Durante décadas, Marty Reisman vivió como jugaba: al límite. Flaco, verborrágico, provocador, fue mucho más que un campeón de tenis de mesa. Fue un sobreviviente del Nueva York más áspero, un buscavidas que entendió antes que nadie que el ping pong podía ser un espectáculo, un negocio y un arma para no volver a la pobreza.
Hoy, su historia revive en Marty Supreme, la película dirigida por Josh Safdie y protagonizada por Timothée Chalamet, que se estrenó esta semana y rápidamente se convirtió en una de las más vistas. El film no es una biografía clásica: es un retrato eléctrico de un personaje incómodo, magnético y profundamente humano, inspirado libremente en Reisman, uno de los nombres más singulares del deporte estadounidense del siglo XX.
Un chico flaco con hambre y una paleta en la mano
Reisman creció en Nueva York en los años 40 y 50, en un entorno donde el dinero escaseaba y el ingenio era una forma de supervivencia. Antes de destacarse en torneos oficiales, aprendió el oficio en parques, bares y sótanos, jugando partidos por plata contra desconocidos. No solo ganaba por talento: también por psicología. Provocaba, hablaba sin parar, hacía creer al rival que tenía ventaja… y entonces atacaba.
Ese estilo le valió un apodo que lo acompañó toda la vida: “La Aguja”. Por su físico delgado y por su lengua afilada. Para Reisman, competir era incomodar. El silencio, decía, era rendirse.
Apostar para vivir (y para jugar mejor)
Mientras otros entrenaban para ganar medallas, Marty jugaba para pagar el alquiler. Apostó siempre, incluso cuando ya era campeón. Llegó a disputar partidos sentado, con los ojos vendados o usando cualquier objeto como paleta, solo para subir la apuesta. El dinero no era un detalle: era el motor. Según él, solo bajo presión extrema se alcanzaba la verdadera excelencia.
Esa lógica lo llevó a escribir The Money Player, una autobiografía cruda donde dejó una frase que lo define: “Solo apuesto por una cosa segura: por mí mismo”.
Marty Reisman revolucionó el tenis de mesa con apuestas clandestinas, escándalos y un carisma que trascendió el deporte
De los sótanos al mundo
El talento terminó empujándolo a la competencia formal. Reisman ganó títulos nacionales durante décadas y representó a Estados Unidos en campeonatos mundiales. Viajó por Europa y Asia, muchas veces financiando sus giras con contrabando menor: medias, lapiceras, relojes, lo que pudiera revender.
En los torneos internacionales se hizo famoso por su derecha demoledora, apodada por la prensa británica como “el Blast Atómico”. Pero también por su resistencia al cambio. Cuando el tenis de mesa evolucionó hacia paletas con goma espuma, se negó a adoptarlas. Siguió jugando con madera dura, incluso cuando eso parecía una desventaja. Contra todos los pronósticos, siguió ganando.
Un showman del deporte
Reisman entendió algo antes que muchos: el deporte también es espectáculo. Por eso terminó actuando en los entretiempos de los Harlem Globetrotters, tocando música con sartenes mientras jugaba ping pong ante estadios llenos. También fue una figura habitual de clubes donde se mezclaban obreros, diplomáticos, escritores, actores y ajedrecistas.
Su vida personal fue igual de desordenada: romances fugaces, escándalos, divorcios, amistades rotas. Nada en él era prolijo. Todo era intenso.
Nunca jugó “por diversión”. Marty Reisman siguió compitiendo hasta una edad en la que la mayoría ya se había retirado hacía décadas. Ganó títulos mundiales pasados los 60 y 70 años. Cuando le preguntaban cómo lo hacía, respondía con ironía: no podía permitirse dejar de jugar.
Murió en 2012, a los 82 años. Nunca fue un héroe convencional. Pero elevó un deporte subestimado, vivió según sus propias reglas y demostró que el talento, combinado con hambre y audacia, puede abrir puertas impensadas.
La leyenda revive en el cine
La película Marty Supreme no intenta suavizarlo. La película muestra a un personaje brillante y desagradable a la vez, un genio que paga el precio de su obsesión. Tal vez por eso conecta tanto con el público: porque no cuenta una historia de superación limpia, sino una vida real, desprolija y feroz.
Y porque, como el propio Reisman, la película no va solo de ping pong. Va de apostar todo, siempre, aunque el golpe pueda salir mal.