Hay fechas que no pasan. Que vuelven cada año con la misma pregunta: qué hacemos hoy con aquello que ocurrió.
El Golpe de Estado en Argentina de 1976 cumple medio siglo. Cincuenta años desde que el país ingresó en la noche más oscura de su historia reciente. Y, sin embargo, la memoria no es un museo. No es una vitrina quieta donde se guarda el pasado. Es algo que se discute, se revisa y se vuelve a construir.
Por eso el arte vuelve a aparecer como un lenguaje capaz de decir lo que a veces las palabras no alcanzan.
En el Centro Cultural Alberdi, una muestra abierta durante el Mes de la Memoria propone exactamente eso: mirar la historia desde otro lugar. No desde los archivos ni desde los discursos oficiales, sino desde los rostros. Hasta el 30 de marzo se puede visitar la exposición fotográfica.
La memoria tiene cara. La exposición fotográfica “Imagen y memoria. Retratos para no olvidar” no busca reconstruir la tragedia del pasado. Hace algo distinto: pone el foco en el presente.
Los protagonistas de las imágenes son hijos e hijas de personas desaparecidas durante la dictadura. Personas que hoy rondan los 50 años, que trabajan, que enseñan, que forman familias, que viven en los mismos barrios donde la historia dejó una marca.
El colectivo fotográfico Son Miradas se propuso retratarlos durante más de un año. No como víctimas congeladas en el dolor, sino como personas que construyeron una vida atravesada por la ausencia.
La memoria tiene cara. La exposición fotográfica “Imagen y memoria. Retratos para no olvidar” no busca reconstruir la tragedia del pasado. Hace algo distinto: pone el foco en el presente. El colectivo fotográfico Son Miradas se propuso retratarlos durante más de un año. No como víctimas congeladas en el dolor, sino como personas que construyeron una vida atravesada por la ausencia.
En total son 17 retratos. Pero detrás de cada fotografía hubo antes una conversación. Una memoria compartida. Un relato de infancia, de silencios familiares, de abuelas que criaron, de preguntas que tardaron años en encontrar respuestas. Y también de resiliencia.
Porque algo inesperado ocurrió durante el proceso creativo: las fotos devolvieron algo que no siempre aparece cuando se habla de la dictadura. Sonrisas.
Los fotógrafos buscaban una imagen. Pero en cada encuentro aparecía otra cosa: la memoria viva. No la del pasado distante, sino la que todavía habita en los gestos cotidianos. En una casa familiar. En un objeto guardado. En un recuerdo transmitido de generación en generación.
Muchos de los retratados eligieron mostrarse en el lugar donde trabajan. Otros, con sus hijos o sus familias. Algunos decidieron aparecer junto a pertenencias que pertenecieron a sus padres desaparecidos.
Cada retrato terminó siendo una forma distinta de decir lo mismo: que la historia no terminó en 1976 ni en 1983. Sigue ocurriendo.
El proyecto comenzó a gestarse en 2025, en medio de un clima social donde comenzaron a escucharse nuevamente discursos que relativizan o niegan el terrorismo de Estado. La inquietud del grupo fue simple y profunda a la vez: cómo hablarle a quienes nacieron mucho después de la dictadura.
Cómo contar una historia que para muchos jóvenes parece lejana. La respuesta fue el arte. No como consigna política, sino como experiencia sensible.
Una imagen tiene la capacidad de generar algo inmediato: empatía. Cercanía. Curiosidad. La sensación de que esas personas retratadas podrían ser un vecino, un docente o alguien que comparte la misma ciudad. Porque, en definitiva, lo son.
Cincuenta años después del golpe, la pregunta sigue abierta: qué hacemos con esa historia. Las respuestas pueden ser muchas. Pero hay una certeza. Mientras haya alguien dispuesto a contar, a retratar, a escribir o a recordar, la memoria seguirá encontrando nuevas formas de decir presente.
Tal vez, en una fotografía colgada en una pared, alguien descubra que la historia no pertenece solo al pasado.
Horarios para visitar la muestra: de martes a viernes de 9 a 14 y de 18 a 21, sábados y domingos de 19 a 22.