Rubén Ángel Muñoz, el ex policía rionegrino condenado que la Justicia mandó tras las rejas por violar las restricciones de conducta, protagonizó un episodio caliente dentro del Establecimiento de Ejecución Penal 4 “El Maruchito”. Esta vez, el desenlace fue inmediato: le suspendieron las salidas al patio tras un violento disturbio que puso en alerta a todo el personal penitenciario.
No se trata de cualquier interno. Muñoz arrastra un historial complejo: fue condenado y terminó preso justamente por no cumplir las condiciones que le permitían seguir en libertad. El tribunal fue contundente y ordenó que cumpla la pena tras comprobar reiteradas desobediencias a las reglas impuestas . Es decir, ya venía con antecedentes de conducta explosiva.
Pero lejos de calmarse, esta vez el conflicto escaló dentro del penal. Todo estalló cuando comenzaron a escucharse golpes de rejas en el pasillo central. El ruido no era menor. Era insistente, violento, desesperado. Al llegar, el personal se encontró con Muñoz completamente fuera de control, gritando, insultando y generando un clima de máxima tensión.
Como si fuera poco, el episodio tuvo un condimento aún más grave: desde el exterior, uno de sus hijos del "Gato" logró saltar el portón del perímetro del penal e intentó acercarse al acceso del edificio. Sí, así de crudo. El intento fue frenado a tiempo, pero dejó al descubierto una escena caótica que pudo haber terminado mucho peor, en un penal de bajísima seguridad como es El Maruchito.
Mientras tanto, adentro, Muñoz ya había cruzado todos los límites. Según consta en el informe que se elevó a la fiscalía, rompió la puerta de su lugar de detención, con una violencia tal que arrancó bisagras y pestillos. No fue un simple enojo: fue destrucción pura, una señal clara de desborde total. De acuerdo con la información a la que accedió www.mejorinformado.com, estaba alojado en una habitación prevista para visitas íntimas, por lo que no había rejas.
Frente a ese cuadro, el personal penitenciario tuvo que intervenir para contenerlo y evitar que la situación escalara aún más. Una vez controlado, las autoridades aplicaron una sanción directa y concreta. Le suspendieron las salidas al patio, una de las pocas válvulas de escape dentro del encierro.
Además, el interno fue trasladado preventivamente a otro sector bajo vigilancia, mientras se iniciaban actuaciones judiciales por tentativa de evasión y daños. Todo esto en un contexto que vuelve a poner el foco sobre un nombre que, cada vez que aparece, viene cargado de conflicto.
¿Quién es el Gato Muñoz?
Rubén Ángel Muñoz supo de vestir el uniforme de la Policía de Río Negro, en un tránsito marcado por la desobediencia y los conflictos. Su caída no fue repentina: fue el resultado de una seguidilla de incumplimientos y decisiones que lo alejaron definitivamente de la fuerza y lo empujaron al terreno judicial.
Dentro de la institución, su nombre empezó a generar ruido por faltas graves al régimen disciplinario, desobediencia a órdenes y conductas incompatibles con el rol policial. Ese combo terminó en su cesantía, una salida forzada que dejó en claro que ya no tenía lugar dentro de la fuerza. Pero el problema no terminó ahí: con el tiempo, Muñoz quedó involucrado en dos causas penales que derivaron en una condena unificada en tres años de prisión. La primera por toamr el edificio de la Unidad Regional II de Policía y la retante por amenazar al actual Ministro de Seguridad, Daniel Jara, cuando este no tenía cargo y se lo cruzó en un supermercado de Roca.
Luego de ser cesanteado de la Policía, conformó el Consejo de Bienestar Policial, con el que comenzó a liderar reclamos de los uniformados en actividad, retirados y jubilados. Pero a medida que pasaron los años, comenzó a perder respaldo. En el gobierno de Arabela Carreras intentó un acercamiento que tenía como objetivo final su reincorporación a la fuerza, pero finalmente esa posibilidad se cayó.
Aun así, ni siquiera frente a la Justicia logró acomodarse. Había accedido a condiciones que le permitían transitar su situación con cierta flexibilidad, pero volvió a incumplir. Esa reiteración de faltas fue clave para que un tribunal ordenara que comience a cumplir la pena, sin más margen. Fue el punto de quiebre que lo terminó de hundir.
En “El Maruchito” volvió a protagonizar episodios de violencia, con destrozos, insultos y sanciones disciplinarias como la suspensión de salidas al patio. Su historia es la de una caída sostenida: de hacer cumplir la ley a quedar atrapado, una y otra vez, por no respetarla.