Un festival que se detuvo por un instante
La Fiesta Nacional de la Confluencia es multitud, luces y música a gran escala. Pero aquella noche de febrero de 2019, en medio de un show imponente, ocurrió algo inesperado: el tiempo pareció frenar.
Abel Pintos miró hacia el público y decidió romper el guion. Llamó a un niño que estaba entre la gente. Se llamaba Gerónimo. Venía desde Cutral Co. Tenía miedo, ilusión y una voz que pedía ser escuchada.
Dos voces, un mismo silencio
Cuando Gerónimo empezó a cantar, el predio quedó en silencio. No fue un silencio incómodo: fue respeto. Miles de personas escuchando a un chico que, por primera vez, estaba parado frente a un mar de gente con un micrófono en la mano.
Abel no lo apuró. No lo corrigió. Cantó con él, a su lado, como si supiera que ese momento no necesitaba protagonismos. Solo compañía.
El aplauso llegó después. Largo. Cerrado. Emocionado.
Un gesto que dijo más que mil discursos
No fue un truco de show ni un momento armado. Fue una decisión simple y humana. En un mundo de espectáculos calculados, Abel Pintos eligió escuchar. Y Neuquén eligió emocionarse.
La escena recorrió redes, noticieros y charlas familiares. Pero, sobre todo, quedó guardada en quienes estuvieron ahí. Porque no todos los días un festival gigante se vuelve íntimo. Y no todos los días un niño canta como si el mundo lo estuviera esperando.
Cuando la música es oportunidad
Años después, muchos siguen recordando esa noche no por la cantidad de gente ni por el repertorio, sino por ese gesto. Porque la música también puede ser puente, abrazo y posibilidad.
Ese febrero, Neuquén no solo fue escenario de un recital. Fue testigo de un sueño cumplido