el conflicto no nació en una jugada puntual sino que se fue gestando durante todo el partido. Desde afuera del campo, un hombre en evidente estado de ebriedad insultó de manera constante al árbitro y, con el correr de los minutos, fue subiendo el tono. “Cuando termine te voy a buscar”, le habría gritado más de una vez.
El partido siguió, con el ruido habitual del fútbol barrial: gritos, reclamos, chicanas. Hasta que llegó el final. Lejos de apagarse, la amenaza se cumplió. El hombre ingresó al campo de juego decidido a agredir al juez. No hubo margen para el diálogo ni para retroceder. El árbitro, acorralado, se defendió antes de recibir el primer golpe.
La escena duró segundos, pero fue suficiente para que todo se descontrole. Jugadores, suplentes y allegados entraron al sintético y la cancha volvió a ser lo que tantas veces fue: un hervidero. Los videos circularon rápido y la Combate volvió a quedar en el centro de la polémica.
No es un caso aislado. La Segundo Vásquez carga con una historia marcada por la pasión extrema y los excesos. En sus años de potrero, cuando la pelota levantaba tierra y el premio era carne, ya se hablaba de partidos ásperos y finales calientes. Con el paso del tiempo, la modernización no alcanzó para cambiar ciertas conductas.
Hoy la cancha luce mejor, pero el problema sigue siendo el mismo. El folclore barrial, ese que supo darle identidad y mística, vuelve a cruzar una línea peligrosa. Y otra vez, la violencia termina manchando al fútbol amateur, ese que debería ser refugio y no campo de batalla.
La Combate suma un nuevo capítulo a su larga historia. Uno más. Y mientras el piso siga cambiando pero las actitudes no, el final parece repetirse domingo tras domingo.