La Fiesta Nacional de la Manzana volvió a convertirse en el escenario predilecto de la familia Soria para proyectar poder. Le sirvió a Carlos “El Gringo” Soria para romper con hegemonía radical y se consagró gobernador de Río Negro. Y lo es ahora, con María Emilia Soria, que utiliza el mismo libreto para instalar su nombre como candidata a la gobernación en 2027. Con recursos municipales, con números de visitantes agrandados que suenan más a propaganda que a realidad, y con obras que se promocionan como logros de gestión aunque las paguen los vecinos. La fiesta popular se transformó en la vidriera política más grande del Alto Valle del lado rionegrino del puente.
El Gringo Soria supo darle a la Fiesta un magnetismo único. La convirtió en un acto de masas, en un ritual identitario y en un trampolín electoral que lo llevó directo a la Casa de Gobierno. Con presupuestos pocos transparentes y nunca conocidos, en una época donde la municipalidad recibía beneficios del gobierno kirchnerista y podía destinar millones de dólares a la contratación de artístas internacionales. Hoy, sus hijos mantienen la tradición, pero el brillo no es el mismo, un poco por la falta de recursos y otro poco por la imposibilidad lógica de compararse con la Fiesta de la Confluencia de Neuquén.
De todas maneras, la fiesta que financia el municipio de Roca sigue convocando multitudes, aunque. como sucede siempre, los 80 mil asistentes que se anunciaron para la primera noche parecen más un número inflado para la propaganda que un registro real. El escenario mayor lleva el nombre de Carlos Soria, un gesto simbólico que recuerda el origen de esta estrategia: la fiesta como política, la política como fiesta.
Como hizo su papá hace 20 años y su hermano Martín antes que ella, la intendenta se muestra como anfitriona, pero en realidad actúa como candidata. Cada discurso, cada foto, cada cartel con su nombre es parte de una promoción cuidadosamente armada.
Durante la semana hizo un raid mediático en el que también habló de política y dejó definiciones importantes. El peronismo atraviesa una época de mala prensa, y por eso Soria se cuida: habla de vecinos, de proyectos, de alianzas amplias, pero evita el sello partidario. La Fiesta de la Manzana es su escenario perfecto: festivo, popular, masivo, y al mismo tiempo político.
No solo la fiesta funciona como publicidad. También las obras viales se presentan como logros de gestión, aunque el municipio no ponga un peso. El promocionado asfalto de más de 40 cuadras se financia con el aporte de frentistas y de todos los contribuyentes de Roca, incluso aquellos que seguirán viviendo en calles de tierra. La curiosa y arbitraria denominación de calles troncales hace que el costo de la obra sea distribuida a todos los contribuyentes. Pero, en los carteles aparece la intendenta publicitando su gestión con las máquinas detrás sin aclarar que hay vecinos que deben afrontar cuotas de hasta medio millón de pesos.
¿Quién será candidato a intendente? Martín, el mayor, tiene mandato de seis años en el Senado, María Emilia, rumbo a la gobernación sin posibilidad de reelección y Carlitos, el más chico de los varones, como posible intendente: los Soria diseñan un esquema de poder que combina experiencia, continuidad y estrategia.
Lo hizo su papá y ellos aprendieron, no trabajan para cederle el poder a nadie que no tenga apellido Soria, por más que otros dirigentes peronistas sueñen con llegar al escritorio del primer piso de Mitre y Sarmiento.
La Fiesta de la Manzana es el escenario simbólico que los une, el mismo que catapultó al Gringo. Hoy, con menos brillo pero con la misma lógica, la familia apuesta a repetir la fórmula: fiesta popular, propaganda municipal y apellido como marca.
Lo que nació hace muchos años para homenajear al fruto que mantenía la actividad económica provincial desde el Alto Valle y que promocionó a Río Negro por el mundo, hoy la Fiesta de la Manzana ya no es solo un evento cultural: es una plataforma política. Lo fue para Carlos Soria y lo es ahora para María Emilia, que busca instalarse como candidata a gobernadora. Entre discursos festivos, cifras infladas y obras que pagan los vecinos, se confirma como lo que siempre fue: un trampolín de poder disfrazado de celebración popular.