El Encuentro de Maíz Bajo Riego que se realizará en Cervantes el 5 de marzo, no es una simple jornada técnica: es la postal más clara del giro productivo que están viviendo los valles irrigados de la Norpatagonia. En medio del retroceso sostenido de la fruticultura tradicional, el maíz empieza a ocupar el centro de la escena como alternativa concreta, rentable y con proyección.
Durante décadas, el Alto Valle y el Valle Medio construyeron su identidad sobre peras y manzanas. Era casi un sello cultural. Sin embargo, en los últimos años esa estructura comenzó a crujir. Costos en alza, mercados externos inestables y márgenes cada vez más ajustados fueron dejando chacras vacías y productores contra las cuerdas. Y en ese escenario complejo, el maíz bajo riego empezó a ganar terreno.
El encuentro que reunirá a técnicos, productores y referentes del sector busca precisamente consolidar esa transición. Allí se debatirá genética, manejo del agua, tecnología de riego, agricultura de precisión y estrategias de integración con sistemas ganaderos. No es casual: el cambio ya está en marcha y necesita respaldo técnico.
Ahora bien, el diferencial de la región es el agua. A diferencia de otras zonas agrícolas del país, los valles irrigados cuentan con infraestructura que permite controlar el riego y reducir el impacto de la variabilidad climática. Esa ventaja estratégica, combinada con alta radiación solar y condiciones agroecológicas favorables, empuja rindes que rondan las 10 a 11 toneladas por hectárea, con margen para crecer si el manejo es fino.
Además, la lógica económica es distinta. Es cierto que la fruticultura supo tener años dorados con márgenes superiores. Pero también es verdad que arrastra una crisis estructural que dejó heridas profundas. En contraste, el maíz bajo riego ofrece previsibilidad, menos exposición comercial y una estructura de costos más manejable. No promete explosiones de rentabilidad, pero sí estabilidad.
En paralelo, la articulación entre instituciones técnicas, cámaras sectoriales y productores demuestra que el fenómeno no es improvisado. Es una respuesta estratégica frente a un modelo que ya no garantiza sostenibilidad. La agricultura integrada con ganadería aparece como una salida para sostener empleo y evitar el abandono de tierras productivas.