Suena el despertador. El cuerpo todavía pide unos minutos más, pero no hay margen. Empieza el día. Preparar algo rápido, salir, cumplir, volver, resolver. Repetir. Así, una y otra vez.
No es tristeza. Tampoco es enojo. Es otra cosa.
El cansancio que no se dice
Hay personas que cumplen con todo: trabajan, cuidan, acompañan, llegan. No faltan. No se quejan. Siguen.
Y sin embargo, por dentro, cargan un cansancio que no siempre tiene palabras.
No es solo físico. Es mental. Emocional. Ese que se acumula cuando los días se parecen demasiado entre sí y no hay tiempo para detenerse a pensar cómo se está realmente.
A veces aparece en detalles mínimos: menos paciencia, menos ganas de hablar, menos energía para lo que antes entusiasmaba. Otras veces, simplemente se manifiesta en el silencio.
Hacer lo que hay que hacer
La rutina no siempre es elegida. Muchas veces es lo que hay.
Levantar a los chicos, ir a trabajar, cumplir horarios, llegar a casa, preparar la cena, ordenar, dormir. Y volver a empezar.
No hay grandes conflictos, pero tampoco pausas. No hay catástrofes, pero sí un desgaste constante que se va normalizando. Como si sostener todo fuera parte del contrato invisible de cada día.
Y lo es. Pero no por eso deja de pesar.
Lo que nadie ve desde afuera
Desde afuera, todo parece funcionar.
La casa está en orden. El trabajo sigue. La familia avanza. Las obligaciones se cumplen.
Pero pocas veces alguien pregunta cómo se siente quien sostiene esa estructura todos los días. Pocas veces hay espacio para decir “estoy cansado” sin sentir culpa o sin creer que no corresponde.
Porque siempre hay alguien que está peor.
Porque “no es para tanto”.
Porque “ya va a pasar”.
El silencio como forma de resistencia
Muchos siguen adelante en silencio. No por debilidad, sino por responsabilidad. Porque hay otros que dependen. Porque no queda otra. Porque parar no parece una opción.
Ese silencio no siempre es vacío. A veces es una forma de resistencia. De seguir. De aguantar. De cuidar.
Pero también necesita ser escuchado.
Un día más… y algo distinto
Tal vez no se trate de cambiarlo todo.
Tal vez alcance con reconocer que esa rutina existe, que pesa, que cansa. Que no todo lo que se sostiene sin quejarse es liviano.
Porque detrás de cada día que parece igual al anterior, hay una persona haciendo lo mejor que puede con lo que tiene.
Y mañana, cuando vuelva a sonar el despertador, esa rutina seguirá.
Como siempre.
En silencio.