El sábado 14 de febrero no fue un día cualquiera en San Carlos de Bariloche. En la Playa sin Viento del Lago Moreno, en pleno Circuito Chico, se vivió una escena que mezcló nostalgia, competencia y cultura popular: se disputó el primer Campeonato de Sapito de la Argentina.
Lo que durante décadas fue apenas un juego improvisado a la orilla del agua —una piedra chata, un lago calmo y el deseo de verla rebotar— se transformó por unas horas en una competencia formal con participantes, jurado y premios. Pero sin perder su esencia: la emoción simple de lanzar una piedra y esperar que haga magia sobre el agua.
La convocatoria reunió a 16 competidores seleccionados tras lograr al menos 15 rebotes en sus intentos previos. Frente a ellos, un jurado especializado evaluó técnica, distancia y cantidad de saltos. Entre los invitados se destacó la presencia del británico Phill Bloxham, apasionado del sapito que viajó especialmente para la jornada y posee un récord personal de 150 metros.
La competencia también tuvo su costado amateur. Quienes se acercaron a la playa pudieron inscribirse y probar suerte en un torneo abierto para mayores de 18 años. Los mejores lanzadores se sumaron a la final del campeonato, en una tarde que combinó deporte, música en vivo, foodtrucks y el paisaje inconfundible de la Patagonia.
Un juego tan viejo como la humanidad
Hacer sapito —también conocido como “hacer patito”— es uno de los juegos más universales y antiguos del mundo. No tiene fecha exacta de nacimiento, pero se sabe que ya se practicaba en la Antigua Grecia. El erudito Julio Pólux lo describió en el siglo II d.C. con el nombre epostrakismos, un pasatiempo que consistía en arrojar conchas o piedras planas para que rebotaran sobre el agua.
En la Antigua Roma también hay registros de niños jugando a lo mismo en las orillas del mar. Siglos después, en Inglaterra, el juego fue bautizado como “Ducks and Drakes”. Incluso la ciencia se interesó: en el siglo XVIII, el investigador Lazzaro Spallanzani estudió por qué una piedra puede rebotar varias veces antes de hundirse.
Hoy, el récord mundial lo ostenta el estadounidense Kurt Steiner, con 88 rebotes consecutivos, según Guinness World Records. Pero en la Patagonia, lejos de las marcas, el sapito sigue siendo un ritual que se transmite de generación en generación.
La Patagonia, cuna del sapito
Los lagos del sur argentino, con aguas calmas y piedras lisas en sus orillas, son el escenario perfecto para esta práctica. Por eso no sorprende que Bariloche haya sido elegida para el primer campeonato nacional.
La iniciativa buscó darle visibilidad a un juego que todos alguna vez practicaron. Niños, adultos y familias enteras se acercaron a la playa para mirar, participar o simplemente recordar aquellos veranos donde el desafío era lograr un rebote más.
La jornada terminó con premiaciones, música y celebraciones. Pero, sobre todo, con la sensación de que lo simple también puede ser extraordinario.
Porque a veces, en un mundo lleno de tecnología, basta una piedra y un lago para volver a jugar como cuando éramos chicos. Y esta vez, ese gesto cotidiano dio un salto histórico para convertirse en parte de la cultura deportiva del país.