La Conferencia de Seguridad de Múnich se transformó en el escenario internacional donde se decretó la muerte del orden liberal consolidado tras la Segunda Guerra Mundial. Coincidieron todos en eso: los europeos, supuestas víctimas de la embestida antiliberal de Trump y del acoso militar y comercial de autócratas como Putin y Xi Jinping, y también la administración Trump, que en su primer año de gobierno lo dejó en claro con palabras y hechos.
Hace un año, apenas asumido, Trump mandó a su vicepresidente JD Vance a anunciar en la cara de los líderes europeos, y de manera brutal, el divorcio con una Europa que, según su visión, se está derrumbando. Este año fue Marco Rubio quien, con dotes diplomáticas y pragmáticas mucho más sofisticadas que las de Vance, dijo lo mismo pero sin ofender a los europeos. El mundo en el que él nació y se crió ya no existe más, aseguró. Y les mandó un mensaje: en esta nueva era geopolítica todos deben reexaminar cuál es y cómo es su rol.
Los enormes desafíos que enfrenta Europa
Rubio fue cuidadoso para no estropear aún más el vínculo con los europeos. Desde que lograron el módico éxito de por lo menos sacar el tema Groenlandia de la discusión y, sobre todo alejar el distópico escenario de un ataque de Estados Unidos para quedarse con esa isla, los europeos se animaron a decir algunas cosas para intentar marcar la cancha. Primero fue Macron, quien en la semana dijo que dio por fracasada la estrategia europea de doblegarse ante Estados Unidos. Macron dijo lo que todos ven: no dio resultados.
El presidente francés siempre ha buscado transformarse en el líder para gestionar las tres transiciones simultáneas que la Unión Europea debe encarar en paralelo para alcanzar su autonomía estratégica en materia militar, económica y tecnológica. Del resultado de estas gestiones dependerá el futuro de este club comunitario que sufre como nadie la retirada del orden liberal. No la tiene fácil: enfrente tiene nada más y nada menos que a Trump, a Putin y a Xi Jinping. Macron dijo también algo que a Europa le está costando mucho hacer: tener mayor peso como actor global independiente. Macron se acordó tarde: el año que viene deja el poder y deberá ocupar su tiempo navegando las crisis domésticas que han sumido a Francia en la ingobernabilidad.
En este escenario de vacío de liderazgo europeo, el que tomó la palabra fue el anfitrión, el canciller alemán Friedrich Merz. Fue él quien decretó el fin del orden liberal de posguerra fría basado en reglas. Este orden ya no existe, dijo, y por eso llamó a la refundación de la OTAN y a que la Unión Europea asuma más responsabilidades. Merz parece que tratará de acomodar a la Unión Europea, un organismo que se muestra lento e impotente en este nuevo contexto de crecientes desafíos geopolíticos y competencia entre potencias globales.
Para eso no solo necesitan independizarse militarmente frente a los desafíos que les planteó Putin en la guerra de Ucrania, por lo que Merz y Macron siguen impulsando un escudo nuclear disuasivo para Europa al que sumarían al Reino Unido. La Unión Europea debe también agilizar la toma de decisiones y simplificar estructuras saturadas de regulaciones y burocracia.
Merz fue contundente en su diagnóstico y en lo que debe hacer la Unión Europea. De cierta manera corrió a Europa del lugar de víctima y la responsabilizó también de no haber sabido cuidar el orden que guio al mundo en las últimas décadas. Ese orden liberal, así como en lo económico dejó en el camino a enormes sectores sociales a quienes no supo darle respuestas materiales, a nivel geopolítico le dio garantías y seguridades solo a una parte del mundo dejando desprotegido al resto. Ese vacío fue aprovechado para que Putin ponga en marcha sus revisionistas y violentas ambiciones territoriales y para que China encuentre terreno fértil en continentes como Latinoamérica y África, para hacer pie y expandirse comercialmente imponiendo sus condiciones.
Merz también aprovechó el escenario de Múnich para contestarle con un año de delay a JD Vance, pero miró hacia adelante y ratificó la importancia de la relación con Estados Unidos, que atraviesa su peor momento. Reivindicó la alianza transatlántica y esta vez, con Rubio, tuvo un interlocutor más adecuado.
Mucho desorden antes de Un nuevo orden
En Múnich, el mundo entró oficialmente en una transición hacia otra cosa. Con Rusia y China lanzadas, cada una a su manera, a sus proyectos expansionistas, el nuevo orden mundial dependerá sobre todo de cómo Europa y Estados Unidos gestionen de acá en más su relación. La gran duda es si esta embestida iniciada hace un año por Trump se consolidará o no en Estados Unidos. Las elecciones de medio término y como salga parado Trump de ellas empezarán a responder esa pregunta. Sin embargo, lo que parece estar claro es que nadie podrá detener el derrotero del planeta hacia un nuevo orden que lejos estamos de saber cómo será.