Resultaría por lo menos apresurado considerar los últimos intentos diplomáticos de Donald Trump de frenar la guerra entre Rusia y Ucrania como un fracaso. Sin embargo, si se repasa lo que pasó esta semana y lo que va a suceder en los próximos días, se podría llegar a esa conclusión.
Que Putin haya seguido atacando ciudades ucranianas como si nada hubiera sucedido en Alaska puede leerse como un desafío a Trump. De mínima, puede considerarse una forma de dejar en claro que él sigue manejando la agenda del conflicto. También como un intento de consolidar la victoria militar que está obteniendo sobre el terreno, que le permitirá, llegado el caso, negociar desde una posición de mayor fuerza para imponer más condiciones a Ucrania.
Si Putin ya había salido fortalecido de la cumbre con Trump, que lo rehabilitó como interlocutor válido para Occidente, lo estará mucho más cuando sea uno de los protagonistas de la foto más importante de la agenda internacional de la semana que comienza. En ella aparecerá con Xi Jinping, que lo recibirá para compartir lo que promete ser el mayor desfile militar de la historia de China para celebrar el 80° aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. También estarán otros rivales, y hasta enemigos, de Occidente, como el líder norcoreano Kim Jong-un y el presidente iraní Masud Pezeshkian. No es una buena noticia para Trump ver a Putin tan cerca del país que desafía como ningún otro el poder económico y tecnológico, y de a poco también el militar, de Estados Unidos: China.
China toma espacios
China aparece jugando un rol que a esta altura ya no debería sorprender a nadie en esta pulseada, casi una guerra fría, que mantiene con Estados Unidos. Aprovecha como nadie los espacios que va dejando ese país en su política de desenganche de los asuntos mundiales, que empezó Obama, siguió Biden y que profundiza Trump. África y varios países latinoamericanos ya saben de qué se trata. Incluso algunos de Europa. Todos cayeron encantados por la Nueva Ruta de la Seda, la gran estrategia de política exterior que viene impulsando el gobierno chino desde hace más de una década. Pero parece que esto recién empieza.
La embestida arancelaria que lanzó Trump está dejando muchos heridos en el camino que China está dispuesta a socorrer sin demasiadas exigencias. El caso de India es el más impactante. Luego de años de una relación fría y en algún momento tensionante, que incluyó en 2020 un enfrentamiento fronterizo que dejó soldados muertos de ambos países, India y China volvieron a hablar. Fue hace un par de semanas cuando el primer ministro indio, Narendra Modi, recibió al canciller chino en Nueva Delhi.
El impacto geopolítico de este hecho es fenomenal, y la explicación de por qué se dio parece bien sencilla: una reacción al enfriamiento de los vínculos de India con Estados Unidos luego de que Trump decidiera duplicarle los aranceles a India hasta el 50% como represalia por las abundantes compras de Nueva Delhi al petróleo ruso. La respuesta de Modi fue, además de buscar el calor chino, acercarse más a Rusia consolidando los acuerdos bilaterales en energía y comercio.
¿Un eje anti-Occidente?
La consolidación de estas alianzas de regímenes gobernados en general por autócratas (y hasta dictadores), que tienen en común el desprecio por las democracias liberales, es una reacción a la política exterior de Trump, pero también impacta fuertemente en Ucrania y en Europa. En su desesperación para frenar a Putin y sus embates expansionistas, que esta semana ordenó brutales ataques sobre Kiev y otras ciudades ucranianas que dejaron más de 25 muertos, Trump intensifica su presión a los socios de Putin con más aranceles, lo que podría, paradójicamente, solidificar más la alianza antioccidental que esta semana se juntará en Pekín.
En este contexto, antes de la foto de esta semana hay que sumar la que se sacarán Modi, presidente de la quinta economía mundial, con Xi, con quien se reunirá en el marco de la 25ª cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái. Se trata del primer viaje de Modi a China en siete años. Las dos potencias asiáticas no quieren desaprovechar este momento para llenar los huecos que está dejando Estados Unidos.
Un eje alternativo a Occidente
Trump quizás tenga éxito en detener la guerra entre Ucrania y Rusia, y hasta quizá que le den el premio Nobel de la Paz. Pero lo que parece no podrá detener, ni él ni Europa, es lo que se está gestando: una alianza geopolítica de actores que tienen en común un desprecio por la democracia y se oponen a los ideales de Occidente. Se trata de potencias nucleares y economías robustas y en crecimiento que están convencidas que es el momento de disputarle poder político y económico a Estados Unidos y a Occidente.