El viento volvió a hablarle como siempre. Pero esta vez fue distinto. El 6 de enero de 2026, Horacio “Beto” Fuentes alcanzó por centésima vez la cima del volcán Domuyo y escribió una página única en la historia del montañismo patagónico. A 4.709 metros sobre el nivel del mar, el techo de la Patagonia fue testigo de un logro inédito, construido con décadas de esfuerzo silencioso, respeto por la naturaleza y una vida entera dedicada a la montaña.
Para Beto, el Domuyo no es solo una cumbre. Es un lugar de pertenencia. Un espacio que lo formó, lo puso a prueba y lo acompañó desde que, siendo apenas un adolescente de Chos Malal, descubrió que su destino estaba ligado a todo lo que se elevara por encima del horizonte.
Nacido y criado en el norte neuquino, Fuentes encontró su primer amor a los 14 años, cuando comenzó a subir los cerros que rodean su ciudad. Durante cuatro años recorrió cada elevación cercana, hasta que la silueta del Domuyo, visible desde las afueras de Chos Malal, terminó de atraparlo. Tras varios intentos fallidos, en 1994 logró por primera vez llegar a la cumbre. No sabía entonces que ese ascenso sería el inicio de una relación para toda la vida.
Mientras construía su camino como montañista, Beto también lo hacía como docente. Maestro especial, técnico agropecuario y educador rural, desarrolló casi toda su carrera en la Escuela Albergue N° 70 de Naunauco, a la vera de la Ruta 40. Allí enseñó a generaciones de chicos a hacer la huerta, criar animales, trabajar el cuero y la madera, y, sobre todo, a respetar el entorno. Para muchos de sus alumnos, hijos de crianceros y familias mapuches, la montaña dejó de ser un límite para convertirse en una escuela.
Ese mismo espíritu trasladó a la Cordillera del Viento. Con sus estudiantes organizó expediciones, campamentos y travesías hasta los campamentos de aproximación del Domuyo. Les enseñó a leer el clima, a medir el avance de las tormentas y a dejar huellas tan leves que el viento pudiera borrarlas. “Así la montaña sigue siendo la misma”, suele repetir.
Con el paso de los años, Beto se transformó en uno de los mayores conocedores del Domuyo. Subió en verano y en invierno, solo o acompañado, por la ruta normal y por las más exigentes. En 1997 protagonizó, junto a su amigo Raúl Rebolledo, la primera cumbre invernal de la historia del volcán. También fue el único en alcanzar la cima en soledad durante el invierno, soportando temperaturas de hasta 32 grados bajo cero y sobreviviendo varios días atrapado en una carpa sepultada por la nieve.
Guía profesional, rescatista desde el año 2000 y espeleólogo aficionado, Fuentes participó en operativos de búsqueda en condiciones extremas y también enfrentó los momentos más duros de la montaña, como el hallazgo de andinistas sin vida. Aun así, nunca rompió el lazo. Al contrario: reforzó su idea de que el Domuyo debe ser respetado y protegido, lejos del turismo masivo y del descuido ambiental.
Su pasión no se limita a una sola cumbre. Además de las 100 ascensiones al Domuyo, Fuentes acumula decenas de cumbres en el volcán Tromen, varias al Aconcagua y desafíos en montañas como el Mercedario y el Tupungato. Ya jubilado, sumó otra hazaña a su historia personal: unir La Quiaca con Ushuaia en bicicleta por la Ruta 40, llevando la bandera de Neuquén de norte a sur.
Sin embargo, el récord alcanzado el pasado 6 de enero tiene un valor especial. Cien veces en la cima no son solo números. Son madrugadas heladas, vientos furiosos, preparación física y mental, y una conexión profunda con la montaña madre del norte neuquino. Es la confirmación de una vida vivida con coherencia entre lo que se enseña y lo que se hace.
“Abajo o arriba, la vida es compartir”, suele decir Beto Fuentes. Quizás por eso su logro no se siente como una conquista individual, sino como un legado. El del hombre que se convirtió en custodio del Domuyo y demostró que, con humildad y perseverancia, los sueños también pueden tocar el cielo.