La caída de la natalidad se consolidó como un tema central en las agendas políticas y mediáticas a nivel mundial. Los datos muestran un cambio sostenido: mientras que en 1970 las mujeres tenían en promedio 4,8 hijos, para 2024 ese número descendió a 2,2 hijos por mujer.
En Argentina, la tendencia es similar. La tasa de natalidad pasó de 18,2 nacimientos cada mil habitantes en 2014 a 10,7 en 2022. El país registró una fuerte baja en la cantidad de nacimientos: de alrededor de 770.000 por año a 460.902 en 2023.
“Estas cifras dan cuenta de una transformación profunda en la forma en que se concibe la maternidad. El análisis no puede limitarse a lo demográfico sin considerar los cambios sociales y familiares que atraviesan nuestras sociedades”, señaló el obstetra Mario Sebastiani.
Según explica el especialista, cada vez más mujeres (en sintonía con lo que ocurre en gran parte de Occidente) vinculan la maternidad con una pérdida significativa de libertad y con una alta inversión de tiempo y recursos, en un contexto económico marcado por la incertidumbre. “El ‘retorno’ de esa inversión aparece como incierto”, sostiene.
Declaraciones han manifestado que este cambio de prioridades personales y familiares se suman condiciones estructurales que dificultan pensar la crianza a largo plazo. La combinación de estos factores lleva a que muchas mujeres opten por tener menos hijos o, directamente, decidan no ser madres.
Qué beneficios podría traer
Si bien el descenso de la natalidad suele presentarse como un fenómeno negativo, distintos demógrafos advierten que también puede representar una oportunidad. Así lo plantea Sebastiani en su libro La caída de la natalidad: lo bueno y lo malo, publicado por el sello editorial de la Universidad Hospital Italiano, donde aborda la problemática desde una mirada integral.
Allí analiza que una menor presión demográfica podría permitir mejorar la calidad de vida de los niños, fortalecer el acceso a la educación, al arte y al esparcimiento, y también incrementar la inversión destinada a las personas de la tercera y cuarta edad.
Para el obstetra la baja en la natalidad no puede analizarse sin tener en cuenta los avances en derechos reproductivos, el acceso a métodos anticonceptivos y la posibilidad de elegir cuándo ser madre.
“Tener un hijo dejó de ser un mandato biológico para convertirse en un proyecto elegido, y ese cambio es una señal de autonomía y madurez social”, remarca.
No obstante, advierte que la decisión de formar una familia necesita del acompañamiento de condiciones materiales adecuadas, como vivienda, servicios, salud, educación, tiempo disponible y calidad de vida.
“Desde esta mirada, el debate sobre la natalidad se enriquece cuando se protege la libertad reproductiva y se diseñan políticas de largo plazo que prioricen el bienestar de las personas por sobre las urgencias coyunturales”.