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Domingo 11 de Enero, Neuquén, Argentina
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Una chispa, una tragedia: el fuego vuelve a acechar a la cordillera

La Patagonia vuelve a arder y el riesgo es extremo: controles, brigadistas y recursos para prevenir cualquier foco de incendio en la zona cordillerana en plena temporada turística.

Sabado, 10 de enero de 2026 a las 16:35
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“La única forma de evitar una tragedia es que el fuego no empiece”. La frase de Alberto Weretilneck no es una metáfora ni una exageración: es una verdad brutal en una Patagonia que vuelve a arder y que camina, otra vez, por el borde del abismo. Mientras en Chubut las llamas avanzan en Epuyén, Puerto Patriada y El Hoyo, en Río Negro se refuerzan controles, se despliegan brigadistas y se ponen recursos para seguir sin focos activos.

El antecedente de El Bolsón pesa como una mochila llena de cenizas. Nadie olvidó el desastre del año pasado: bosques arrasados, casas reducidas a escombros y una comunidad marcada por el miedo, además de un hombre muerto. Hoy el escenario se repite, con el agravante de tener turistas por todos lados. Bariloche supera el 85% de ocupación y cualquier foco activo puede hacer estallar la temporada en horas. El fuego no solo consume árboles: quema reservas, empleos y una economía regional entera.

Por eso el Gobierno rionegrino endureció el discurso y la presencia territorial. El ministro de Seguridad Daniel Jara está instalado en la cordillera, coordina con los brigadistas del SPLIF que permanecen hace semanas en alerta permanente, garantiza patrullajes policiales en senderos, controles en áreas turísticas y vigilancia constante en zonas críticas. No es show ni exageración: es prevención. Porque en este contexto, una chispa no es un error: es una amenaza directa.

Pero el problema no es solo el terreno seco, altas temperaturas y viento. Tiene nombre y apellido: la irresponsabilidad humana. Turistas que en plena alerta máxima prenden fogones como si estuvieran en el patio de su casa. Visitantes que ignoran prohibiciones claras, carteles visibles y advertencias repetidas. En El Manso, esa irresponsabilidad cruzó todos los límites: un brigadista del SPLIF terminó herido, con un dedo cortado, por pedir que apagaran un fogón. Sí, un brigadista atacado por hacer su trabajo. El absurdo llevado al extremo.

Ahí se rompe cualquier romanticismo. No se trata de "disfrutar la naturaleza" ni de "derecho al turismo". Es una cuestión de respeto, de sentido común y de entender que un fogón mal apagado puede destruir una región entera. Mientras algunos juegan a la aventura, otros arriesgan la vida para que la Patagonia no se convierta en un campo arrasado.

Detrás del fuego, además, sigue latiendo una trama oscura. Incendios intencionales, negocios inmobiliarios, disputas territoriales, denuncias a mapuches y leyes que se violan con total impunidad. Todos saben que el fuego no es accidental. Y mientras tanto, el bosque paga la cuenta.

Encima, como si todo lo anterior no fuese suficiente, las polítics nacionales atentan contra nuestra cordillera. La Ley del Fuego, la Ley de la extranjerización de la tierra y la de bosques nativos, ya no rigen. Y el presupuesto para el Plan Nacional de Manejo del Fuego bajó casi el 70% con respecto a 2023. Lo que hace reflexionar si interesa realmente que la Patagonia no esté en llamas.

La prevención y la detección temprana son hoy la única línea de defensa real. No hay avión hidrante, por más grande que sea, que alcance si alguien decide prender fuego donde está prohibido. No hay helicóptero millonario que compense la estupidez humana. Cuando el fuego empieza, el daño ya está hecho. Y no alcanza con encomendarse a Dios, como el video del pastor de Puerto Patriada que es furor en las redes.

La Patagonia vuelve a arder y la cordillera es un polvorín listo para explotar. No hay margen para la ingenuidad ni para el discurso tibio. Cuando el fuego arranca, ya no hay recursos que alcancen ni excusas que sirvan. El daño es inmediato y la cuenta la pagan siempre los mismos: los vecinos, los trabajadores y el bosque que tarda décadas en volver.

El recuerdo de El Bolsón no es nostalgia ni advertencia suave: es una cicatriz abierta. Si el fuego empieza, alguien falló. Falló el Estado, falló el control, falló la conciencia social o falló la responsabilidad individual. Por eso la consigna no admite debate ni matices: prevenir para que el fuego no llegue a Río Negro. Todo lo demás es verso.

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