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Jueves 12 de Marzo, Neuquén, Argentina
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La mujer que mató al hombre equivocado

Una mujer y un hombre discutían. Ella sacó un arma y disparó. Mató a otro.
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Luciano Mendoza llegó a la puerta de su casa, y mientras buscaba las llaves para abrir e ingresar, recibió un balazo en la cabeza. Cayó como fulminado por un rayo. A unos metros de su cuerpo caído y sangrante, una mujer puteó al aire, corrió y desapareció de la escena.

Era la madrugada de este viernes 15 de mayo, en la calle Vicente López al 4.300, de una ciudad que se llama Maquinista Savio, en el partido de Escobar, Buenos Aires. En ese momento todo fue confusión. Alguien llamó a emergencias, y llegaron para atender a Mendoza, que no se movía, caído al lado de sus llaves.

Lo llevaron al hospital de Escobar, en estado grave. Alcanzó a ser ingresado al quirófano. Mendoza no lo logró. Su último aliento fue entregado bajo la luz blanca y los apuros médicos. Nunca supo qué había pasado. Nunca supo que una bala le había destrozado el cerebro.

Esa bala salió de un arma empuñada por una mujer. El nombre de la asesina es Silvia López. La conocen como “La Rulo”. El balazo no era para Mendoza, sino para otro hombre, el que discutía con ella a los gritos. La Rulo sacó la pistola de su cartera, apuntó al boleo, y en lugar de acertarle al hombre, le dio a Mendoza, que buscaba sus llaves, inocente de toda inocencia, para entrar a su casa a dormir, a descansar después de una larga jornada de trabajo.

Silvia López, La Rulo, vio al hombre caer. Fue una escena en cámara lenta. Mientras ese hombre, desconocido para ella, caía, el otro, el que era el objeto de su intento asesino, huía despavorido. Ella puteó al aire. Quedó un momento como petrificada. Y después, también salió corriendo. A la hora que escribo esta crónica, la policía la seguía buscando.

Hubo un testigo además de estos personajes del drama. Él fue quien le contó a la policía que Mendoza no tenía nada que ver, que había recibido el tiro cuando estaba por entrar a su casa. La vida tiene esas cosas. A veces, una equivocación, un yerro, basta para despedirse de ella.

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