Cuando Amalia Figueroa puso un pie en la cumbre del volcán Lanín, el domingo 18 de febrero a las 10 de la mañana, no hubo gritos ni festejos desmedidos. Hubo silencio, emoción y una certeza que tardó en procesar. “Estoy acá… es verdad, llegué”, repetía, todavía incrédula, mientras el viento patagónico barría la cima y el paisaje se abría infinito frente a sus ojos.
Amalia tiene 71 años. Y detrás de ese momento había décadas de lucha, constancia y una vida marcada por el esfuerzo.
El camino a la cima empezó con una advertencia
La historia de Amalia no comienza en la montaña, sino en un consultorio médico. A los 47 años, atravesaba una fuerte depresión y había aumentado considerablemente de peso. “No podía caminar, me dolían las rodillas, todo”, recordó en diálogo con el programa Verano de Primera por 24/7 Canal de Noticias y AM550.
El diagnóstico fue contundente: si no bajaba de peso y no hacía actividad física, su futuro podía ser una silla de ruedas. “Ese mismo día dije: no, yo no voy a terminar así. Al otro día salí a caminar”, contó.
Primero fue una cuadra. Después dos. Caminatas por la barda, barro, caídas y levantadas. Luego el gimnasio. Más tarde, el trote. Y finalmente, el running.
De limpiar casas a ganar carreras
Amalia trabajó y sigue trabajando como empleada doméstica. Camina de una casa a otra, carga bolsas, sube escaleras. Nunca dejó de trabajar. Nunca dejó de moverse.
Su debut como corredora fue el 9 de julio de 2001, en una carrera de seis kilómetros. Llegó agotada, pero llegó. Y ganó su categoría. “Ahí dije: ahora no paro más”, recordó entre risas.
Desde entonces, acumuló trofeos, medallas y kilómetros en carreras de calle, trekking y montaña. Neuquén, la Patagonia y otras provincias fueron testigo de su crecimiento como atleta amateur, siempre entrenando en soledad, sin lujos, con disciplina y convicción.
“Me levantaba a las cinco de la mañana, entrenaba, después me iba a trabajar. Volvía, comía algo y salía otra vez”, contó.
El sueño del Lanín: revancha y perseverancia
El volcán Lanín empezó a rondarle la cabeza como un desafío mayor. Tal vez por su infancia en El Maitén, rodeada de montañas. Tal vez porque siempre fue más allá. Hace dos años, junto a Cristina Ganem y Natalia Artezana, intentó llegar a la cumbre. Alcanzaron los 3.500 metros, pero el cuerpo y las condiciones dijeron basta. Hubo que bajar.
“Cuando tenés un sueño, no te detiene nadie”, dijo Natalia. Y Amalia lo tomó como una promesa.
Durante dos años entrenaron sin pausa: barda, caminatas largas, adaptación a la altura, respiración, resistencia. También hubo otra preparación silenciosa: comprar el equipo de a poco. Un mes las botas, otro mes la campera, otro los bastones. Paso a paso.
El ascenso final
El sábado por la mañana comenzaron la travesía. Cuatro kilómetros hasta el refugio, mochilas de más de 20 kilos, ocho horas de caminata. Descanso corto. A la 1.30 de la madrugada del domingo, arrancó el ascenso final.
Oscuridad, frío, viento y acarreo volcánico. “Es peligroso, las piedras vuelan, hay que estar muy concentrado”, explicó Natalia. Pero también hubo confianza: en el entrenamiento, en el equipo y entre ellas.
A las 10 de la mañana, la cumbre fue una realidad.
¿Un récord sin registro?
Según relataron durante la entrevista, no existen registros de una mujer de 71 años que haya hecho cumbre en el Lanín. Sí hay antecedentes masculinos, pero en mujeres no aparece documentación similar.
“No podemos afirmarlo oficialmente, pero todo indica que Amalia hizo historia”, señalaron. Ella lo toma con humildad: “Capaz que planté la banderita ahí arriba”, dijo sonriendo.
Amalia pesa hoy entre 58 y 59 kilos, tiene una contextura pequeña y una fortaleza enorme. Entrena todos los días: entre 15 y 20 kilómetros en llano, subidas y bajadas de barda, gimnasio y montaña.
Come bien, sin culpas. “Soy de buen comer, pero me muevo todo el día”, aclara. Pastas, arroz, carne, albóndigas, empanadas: el cuerpo también se entrena desde la mesa.
Y ahora, ¿qué sigue?
Lejos de conformarse, Amalia ya piensa en lo que viene: volver al Lanín en invierno, con nieve, y luego el Domuyo. “Después de subir el Lanín no creo que me quede quieta”, avisó.
“Pasé por una depresión muy fea, pero se puede salir. Todo es posible. Despacito. Uno tiene que decir: yo puedo”, dejo como mensaje.
A los 71 años, Amalia Figueroa no solo conquistó una cumbre, conquistó la vida.