El sistema cruje y los que quedan en el medio son los de siempre. Las clínicas privadas de Río Negro dijeron basta y confirmaron que van a suspender cirugías programadas a afiliados de PAMI. La decisión no es menor: pega de lleno en miles de jubilados que dependen de esas prestaciones.
La bronca viene de hace rato, pero ahora explotó. Desde el sector aseguran que están trabajando a pérdida. ¿El motivo? Aranceles atrasados que no acompañan la inflación y pagos que llegan tarde. Una combinación que, dicen, los está ahogando.
La primera medida apunta a las intervenciones que no son de urgencia. Es decir, operaciones programadas que ahora quedan en pausa. Pero advierten que esto puede escalar rápido: después podrían venir los recortes en estudios, prácticas ambulatorias y hasta consultas.
El dato que enciende todas las alarmas es simple y brutal: hay procedimientos que hoy no se pueden hacer porque los insumos cuestan más que lo que paga PAMI por toda la atención. Así, cada operación se transforma en una pérdida.
Mientras tanto, las clínicas estiran recursos y empiezan a tener problemas para pagar sueldos. El margen se achicó al límite y el impacto es enorme. PAMI representa entre el 40% y el 70% de los ingresos de muchas instituciones. Cuando esa caja falla, todo tambalea.
PAMI desborda al sistema público
En este contexto, el sistema de emergencias de Río Negro empezó a sentir el peso de una demanda que no deja de crecer. El director del SIARME, Miguel Ledesma, encendió la alarma: hoy, el 63% de las consultas diarias corresponden a afiliados de PAMI que terminan recurriendo al sistema público porque las ambulancias privadas no dan abasto en ciudades clave como Viedma, Roca, Cipolletti y Bariloche. La consecuencia es directa: más llamados, más presión y un servicio que empieza a tensarse.
La sobrecarga ya se nota en la calle. Las salidas se demoran, los equipos trabajan al límite y los costos se disparan. Medicamentos, insumos, combustible y el desgaste de las unidades van en aumento, mientras el personal hace malabares para sostener el ritmo. Incluso los tiempos de respuesta, que solían ser de entre 4 y 5 minutos, ahora se estiran hasta los 7 en algunos casos.
Pero lo que más preocupa es el tipo de demanda: muchas de las intervenciones no son urgencias reales. Controles, dolores crónicos o prácticas simples ocupan a las ambulancias mientras emergencias graves, como ACV o traumatismos, esperan. “Estamos para salvar vidas, no para reemplazar prestadores”, dejó entrever Ledesma, en un escenario donde la salud pública vuelve a absorber lo que el sistema privado no está pudiendo cubrir.