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Domingo 11 de Enero, Neuquén, Argentina
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Se metió donde nadie se animaba: la joven que desafió el barro y el miedo para salvar a ocho perros

Tiene 25 años, es de Guaymallén y arriesgó su vida al ingresar a una acequia inundada para rescatar a siete cachorros recién nacidos y a su madre. Una historia de coraje, empatía y solidaridad en medio del temporal.

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Celeste Yañez ingresó a la acequia inundada, atada con una cuerda, para rescatar a los cachorros atrapados.

La lluvia no daba tregua y la acequia era una trampa oscura de barro, agua y silencio. Ahí adentro, atrapados y sin posibilidad de escapar, una perra y sus siete cachorros recién nacidos luchaban por sobrevivir. Afuera, entre vecinos, rescatistas y bomberos, una joven de 25 años tomó una decisión que lo cambió todo.

Celeste Yañez, oriunda de Guaymallén, no dudó. Se puso lo que encontró a mano, respiró hondo y se metió donde nadie más se animaba. Lo hizo sabiendo que el riesgo era alto, que el espacio era mínimo y que cualquier error podía terminar mal. Pero también sabiendo que, si no entraba alguien, los perros no iban a salir.

El operativo se desarrolló en Villanueva, en la intersección de las calles Libertad y N° 1. Hacía horas que intentaban rescatar a los animales, con la participación de vecinos, la ONG Salvando Patas y los Bomberos del Cuartel Central. El problema era la distancia y el peligro: la acequia tenía sectores apuntalados, oscuridad total y barro que hacía imposible moverse con facilidad.

“Me desperté, vi la noticia y dije: hay que hacer algo”, contó Celeste más tarde. Junto a su pareja llegó al lugar y entendió de inmediato la magnitud del problema. Los cachorros estaban muy adentro, todavía sin abrir los ojos, y el agua seguía corriendo.

Los bomberos le explicaron el riesgo y, en un primer momento, intentaron disuadirla. Pero Celeste se mantuvo firme. Un vecino le alcanzó un mameluco blanco y los rescatistas le ataron una cuerda a los tobillos: era la única forma de poder sacarla si quedaba atrapada.

Dentro de la acequia, el miedo fue constante. La visibilidad era casi nula, había insectos, arañas y el agua corría sin pausa. “Empecé a rezar mucho. Nunca había estado en un lugar así”, recordó. Con la ayuda de un secador de pisos, fue sacando uno por uno a los cachorros, mientras la madre los miraba y lloraba desde el fondo.

Cada ingreso era una lucha contra el cansancio, el barro y la angustia. En uno de los últimos intentos, Celeste quedó parcialmente atascada. “Si no hubiera sido por el barro y la soga, no salía”, relató. Minutos después, la madre de los cachorros también pudo ser rescatada.

El final fue el mejor posible: los siete cachorros y su mamá sobrevivieron y quedaron bajo resguardo, a la espera de un hogar. Celeste, empapada y exhausta, salió de la acequia convertida en heroína.

Lejos de buscar reconocimiento, dejó un mensaje que resume el espíritu de su acción: “Está todo muy feo, hay mucha crueldad. Por eso es importante mirar al costado y ayudar. No solo a los animales, en todo”.

Una historia simple y enorme a la vez. De esas que recuerdan que, incluso en medio del barro, todavía hay gestos que iluminan.

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